EL REY AZÚCAR Y OTROS MONARCAS AGRÍCOLAS
LA VENTA DE CAMPESINOS
En 1888 se abolió la esclavitud en Brasil, Pero no se abolió el latifundio y ese mismo año un testigo escribía desde Ceará: «El mercado de ganado humano estuvo abierto mientras duró el hambre, pues compradores nunca faltaron. Raro era el vapor que no conducía gran número de cearenses». Medio millón de nordestinos emigraron a la Amazonia, convocados por los espejismos del caucho, hasta el filo del siglo; desde entonces el éxodo continuó, al impulso de las periódicas sequías que han asolado el sertáo y de las sucesivas oleadas de expansión de los latifundios azucareros de la zona da mata.
En 1900, cuarenta mil víctimas de la sequía abandonaron Ceará. Tomaban el camino por entonces habitual: la ruta del norte hacia la selva. Después, el itinerario cambió. En nuestros días los nordestinos emigran hacia el centro y el sur de Brasil. La sequía de 1970 arrojó muchedumbres hambrientas sobre las ciudades del nordeste. Saquearon trenes y comercios; a gritos imploraban la lluvia a San José. Los «flagelados» se lanzaron a los caminos. Un cable de abril de 1970 informa: «La policía del estado de Pernambuco detuvo el domingo último, en el municipio de Belém do Sao Francisco, a 210 campesinos que serían vendidos a propietarios rurales del estado de Minas Gerais a dieciocho dólares por cabeza». Los campesinos provenían de Paraíba y Río Grande do Norte, los dos estados más castigados por la sequía.
En junio, los teletipos trasmiten las declaraciones del jefe de la policía federal: sus servicios aún no disponen de los medios eficaces para poner término al tráfico de esclavos, y aunque en los últimos .meses se han iniciado diez procedimientos de investigación, continúa la venta de trabajadores del nordeste a los propietarios ricos de otras zonas del país.
El boom del caucho y el auge del café implicaron grandes levas de trabajadores nordestinos. Pero también el gobierno hace uso de este caudal de mano de obra barata, formidable ejército de reserva para las grandes obras públicas. Del nordeste vinieron, acarreados como ganado, los hombres desnudos que en una noche y un día levantaron la ciudad de Brasilia en el centro del desierto. Esta ciudad, la más moderna del mundo, está hoy cercada por un vasto cinturón de miseria; terminado su trabajo, los candangas fueron arrojados a las ciudades satélites. En ellas, trescientos mil nordestinos, siempre listos para todo servicio, viven de los desperdicios de la resplandeciente capital.
El trabajo esclavo de los nordestinos está abriendo, ahora, la gran carretera transamazónica, que cortará Brasil en dos, penetrando la selva hasta la frontera con Bolivia. El plan implica también un proyecto de colonización agraria para extender «las fronteras de la civilización»: cada campesino recibirá diez hectáreas de superficie, si sobrevive a las fiebres tropicales de la floresta.
En el nordeste hay seis millones de campesinos sin tierras, mientras que quince mil personas son dueñas de la mitad de la superficie total. La reforma agraria no se realiza en las regiones ya ocupadas, donde continúa siendo sagrado el derecho de propiedad de los latifundistas, sino en plena selva. Ello significa que los «flagelados» del nordeste abrirán el camino para la expansión del latifundio sobre nuevas áreas. Sin capital, sin medios de trabajo, ¿qué significan diez hectáreas a dos o tres mil kilómetros de distancia de los centros de consumo? Muy distintos son, se deduce, los propósitos reales del gobierno: proporcionar mano de obra a los latifundistas norteamericanos que han comprado o usurpado la mitad de las tierras al norte del río Negro y también a la United States Steel Co., que recibió de manos del general Garrastazú Medid los enormes yacimientos de hierro y manganeso de la Amazonia.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
sábado, 25 de septiembre de 2010
sábado, 18 de septiembre de 2010
EL ARCO IRIS ES LA RUTA DEL RETORNO A GUINEA
EL REY AZÚCAR Y OTROS MONARCAS AGRÍCOLAS
EL ARCO IRIS ES LA RUTA DEL RETORNO A GUINEA
En 1518 el licenciado Alonso Zuazo escribía a Carlos V desde la Dominicana: «Es vano el temor de que los negros puedan sublevarse; viudas hay en las islas de Portugal muy sosegadas con ochocientos esclavos; todo está en cómo son gobernados. Yo hallé al venir algunos negros ladinos, otros huidos a monte; azoté a unos, corté las orejas a otros; y ya no se ha venido más queja». Cuatro años después estalló la primera sublevación de esclavos en América: los esclavos de Diego Colón, hijo del descubridor, fueron los primeros en levantarse y terminaron colgados de las horcas en los senderos del ingenio. Se sucedieron otras rebeliones en Santo Domingo y luego en todas las islas azucareras del Caribe. Un par de siglos después del sobresalto de Diego Colón, en el otro extremo de la misma isla, los esclavos cimarrones huían a las regiones más elevadas de Haití y en las montañas reconstruían la vida africana: los cultivos de alimentación, la adoración de los dioses, las costumbres.
El arco iris señala todavía, en la actualidad, la ruta del retorno a Guinea para el pueblo de Haití. En una nave de vela blanca... En la Guayana holandesa, a través del río Courantyne, sobreviven desde hace tres siglos las comunidades de los djukas, descendientes de esclavos que habían huido por los bosques de Surinam. En estas aldeas, subsisten «santuarios similares a los de Guinea, y se cumplen danzas y ceremonias que podrían celebrarse en Ghana. Se utiliza el lenguaje de los tambores, muy parecido a los tambores de Ashanti». La primera gran rebelión de los esclavos de la Guayana ocurrió cien años después de la fuga de los djukas: los holandeses recuperaron las plantaciones y quemaron a fuego lento a los líderes de los esclavos. Pero tiempo antes del éxodo de los djukas, los esclavos cimarrones de Brasil habían organizado el reino negro de los Palmares, en el nordeste de Brasil, y victoriosamente resistieron, durante todo el siglo XVII, el asedio de las decenas de expediciones militares que lanzaron para abatirlo, una tras otra, los holandeses y los portugueses. Las embestidas de millares de soldados nada podían contra las tácticas guerrilleras que hicieron invencible, hasta 1693, el vasto refugio.
El reino independiente de los Palmares -convocatoria a la rebelión, bandera de la libertad- se había organizado como un estado «a semejanza de los muchos que existían en África en el siglo XVII». Se extendía desde las vecindades del Cabo de Santo Agostinho, en Pernambuco, hasta la zona norteña del río San Francisco, en Alagoás: equivalía a la tercera parte del territorio de Portugal y estaba rodeado por un espeso cerco de selvas salvajes. El jefe máximo era elegido entre los más hábiles y sagaces: reinaba el hombre «de mayor prestigio y felicidad en la guerra o en el mando». En plena época de las plantaciones azucareras omnipotentes, Palmares era el único rincón de Brasil donde se desarrollaba el policultivo. Guiados por la experiencia adquirida por ellos mismos o por sus antepasados en las sabanas y en las selvas tropicales de África, los negros cultivaban el maíz, el boniato, los frijoles, la mandioca, las bananas y otros alimentos. No en vano, la destrucción de los cultivos aparecía como el objetivo principal de las tropas coloniales lanzadas a la recuperación de los hombres que, tras la travesía del mar con cadenas en los pies, habían desertado de las plantaciones.
La abundancia de alimentos de Palmares contrastaba con las penurias que, en plena prosperidad, padecían las zonas azucareras del litoral. Los esclavos que habían conquistado la libertad la defendían con habilidad y coraje porque compartían sus frutos: la propiedad de la tierra era comunitaria y no circulaba el dinero en el estado negro. «No figura en la historia universal ninguna rebelión de esclavos tan prolongada como la de Palmares. La de Espartaco, que conmovió el sistema esclavista más importante de la antigüedad, duró dieciocho meses.» Para la batalla final, la corona portuguesa movilizó el mayor ejército conocido hasta la muy posterior independencia de Brasil. No menos de diez mil personas defendieron la última fortaleza de Palmares; los sobrevivientes fueron degollados, arrojados a los precipicios o vendidos a los mercaderes de Río de Janeiro y Buenos Aires. Dos años después, el jefe Zumbí, a quien los esclavos consideraban inmortal, no pudo escapar a una traición. Lo acorralaron en la selva y le cortaron la cabeza. Pero las rebeliones continuaron. No pasaría mucho tiempo antes de que el capitán Bartolomeu Bueno Do Prado regresara del río das Mortes con sus trofeos de la victoria contra una nueva sublevación de esclavos. Traía tres mil novecientos pares de orejas en las alforjas de los caballos.
También en Cuba se sucederían las sublevaciones. Algunos esclavos se suicidaban en grupo; burlaban al amo «con su huelga eterna y su inacabable cimarronería por el otro mundo», dice Fernando Ortiz. Creían que así resucitaban, carne y espíritu, en África. Los amos mutilaban los cadáveres, para que resucitaran castrados, mancos o decapitados, y de este modo conseguían que muchos renunciaran a la idea de matarse. Allá por 1870, según la reciente versión de un esclavo que en su juventud había huido a los montes de Las Villas, los negros ya no se suicidaban en Cuba. Mediante un cinturón mágico, «se iban volando, volaban por el cielo y cogían para su tierra», o se perdían en la sierra porque «cualquiera se cansaba de vivir. Los que se acostumbraban tenían el espíritu flojo. La vida en el monte era más saludable».
Los dioses africanos continuaban vivos entre los esclavos de América como vivas continuaban, alimentadas por la nostalgia, las leyendas y los mitos de las patrias perdidas. Parece evidente que los negros expresaban así, en sus ceremonias, en sus danzas, en sus conjuros, la necesidad de afirmación de una identidad cultural que el cristianismo negaba. Pero también ha de haber influido el hecho de que la Iglesia estuviera materialmente asociada al sistema de explotación que sufrían. A comienzos del siglo XVIII, mientras en las islas inglesas los esclavos convictos de crímenes morían aplastados entre los tambores de los trapiches de azúcar y en las colonias francesas se los quemaba vivos o se los sometía al suplicio de la rueda, el jesuita Antonil formulaba dulces recomendaciones a los dueños de ingenios en Brasil, para evitar excesos semejantes: «A los administradores no se les debe consentir de ninguna manera dar puntapiés principalmente en la barriga de las mujeres que andan preñadas ni dar garrotazos a los esclavos, porque en la cólera no se miden los golpes y pueden herir en la cabeza a un esclavo eficiente, que vale mucho dinero, y perderlo».
En Cuba, los mayorales descargaban sus látigos de cuero o cáñamo sobre las espaldas de las esclavas embarazadas que habían incurrido en falta, pero no sin antes acostarlas boca abajo, con el vientre en un hoyo, para no estropear la «pieza» nueva en gestación. Los sacerdotes, que recibían como diezmo el cinco por ciento de la producción de azúcar, daban su absolución cristiana: el mayoral castigaba como Jesucristo a los pecadores. El misionero apostólico Juan Perpiñá y Pibernat publicaba sus sermones a los negros: « ¡Pobrecitos! No os asustéis porque sean muchas las penalidades que tengáis que sufrir como esclavos. Esclavo puede ser vuestro cuerpo: pero libre tenéis el alma para volar un día a la feliz mansión de los escogidos».
El dios de los parias no es siempre el mismo que el dios del sistema que los hace parias. Aunque la religión católica abarca, en la información oficial, el 94 por ciento de la población de Brasil, en la realidad la población negra conserva vivas sus tradiciones africanas y viva perpetúa su fe religiosa, a menudo camuflada tras las figuras sagradas del cristianismo. Los cultos de raíz africana encuentran amplia proyección entre los oprimidos -cualquiera que sea el color de su piel. Otro tanto ocurre en las Antillas. Las divinidades del vudú de Haití, el bembé de Cuba y la umbanda y la quimbanda de Brasil son más o menos las mismas, pese a la mayor o menor transfiguración que han sufrido, al nacionalizarse en tierras de América, los ritos y los dioses originales. En el Caribe y en Bahía se entonan los cánticos ceremoniales en nagó, yoruba, congo y otras lenguas africanas. En los suburbios de las grandes ciudades del sur de Brasil, en cambio, predomina la lengua portuguesa, pero han brotado de la costa del oeste de África las divinidades del bien y del mal que han atravesado los siglos para transformarse en los fantasmas vengadores de los marginados, la pobre gente humillada que clama en las favelas de Río de Janeiro:
Fuerza bahiana,
Fuerza africana,
Fuerza divina,
Ven acá.
Ven a ayudarnos.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
EL ARCO IRIS ES LA RUTA DEL RETORNO A GUINEA
En 1518 el licenciado Alonso Zuazo escribía a Carlos V desde la Dominicana: «Es vano el temor de que los negros puedan sublevarse; viudas hay en las islas de Portugal muy sosegadas con ochocientos esclavos; todo está en cómo son gobernados. Yo hallé al venir algunos negros ladinos, otros huidos a monte; azoté a unos, corté las orejas a otros; y ya no se ha venido más queja». Cuatro años después estalló la primera sublevación de esclavos en América: los esclavos de Diego Colón, hijo del descubridor, fueron los primeros en levantarse y terminaron colgados de las horcas en los senderos del ingenio. Se sucedieron otras rebeliones en Santo Domingo y luego en todas las islas azucareras del Caribe. Un par de siglos después del sobresalto de Diego Colón, en el otro extremo de la misma isla, los esclavos cimarrones huían a las regiones más elevadas de Haití y en las montañas reconstruían la vida africana: los cultivos de alimentación, la adoración de los dioses, las costumbres.
El arco iris señala todavía, en la actualidad, la ruta del retorno a Guinea para el pueblo de Haití. En una nave de vela blanca... En la Guayana holandesa, a través del río Courantyne, sobreviven desde hace tres siglos las comunidades de los djukas, descendientes de esclavos que habían huido por los bosques de Surinam. En estas aldeas, subsisten «santuarios similares a los de Guinea, y se cumplen danzas y ceremonias que podrían celebrarse en Ghana. Se utiliza el lenguaje de los tambores, muy parecido a los tambores de Ashanti». La primera gran rebelión de los esclavos de la Guayana ocurrió cien años después de la fuga de los djukas: los holandeses recuperaron las plantaciones y quemaron a fuego lento a los líderes de los esclavos. Pero tiempo antes del éxodo de los djukas, los esclavos cimarrones de Brasil habían organizado el reino negro de los Palmares, en el nordeste de Brasil, y victoriosamente resistieron, durante todo el siglo XVII, el asedio de las decenas de expediciones militares que lanzaron para abatirlo, una tras otra, los holandeses y los portugueses. Las embestidas de millares de soldados nada podían contra las tácticas guerrilleras que hicieron invencible, hasta 1693, el vasto refugio.
El reino independiente de los Palmares -convocatoria a la rebelión, bandera de la libertad- se había organizado como un estado «a semejanza de los muchos que existían en África en el siglo XVII». Se extendía desde las vecindades del Cabo de Santo Agostinho, en Pernambuco, hasta la zona norteña del río San Francisco, en Alagoás: equivalía a la tercera parte del territorio de Portugal y estaba rodeado por un espeso cerco de selvas salvajes. El jefe máximo era elegido entre los más hábiles y sagaces: reinaba el hombre «de mayor prestigio y felicidad en la guerra o en el mando». En plena época de las plantaciones azucareras omnipotentes, Palmares era el único rincón de Brasil donde se desarrollaba el policultivo. Guiados por la experiencia adquirida por ellos mismos o por sus antepasados en las sabanas y en las selvas tropicales de África, los negros cultivaban el maíz, el boniato, los frijoles, la mandioca, las bananas y otros alimentos. No en vano, la destrucción de los cultivos aparecía como el objetivo principal de las tropas coloniales lanzadas a la recuperación de los hombres que, tras la travesía del mar con cadenas en los pies, habían desertado de las plantaciones.
La abundancia de alimentos de Palmares contrastaba con las penurias que, en plena prosperidad, padecían las zonas azucareras del litoral. Los esclavos que habían conquistado la libertad la defendían con habilidad y coraje porque compartían sus frutos: la propiedad de la tierra era comunitaria y no circulaba el dinero en el estado negro. «No figura en la historia universal ninguna rebelión de esclavos tan prolongada como la de Palmares. La de Espartaco, que conmovió el sistema esclavista más importante de la antigüedad, duró dieciocho meses.» Para la batalla final, la corona portuguesa movilizó el mayor ejército conocido hasta la muy posterior independencia de Brasil. No menos de diez mil personas defendieron la última fortaleza de Palmares; los sobrevivientes fueron degollados, arrojados a los precipicios o vendidos a los mercaderes de Río de Janeiro y Buenos Aires. Dos años después, el jefe Zumbí, a quien los esclavos consideraban inmortal, no pudo escapar a una traición. Lo acorralaron en la selva y le cortaron la cabeza. Pero las rebeliones continuaron. No pasaría mucho tiempo antes de que el capitán Bartolomeu Bueno Do Prado regresara del río das Mortes con sus trofeos de la victoria contra una nueva sublevación de esclavos. Traía tres mil novecientos pares de orejas en las alforjas de los caballos.
También en Cuba se sucederían las sublevaciones. Algunos esclavos se suicidaban en grupo; burlaban al amo «con su huelga eterna y su inacabable cimarronería por el otro mundo», dice Fernando Ortiz. Creían que así resucitaban, carne y espíritu, en África. Los amos mutilaban los cadáveres, para que resucitaran castrados, mancos o decapitados, y de este modo conseguían que muchos renunciaran a la idea de matarse. Allá por 1870, según la reciente versión de un esclavo que en su juventud había huido a los montes de Las Villas, los negros ya no se suicidaban en Cuba. Mediante un cinturón mágico, «se iban volando, volaban por el cielo y cogían para su tierra», o se perdían en la sierra porque «cualquiera se cansaba de vivir. Los que se acostumbraban tenían el espíritu flojo. La vida en el monte era más saludable».
Los dioses africanos continuaban vivos entre los esclavos de América como vivas continuaban, alimentadas por la nostalgia, las leyendas y los mitos de las patrias perdidas. Parece evidente que los negros expresaban así, en sus ceremonias, en sus danzas, en sus conjuros, la necesidad de afirmación de una identidad cultural que el cristianismo negaba. Pero también ha de haber influido el hecho de que la Iglesia estuviera materialmente asociada al sistema de explotación que sufrían. A comienzos del siglo XVIII, mientras en las islas inglesas los esclavos convictos de crímenes morían aplastados entre los tambores de los trapiches de azúcar y en las colonias francesas se los quemaba vivos o se los sometía al suplicio de la rueda, el jesuita Antonil formulaba dulces recomendaciones a los dueños de ingenios en Brasil, para evitar excesos semejantes: «A los administradores no se les debe consentir de ninguna manera dar puntapiés principalmente en la barriga de las mujeres que andan preñadas ni dar garrotazos a los esclavos, porque en la cólera no se miden los golpes y pueden herir en la cabeza a un esclavo eficiente, que vale mucho dinero, y perderlo».
En Cuba, los mayorales descargaban sus látigos de cuero o cáñamo sobre las espaldas de las esclavas embarazadas que habían incurrido en falta, pero no sin antes acostarlas boca abajo, con el vientre en un hoyo, para no estropear la «pieza» nueva en gestación. Los sacerdotes, que recibían como diezmo el cinco por ciento de la producción de azúcar, daban su absolución cristiana: el mayoral castigaba como Jesucristo a los pecadores. El misionero apostólico Juan Perpiñá y Pibernat publicaba sus sermones a los negros: « ¡Pobrecitos! No os asustéis porque sean muchas las penalidades que tengáis que sufrir como esclavos. Esclavo puede ser vuestro cuerpo: pero libre tenéis el alma para volar un día a la feliz mansión de los escogidos».
El dios de los parias no es siempre el mismo que el dios del sistema que los hace parias. Aunque la religión católica abarca, en la información oficial, el 94 por ciento de la población de Brasil, en la realidad la población negra conserva vivas sus tradiciones africanas y viva perpetúa su fe religiosa, a menudo camuflada tras las figuras sagradas del cristianismo. Los cultos de raíz africana encuentran amplia proyección entre los oprimidos -cualquiera que sea el color de su piel. Otro tanto ocurre en las Antillas. Las divinidades del vudú de Haití, el bembé de Cuba y la umbanda y la quimbanda de Brasil son más o menos las mismas, pese a la mayor o menor transfiguración que han sufrido, al nacionalizarse en tierras de América, los ritos y los dioses originales. En el Caribe y en Bahía se entonan los cánticos ceremoniales en nagó, yoruba, congo y otras lenguas africanas. En los suburbios de las grandes ciudades del sur de Brasil, en cambio, predomina la lengua portuguesa, pero han brotado de la costa del oeste de África las divinidades del bien y del mal que han atravesado los siglos para transformarse en los fantasmas vengadores de los marginados, la pobre gente humillada que clama en las favelas de Río de Janeiro:
Fuerza bahiana,
Fuerza africana,
Fuerza divina,
Ven acá.
Ven a ayudarnos.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
lunes, 13 de septiembre de 2010
GRACIAS AL SACRIFICIO DE LOS ESCLAVOS EN EL CARIBE
EL REY AZÚCAR Y OTROS MONARCAS AGRÍCOLAS
GRACIAS AL SACRIFICIO DE LOS ESCLAVOS EN EL CARIBE,
NACIERON
LA MÁQUINA DE JAMES WATT Y LOS CAÑONES DE WASHINGTON
El Che Guevara decía que el subdesarrollo es un enano de cabeza enorme y panza hinchada: sus piernas débiles y sus brazos cortos no armonizan con el resto del cuerpo. La Habana resplandecía, zumbaban los cadillacs por sus avenidas de lujo y en el cabaret más grande del mundo ondulaban, al ritmo de Lecuona, las vedettes más hermosas; mientras tanto, en el campo cubano, sólo uno de cada diez obreros agrícolas bebía leche, apenas un cuatro por ciento consumía carne y, según el Consejo Nacional de Economía, las tres quintas partes de los trabajadores rurales ganaban salarios que eran tres o cuatro veces inferiores al costo de la vida.
Pero el azúcar no sólo produjo enanos. También produjo gigantes o, al menos, contribuyó intensamente al desarrollo de los gigantes. El azúcar del trópico latinoamericano aportó un gran impulso a la acumulación de capitales para el desarrollo industrial de Inglaterra, Francia, Holanda y, también, de los Estados Unidos, al mismo tiempo que mutiló la economía del nordeste de Brasil y de las islas del Caribe y selló la ruina histórica de África. El comercio triangular entre Europa, África y América tuvo por viga maestra el tráfico de esclavos con destino a las plantaciones de azúcar. «La historia de un grano de azúcar es toda una lección de economía política, de política y también de moral», decía Augusto Cochin.
Las tribus de África occidental vivían peleando entre sí, para aumentar, con los prisioneros de guerra, sus reservas de esclavos. Pertenecían a los dominios coloniales de Portugal, pero los portugueses no tenían naves ni artículos industriales que ofrecer en la época del auge de la trata de negros, y se convirtieron en meros intermediarios entre los capitanes negreros de otras potencias y los reyezuelos africanos. Inglaterra fue, hasta que ya no le resultó conveniente, la gran campeona de la compra y venta de carne humana. Los holandeses tenían, sin embargo, más larga tradición en el negocio, porque Carlos V les había regalado el monopolio del transporte de negros a América tiempo antes de que Inglaterra obtuviera el derecho de introducir esclavos en las colonias ajenas, y en cuanto a Francia, Luis XIV, el Rey Sol, compartía con el rey de España la mitad de las ganancias de la Compañía de Guinea, formada en 1701 para el tráfico de esclavos hacia América, y su ministro Colbert, artífice de la industrialización francesa, tenía motivos para afirmar que la trata de negros era «recomendable para el progreso de la marina mercante nacional».
Adam Smith decía que el descubrimiento de América había «elevado el sistema mercantil a un grado de esplendor y gloria que de otro modo no hubiera alcanzado jamás». Según Sergio Bagú, el más formidable motor de acumulación del capital mercantil europeo fue la esclavitud americana; a su vez, ese capital resultó «la piedra fundamental sobre la cual se construyó el gigantesco capital industrial de los tiempos contemporáneos». La resurrección de la esclavitud grecorromana en el Nuevo Mundo tuvo propiedades milagrosas: multiplicó las naves, las fábricas, los ferrocarriles y los bancos de países que no estaban en el origen ni, con excepción de los Estados Unidos, tampoco en el destino de los esclavos que cruzaban el Atlántico.
Entre los albores del siglo XVI y la agonía del siglo X d.C., varios millones de africanos, no se sabe cuántos, atravesaron el océano; se sabe, sí, que fueron muchos más que los inmigrantes blancos, provenientes de Europa, aunque, claro está, muchos menos sobrevivieron. Del Potomac al río de la Plata, los esclavos edificaron la casa de sus amos, talaron los bosques, cortaron y molieron las cañas de azúcar, plantaron algodón, cultivaron cacao, cosecharon café y tabaco y rastrearon los cauces en busca de oro. ¿A cuántas Hiroshimas equivalieron sus exterminios sucesivos? Como decía un plantador inglés de Jamaica, «a los negros es más fácil comprarlos que criarlos». Caio Prado calcula que hasta principios del siglo XIX habían llegado a Brasil entre cinco y seis millones de africanos; para entonces, ya Cuba era un mercado de esclavos tan grande como lo había sido, antes, todo el hemisferio occidental.
Allá por 1562, el capitán John Hawkins había arrancado trescientos negros de contrabando de la Guinea portuguesa. La reina Isabel se puso furiosa: «Esta aventura -sentenció- clama venganza del cielo.» Pero Hawkins le contó que en el Caribe había obtenido, a cambio de los esclavos, un cargamento de azúcar y pieles, perlas y jengibre. La reina perdonó al pirata y se convirtió en su socia comercial. Un siglo después, el duque de York marcaba al hierro candente sus iniciales, DY, sobre la nalga izquierda o el pecho de los tres mil negros que anualmente conducía su empresa hacia las «islas del azúcar».
La Real Compañía Africana, entre cuyos accionistas figuraba el rey Carlos II, daba un trescientos por ciento de dividendos, pese a que, de los 70 mil esclavos que embarcó entre 1680 y 1688, sólo 46 mil sobrevivieron a la travesía. Durante el viaje, numerosos africanos morían víctima de epidemias o desnutrición o se suicidaban negándose a comer, ahorcándose con sus cadenas o arrojándose por la borda al océano erizado de aletas de tiburones. Lenta pero firmemente, Inglaterra iba quebrando la hegemonía holandesa en la trata de negros, La South Sea Company fue la principal usufructuaria del «derecho de asiento» concedido a los ingleses por España, y en ella estaban envueltos los más prominentes personajes de la política y las finanzas británicas; el negocio, brillante como ninguno, enloqueció a la bolsa de valores de Londres y desató una especulación de leyenda.
El transporte de esclavos elevó a Bristol, sede de astilleros, al rango de segunda ciudad de Inglaterra, y convirtió a Liverpool en el mayor puerto del mundo. Partían los navíos con sus bodegas cargadas de armas, telas, ginebra, ron, chuchearías y vidrios de colores, que serían el medio de pago para la mercadería humana de África, que a su vez pagaría el azúcar, el algodón, el café y el cacao de las plantaciones coloniales de América.
Los ingleses imponían su reinado sobre los mares. A fines del siglo XVIII, África y el Caribe daban trabajo a ciento ochenta mil obreros textiles en Manchester; de Sheffield provenían los cuchillos, y de Birmingham, 150 mil mosquetes por año. Los caciques africanos recibían las mercancías de la industria británica y entregaban los cargamentos de esclavos a los capitanes negreros. Disponían, así, de nuevas armas y abundante aguardiente para emprender las próximas cacerías en las aldeas. También proporcionaban marfiles, ceras y aceite de palma. Muchos de los esclavos provenían de la selva y no habían visto nunca el mar; confundían los rugidos del océano con los de alguna bestia sumergida que los esperaba para devorarlos o, según el testimonio de un traficante de la época, creían, y en cierto modo no se equivocaban, que «iban a ser llevados como carneros al matadero, siendo su carne muy apreciada por los europeos». De muy poco servían los látigos de siete colas para contener la desesperación suicida de los africanos.
Los «fardos» que sobrevivían al hambre, las enfermedades y el hacinamiento de la travesía, eran exhibidos en andrajos, pura piel y huesos, en la plaza pública, luego de desfilar por las calles coloniales al son de las gaitas. A los que llegaban al Caribe demasiado exhaustos se los podía cebar en los depósitos de esclavos antes de lucirlos a los ojos de los compradores; a los enfermos se los dejaba morir en los muelles. Los esclavos eran vendidos a cambio de dinero en efectivo o pagarés a tres años de plazo. Los barcos zarpaban de regreso a Liverpool llevando diversos productos tropicales: a comienzos del siglo XVIII, las tres cuartas partes del algodón que hilaba la industria textil inglesa provenían de las Antillas, aunque luego Georgia y Louisiana serían sus principales fuentes; a mediados del siglo, había ciento veinte refinerías de azúcar en Inglaterra.
Un inglés podía vivir, en aquella época, con unas seis libras al año; los mercaderes de esclavos de Liverpool sumaban ganancias anuales por más de un millón cien mil libras, contando exclusivamente el dinero obtenido en el Caribe y sin agregar los beneficios del comercio adicional. Diez grandes empresas controlaban los dos tercios del tráfico. Liverpool inauguró un nuevo sistema de muelles; cada vez se construían más buques, más largos y de mayor calado. Los orfebres ofrecían «candados y collares de plata para negros y perros», las damas elegantes se mostraban en público acompañadas de un mono vestido con un jubón bordado y un niño esclavo, con turbante y bombachudos de seda. Un economista describía por entonces la trata de negros como «el principio básico y fundamental de todo lo demás; como el principal resorte de la máquina que pone en movimiento cada rueda del engranaje». Se propagaban los bancos en Liverpool y Manchester, Bristol, Londres y Glasgow; la empresa de seguros Lloyd's acumulaba ganancias asegurando esclavos, buques y plantaciones.
Desde muy temprano, los avisos del London Gazette indicaban que los esclavos fugados debían ser devueltos a Lloyd's. Con fondos del comercio negrero se construyó el gran ferrocarril ingles del oeste y nacieron industrias como las fábricas de pizarras de Gales. El capital acumulado en el comercio triangular -manufacturas, esclavos, azúcar- hizo posible la invención de la máquina de vapor: James Watt fue sub-vencionado por mercaderes que habían hecho así su fortuna. Eric Williams lo afirma en su documentada obra sobre el tema.
A principios del siglo XIX, Gran Bretaña se convirtió en la principal impulsora de la campana antiesclavista. La industria inglesa ya necesitaba mercados internacionales con mayor poder adquisitivo, lo que obligaba a la propagación del régimen de salarios. Además, al establecerse el salario en las colonias inglesas del Caribe, el azúcar brasileño, producido con mano de obra esclava, recuperaba ventajas por sus bajos costos comparativos. La Armada británica se lanzaba al asalto de los buques negreros, pero el tráfico continuaba creciendo para abastecer a Cuba y a Brasil. Antes de que los botes ingleses llegaran a los navíos piratas, los esclavos eran arrojados por la borda: adentro solo se encontraba el olor, las calderas calientes y un capitán muerto de risa en cubierta. La represión del tráfico elevó los precios y aumentó enormemente las ganancias. A mediados del siglo, los traficantes entregaban un fusil viejo por cada esclavo vigoroso que arrancaban del África, para luego venderlo en Cuba a más de seiscientos dólares.
Las pequeñas islas del Caribe habían sido infinitamente más importantes, para Inglaterra, que sus colonias del norte. A Barbados, Jamaica y Montserrat se les prohibía fabricar una aguja o una herradura por cuenta propia. Muy diferente era la situación de Nueva Inglaterra, y ello facilitó su desarrollo económico y, también, su independencia política.
Por cierto que la trata de negros en Nueva Inglaterra dio origen a gran parte del capital que facilitó la revolución industrial en Estados Unidos de América. A mediados del siglo XVIII, los barcos negreros del norte llevaban desde Boston, Newport o Providence barriles llenos de ron hasta las costas de África; en África los cambiaban por esclavos; vendían los esclavos en el Caribe y de allí traían la melaza a Massachusetts, donde se destilaba y se convertía, para completar el ciclo, en ron. El mejor ron de las Antillas, el West Indian Rum, no se fabricaba en las Antillas. Con capitales obtenidos de este tráfico de esclavos, los hermanos Erown, de Providence, instalaron el horno de fundición que proveyó de cañones al general George Washington para la guerra de la independencia.
Las plantaciones azucareras del Caribe, condenadas como estaban al monocultivo de la caña, no sólo pueden considerarse el centro dinámico del desarrollo de las «trece colonias» por el aliento que la trata dé negros brindó a la industria naval y a las destilerías" de Nueva Inglaterra. También constituyeron el gran mercado para el desarrollo de las exportaciones de víveres, maderas e implementos diversos con destino a los ingenios, con lo cual dieron viabilidad económica a la economía granjera y precozmente manufacturera del Atlántico norte. En gran escala, los navíos fabricados por los astilleros de los colonos del norte llevaban al Caribe peces ahumados, avena y granos, frijoles, harina, manteca, queso, cebollas, caballos y bueyes, velas y jabones, telas, tablas de pino, roble y cedro para las cajas de azúcar (Cuba contó con la primera sierra de vapor que llegó a la América hispánica pero no tenía madera que cortar) y duelas, arcos, aros, argollas y clavos.
Así se iba trasvasando la sangre por todos estos procesos. Se desarrollaban los países desarrollados de nuestros días; se subdesarrollaban los sub-desarrollados.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
GRACIAS AL SACRIFICIO DE LOS ESCLAVOS EN EL CARIBE,
NACIERON
LA MÁQUINA DE JAMES WATT Y LOS CAÑONES DE WASHINGTON
El Che Guevara decía que el subdesarrollo es un enano de cabeza enorme y panza hinchada: sus piernas débiles y sus brazos cortos no armonizan con el resto del cuerpo. La Habana resplandecía, zumbaban los cadillacs por sus avenidas de lujo y en el cabaret más grande del mundo ondulaban, al ritmo de Lecuona, las vedettes más hermosas; mientras tanto, en el campo cubano, sólo uno de cada diez obreros agrícolas bebía leche, apenas un cuatro por ciento consumía carne y, según el Consejo Nacional de Economía, las tres quintas partes de los trabajadores rurales ganaban salarios que eran tres o cuatro veces inferiores al costo de la vida.
Pero el azúcar no sólo produjo enanos. También produjo gigantes o, al menos, contribuyó intensamente al desarrollo de los gigantes. El azúcar del trópico latinoamericano aportó un gran impulso a la acumulación de capitales para el desarrollo industrial de Inglaterra, Francia, Holanda y, también, de los Estados Unidos, al mismo tiempo que mutiló la economía del nordeste de Brasil y de las islas del Caribe y selló la ruina histórica de África. El comercio triangular entre Europa, África y América tuvo por viga maestra el tráfico de esclavos con destino a las plantaciones de azúcar. «La historia de un grano de azúcar es toda una lección de economía política, de política y también de moral», decía Augusto Cochin.
Las tribus de África occidental vivían peleando entre sí, para aumentar, con los prisioneros de guerra, sus reservas de esclavos. Pertenecían a los dominios coloniales de Portugal, pero los portugueses no tenían naves ni artículos industriales que ofrecer en la época del auge de la trata de negros, y se convirtieron en meros intermediarios entre los capitanes negreros de otras potencias y los reyezuelos africanos. Inglaterra fue, hasta que ya no le resultó conveniente, la gran campeona de la compra y venta de carne humana. Los holandeses tenían, sin embargo, más larga tradición en el negocio, porque Carlos V les había regalado el monopolio del transporte de negros a América tiempo antes de que Inglaterra obtuviera el derecho de introducir esclavos en las colonias ajenas, y en cuanto a Francia, Luis XIV, el Rey Sol, compartía con el rey de España la mitad de las ganancias de la Compañía de Guinea, formada en 1701 para el tráfico de esclavos hacia América, y su ministro Colbert, artífice de la industrialización francesa, tenía motivos para afirmar que la trata de negros era «recomendable para el progreso de la marina mercante nacional».
Adam Smith decía que el descubrimiento de América había «elevado el sistema mercantil a un grado de esplendor y gloria que de otro modo no hubiera alcanzado jamás». Según Sergio Bagú, el más formidable motor de acumulación del capital mercantil europeo fue la esclavitud americana; a su vez, ese capital resultó «la piedra fundamental sobre la cual se construyó el gigantesco capital industrial de los tiempos contemporáneos». La resurrección de la esclavitud grecorromana en el Nuevo Mundo tuvo propiedades milagrosas: multiplicó las naves, las fábricas, los ferrocarriles y los bancos de países que no estaban en el origen ni, con excepción de los Estados Unidos, tampoco en el destino de los esclavos que cruzaban el Atlántico.
Entre los albores del siglo XVI y la agonía del siglo X d.C., varios millones de africanos, no se sabe cuántos, atravesaron el océano; se sabe, sí, que fueron muchos más que los inmigrantes blancos, provenientes de Europa, aunque, claro está, muchos menos sobrevivieron. Del Potomac al río de la Plata, los esclavos edificaron la casa de sus amos, talaron los bosques, cortaron y molieron las cañas de azúcar, plantaron algodón, cultivaron cacao, cosecharon café y tabaco y rastrearon los cauces en busca de oro. ¿A cuántas Hiroshimas equivalieron sus exterminios sucesivos? Como decía un plantador inglés de Jamaica, «a los negros es más fácil comprarlos que criarlos». Caio Prado calcula que hasta principios del siglo XIX habían llegado a Brasil entre cinco y seis millones de africanos; para entonces, ya Cuba era un mercado de esclavos tan grande como lo había sido, antes, todo el hemisferio occidental.
Allá por 1562, el capitán John Hawkins había arrancado trescientos negros de contrabando de la Guinea portuguesa. La reina Isabel se puso furiosa: «Esta aventura -sentenció- clama venganza del cielo.» Pero Hawkins le contó que en el Caribe había obtenido, a cambio de los esclavos, un cargamento de azúcar y pieles, perlas y jengibre. La reina perdonó al pirata y se convirtió en su socia comercial. Un siglo después, el duque de York marcaba al hierro candente sus iniciales, DY, sobre la nalga izquierda o el pecho de los tres mil negros que anualmente conducía su empresa hacia las «islas del azúcar».
La Real Compañía Africana, entre cuyos accionistas figuraba el rey Carlos II, daba un trescientos por ciento de dividendos, pese a que, de los 70 mil esclavos que embarcó entre 1680 y 1688, sólo 46 mil sobrevivieron a la travesía. Durante el viaje, numerosos africanos morían víctima de epidemias o desnutrición o se suicidaban negándose a comer, ahorcándose con sus cadenas o arrojándose por la borda al océano erizado de aletas de tiburones. Lenta pero firmemente, Inglaterra iba quebrando la hegemonía holandesa en la trata de negros, La South Sea Company fue la principal usufructuaria del «derecho de asiento» concedido a los ingleses por España, y en ella estaban envueltos los más prominentes personajes de la política y las finanzas británicas; el negocio, brillante como ninguno, enloqueció a la bolsa de valores de Londres y desató una especulación de leyenda.
El transporte de esclavos elevó a Bristol, sede de astilleros, al rango de segunda ciudad de Inglaterra, y convirtió a Liverpool en el mayor puerto del mundo. Partían los navíos con sus bodegas cargadas de armas, telas, ginebra, ron, chuchearías y vidrios de colores, que serían el medio de pago para la mercadería humana de África, que a su vez pagaría el azúcar, el algodón, el café y el cacao de las plantaciones coloniales de América.
Los ingleses imponían su reinado sobre los mares. A fines del siglo XVIII, África y el Caribe daban trabajo a ciento ochenta mil obreros textiles en Manchester; de Sheffield provenían los cuchillos, y de Birmingham, 150 mil mosquetes por año. Los caciques africanos recibían las mercancías de la industria británica y entregaban los cargamentos de esclavos a los capitanes negreros. Disponían, así, de nuevas armas y abundante aguardiente para emprender las próximas cacerías en las aldeas. También proporcionaban marfiles, ceras y aceite de palma. Muchos de los esclavos provenían de la selva y no habían visto nunca el mar; confundían los rugidos del océano con los de alguna bestia sumergida que los esperaba para devorarlos o, según el testimonio de un traficante de la época, creían, y en cierto modo no se equivocaban, que «iban a ser llevados como carneros al matadero, siendo su carne muy apreciada por los europeos». De muy poco servían los látigos de siete colas para contener la desesperación suicida de los africanos.
Los «fardos» que sobrevivían al hambre, las enfermedades y el hacinamiento de la travesía, eran exhibidos en andrajos, pura piel y huesos, en la plaza pública, luego de desfilar por las calles coloniales al son de las gaitas. A los que llegaban al Caribe demasiado exhaustos se los podía cebar en los depósitos de esclavos antes de lucirlos a los ojos de los compradores; a los enfermos se los dejaba morir en los muelles. Los esclavos eran vendidos a cambio de dinero en efectivo o pagarés a tres años de plazo. Los barcos zarpaban de regreso a Liverpool llevando diversos productos tropicales: a comienzos del siglo XVIII, las tres cuartas partes del algodón que hilaba la industria textil inglesa provenían de las Antillas, aunque luego Georgia y Louisiana serían sus principales fuentes; a mediados del siglo, había ciento veinte refinerías de azúcar en Inglaterra.
Un inglés podía vivir, en aquella época, con unas seis libras al año; los mercaderes de esclavos de Liverpool sumaban ganancias anuales por más de un millón cien mil libras, contando exclusivamente el dinero obtenido en el Caribe y sin agregar los beneficios del comercio adicional. Diez grandes empresas controlaban los dos tercios del tráfico. Liverpool inauguró un nuevo sistema de muelles; cada vez se construían más buques, más largos y de mayor calado. Los orfebres ofrecían «candados y collares de plata para negros y perros», las damas elegantes se mostraban en público acompañadas de un mono vestido con un jubón bordado y un niño esclavo, con turbante y bombachudos de seda. Un economista describía por entonces la trata de negros como «el principio básico y fundamental de todo lo demás; como el principal resorte de la máquina que pone en movimiento cada rueda del engranaje». Se propagaban los bancos en Liverpool y Manchester, Bristol, Londres y Glasgow; la empresa de seguros Lloyd's acumulaba ganancias asegurando esclavos, buques y plantaciones.
Desde muy temprano, los avisos del London Gazette indicaban que los esclavos fugados debían ser devueltos a Lloyd's. Con fondos del comercio negrero se construyó el gran ferrocarril ingles del oeste y nacieron industrias como las fábricas de pizarras de Gales. El capital acumulado en el comercio triangular -manufacturas, esclavos, azúcar- hizo posible la invención de la máquina de vapor: James Watt fue sub-vencionado por mercaderes que habían hecho así su fortuna. Eric Williams lo afirma en su documentada obra sobre el tema.
A principios del siglo XIX, Gran Bretaña se convirtió en la principal impulsora de la campana antiesclavista. La industria inglesa ya necesitaba mercados internacionales con mayor poder adquisitivo, lo que obligaba a la propagación del régimen de salarios. Además, al establecerse el salario en las colonias inglesas del Caribe, el azúcar brasileño, producido con mano de obra esclava, recuperaba ventajas por sus bajos costos comparativos. La Armada británica se lanzaba al asalto de los buques negreros, pero el tráfico continuaba creciendo para abastecer a Cuba y a Brasil. Antes de que los botes ingleses llegaran a los navíos piratas, los esclavos eran arrojados por la borda: adentro solo se encontraba el olor, las calderas calientes y un capitán muerto de risa en cubierta. La represión del tráfico elevó los precios y aumentó enormemente las ganancias. A mediados del siglo, los traficantes entregaban un fusil viejo por cada esclavo vigoroso que arrancaban del África, para luego venderlo en Cuba a más de seiscientos dólares.
Las pequeñas islas del Caribe habían sido infinitamente más importantes, para Inglaterra, que sus colonias del norte. A Barbados, Jamaica y Montserrat se les prohibía fabricar una aguja o una herradura por cuenta propia. Muy diferente era la situación de Nueva Inglaterra, y ello facilitó su desarrollo económico y, también, su independencia política.
Por cierto que la trata de negros en Nueva Inglaterra dio origen a gran parte del capital que facilitó la revolución industrial en Estados Unidos de América. A mediados del siglo XVIII, los barcos negreros del norte llevaban desde Boston, Newport o Providence barriles llenos de ron hasta las costas de África; en África los cambiaban por esclavos; vendían los esclavos en el Caribe y de allí traían la melaza a Massachusetts, donde se destilaba y se convertía, para completar el ciclo, en ron. El mejor ron de las Antillas, el West Indian Rum, no se fabricaba en las Antillas. Con capitales obtenidos de este tráfico de esclavos, los hermanos Erown, de Providence, instalaron el horno de fundición que proveyó de cañones al general George Washington para la guerra de la independencia.
Las plantaciones azucareras del Caribe, condenadas como estaban al monocultivo de la caña, no sólo pueden considerarse el centro dinámico del desarrollo de las «trece colonias» por el aliento que la trata dé negros brindó a la industria naval y a las destilerías" de Nueva Inglaterra. También constituyeron el gran mercado para el desarrollo de las exportaciones de víveres, maderas e implementos diversos con destino a los ingenios, con lo cual dieron viabilidad económica a la economía granjera y precozmente manufacturera del Atlántico norte. En gran escala, los navíos fabricados por los astilleros de los colonos del norte llevaban al Caribe peces ahumados, avena y granos, frijoles, harina, manteca, queso, cebollas, caballos y bueyes, velas y jabones, telas, tablas de pino, roble y cedro para las cajas de azúcar (Cuba contó con la primera sierra de vapor que llegó a la América hispánica pero no tenía madera que cortar) y duelas, arcos, aros, argollas y clavos.
Así se iba trasvasando la sangre por todos estos procesos. Se desarrollaban los países desarrollados de nuestros días; se subdesarrollaban los sub-desarrollados.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
sábado, 4 de septiembre de 2010
AZUCAR ERA EL CUCHILLO Y EL IMPERIO EL ASESINO
EL REY AZÚCAR Y OTROS MONARCAS AGRÍCOLAS
AZUCAR ERA EL CUCHILLO Y EL IMPERIO EL ASESINO
«Edificar sobre el azúcar ¿es mejor que edificar sobre la arena?», se preguntaba Jean-Paul Sartre en 1960, desde Cuba.
En el muelle del puerto de Guayabal, que exporta azúcar a granel, vuelan los alcatraces sobre un galpón gigantesco. Entro y contemplo, atónito, una pirámide dorada de azúcar. A medida que las compuertas se abren, por debajo, para que las tolvas conduzcan el cargamento, sin embolsar, hacia los buques, la rajadura del techo va dejando caer nuevos chorros de oro, azúcar recién transportada desde los molinos de los ingenios. La luz del sol se filtra y les arranca destellos. Vale unos cuatro millones de dólares esta montaña tibia que palpo y no me alcanza la mirada para recorrerla.
Pienso que aquí se resume toda la euforia y el drama de esta zafra récord de 1970 que quiso, pero no pudo, pese al esfuerzo sobrehumano, alcanzar los diez millones de toneladas. Y una historia mucho más larga resbala, con el azúcar, ante la mirada. Pienso en el reino de la Francisco Sugar Co., la empresa de Alien Dulles, donde he pasado una semana escuchando las historias del pasado y asistiendo al nacimiento del futuro: Josefina, hija de Caridad Rodríguez, que estudia en un aula que antes era celda del cuartel, en el preciso lugar donde su padre fue preso y torturado antes de morir; Antonio Bastidas, el negro de setenta años que una madrugada de este año se colgó con ambos puños de la palanca de la sirena porque el ingenio había sobrepasado la meta y gritaba: «¡Carajo!», gritaba: «¡Cumplimos, carajo!», y no había quien le sacara la palanca de las manos crispadas mientras la sirena, que había despertado al pueblo, estaba despertando a toda Cuba; historias de desalojos, de sobornos, de asesinatos, el hambre y los extraños oficios que la desocupación, obligatoria durante más de la mitad de cada año, engendraba: cazador de grillos en los plantíos, por ejemplo.
Pienso que la desgracia tenía el vientre hinchado, ahora se sabe. No murieron en vano los que murieron: Amancio Rodríguez, por ejemplo, acribillado a tiros por los rompehuelgas en una asamblea, que había rechazado furioso un cheque en blanco de la empresa y cuando sus compañeros lo fueron a enterrar descubrieron que no tenía calzoncillos ni medias para llevarse al cajón, o por ejemplo Pedro Plaza, que a los veinte años fue detenido y condujo el camión de soldados hacia las minas que él mismo había sembrado y voló con el camión y los soldados, y tantos otros, en esta localidad y en todas las demás: «Aquí las familias quieren mucho a los mártires -me ha dicho un viejo cañero-, pero después de muertos. Antes eran puras quejas».
Sin embargo, no era por casualidad que Fidel Castro reclutara a las tres cuartas partes dé sus guerrilleros entre los campesinos, hombres del azúcar, ni que la provincia de Oriente fuera, a la vez, la mayor fuente de azúcar y de sublevaciones en toda la historia de Cuba. Me explico el rencor acumulado: después de la gran zafra de 1961, la revolución optó por vengarse del azúcar.
El azúcar era la memoria viva de la humillación. ¿Era también, el azúcar, un destino? ¿Se convirtió luego en una penitencia? ¿Puede ser ahora una palanca, la catapulta del desarrollo económico?.
Al influjo de una justa impaciencia, la revolución abatió numerosos cañaverales y quiso diversificar, en un abrir y cerrar de ojos, la producción agrícola: no cayó en el tradicional error de dividir los latifundios en minifundios improductivos, pero cada finca socializada acometió de golpe cultivos excesivamente variados.
Había que realizar importaciones en gran escala para industrializar el país, aumentar la productividad agrícola y satisfacer muchas necesidades de consumo que la revolución, al redistribuir la riqueza, acrecentó enormemente.
Sin las grandes zafras de azúcar, ¿de dónde obtener las divisas necesarias para esas importaciones? El desarrollo de la minería, sobre todo el níquel, exige grandes inversiones, que se están realizando, y la producción pesquera se ha multiplicado por ocho gracias al crecimiento de la flota, lo cual también ha exigido inversiones gigantes; los grandes planes de producción de cítricos están en ejecución, pero los años que separan a la siembra de la cosecha obligan a la paciencia.
La revolución descubrió, entonces, que había confundido al cuchillo con el asesino. El azúcar, que había sido el factor del subdesarrollo, pasó a convertirse en un instrumento del desarrollo. No hubo más remedio que utilizar los frutos del monocultivo y la dependencia, nacidos de la incorporación de Cuba al mercado mundial, para romper el espinazo del monocultivo y la dependencia.
Porque los ingresos que el azúcar proporciona ya no se utilizan en consolidar la estructura del sometimiento. Las importaciones de maquinarias y de instalaciones industriales crecieron en un cuarenta por ciento desde 1958; el excedente económico que el azúcar genera se moviliza para desarrollar las industrias básicas y para que no queden tierras ociosas ni trabajadores condenados a la desocupación.
Cuando cayó la dictadura de Batista, había en Cuba cinco mil tractores y trescientos mil automóviles. Hoy hay cincuenta mil tractores, aunque en buena medida se los desperdicia por las graves deficiencias de organización, y de aquella flota de automóviles, en su mayoría modelos de lujo, no restan más que algunos ejemplares dignos del museo de la chatarra. La industria del cemento y las plantas de electricidad han cobrado un asombroso impulso; las nuevas fábricas de fertilizantes han hecho posible que hoy se utilicen cinco veces más abonos que en 1958. Los embalses, creados por todas partes, contienen hoy un caudal de agua setenta y tres veces mayor que el total de agua embalsada en 1958 y han avanzado con botas de siete leguas las áreas de riego. Nuevos caminos, abiertos por toda Cuba, han roto la incomunicación de muchas regiones que parecían condenadas al aislamiento eterno. Para aumentar la magra producción de leche del ganado cebú, se han traído a Cuba toros de raza Holstein con los que, mediante la inseminación artificial, se han hecho nacer ochocientas mil vacas de cruza.
Grandes progresos se han realizado en la mecanización del corte y el alza de la caña, en buena medida en base a las invenciones cubanas, aunque todavía resultan insuficientes. Un nuevo sistema de trabajo se organiza, con dificultades, para ocupar el lugar del viejo sistema desorganizado por los cambios que la revolución trajo consigo.
Los macheteros profesionales, presidiarios del azúcar, son en Cuba una especie extinguida: también para ellos la revolución implicó la libertad de elegir otros oficios menos pesados, y para sus hijos, la posibilidad de estudiar, mediante becas, en las ciudades.
La redención de los cañeros ha provocado, en consecuencia, precio inevitable, severos trastornos para la economía de la isla. En 1970, Cuba debió utilizar el triple de trabajadores para la zafra en su mayoría voluntarios o soldados o trabajadores de otros sectores, con lo que se perjudicaron las demás actividades del campo y de la ciudad: las cosechas de otros productos, el ritmo de trabajo de las fábricas. Y hay que tener en cuenta, en este sentido, que en una sociedad socialista, a diferencia de la sociedad capitalista, los trabajadores ya no actúan urgidos por el miedo a la desocupación ni por la codicia. Otros motores -la solidaridad, la responsabilidad colectiva, la toma de conciencia de los deberes y los derechos que lanzan al hombre más allá del egoísmo- deben ponerse en funcionamiento. Y no se cambia la conciencia de un pueblo entero en un santiamén. Cuando la revolución conquistó el poder, según Fidel Castro, la mayoría de los cubanos no era ni siquiera antiimperialista.
Los cubanos se fueron radicalizando junto con su revolución, a medida que se sucedían los desafíos y las respuestas, los golpes y los contragolpes entre La Habana y Washington, y a medida que se iban convirtiendo en hechos concretos las promesas de justicia social.
Se construyeron ciento setenta hospitales nuevos y otros tantos policlínicos y se hizo gratuita la asistencia médica; se multiplicó por tres la cantidad de estudiantes matriculados a todos los niveles y también la educación se hizo gratuita; las becas benefician hoy a más de trescientos mil niños y jóvenes y se han multiplicado los internados y los círculos infantiles.
Gran parte de la población no paga alquiler y ya son gratuitos los servicios de agua, luz, teléfono, funerales y espectáculos deportivos. Los gastos en servicios sociales crecieron cinco veces en pocos años. Pero ahora que todos tienen educación y zapatos, las necesidades se van multiplicando geométricamente y la producción sólo puede crecer aritméticamente.
La presión del consumo, que es ahora consumo de todos y no de pocos, también obliga a Cuba al aumento rápido de las exportaciones, y el azúcar continúa siendo la mayor fuente de recursos.
En verdad, la revolución está viviendo tiempos duros, difíciles, de transición y sacrificio. Los propios cubanos han terminado de confirmar que el socialismo se construye con los dientes apretados y que la revolución no es ningún paseo. Al fin y al cabo, el futuro no sería de esta tierra si viniera regalado.
Hay escasez, es cierto, de diversos productos: en 1970 faltan frutas y heladeras, ropa; las colas, muy frecuentes, no sólo resultan de la desorganización de la distribución. La causa esencial de la escasez es la nueva abundancia de consumidores: ahora el país pertenece a todos. Se trata, por lo tanto, de una escasez de signo inverso a la que padecen los demás países latinoamericanos.
En el mismo sentido operan los gastos de defensa. Cuba está obligada a dormir con los ojos abiertos, y también eso resulta, en términos económicos, muy caro. Esta revolución acosada, que ha debido soportar invasiones y sabotajes sin tregua, no cae porque -extraña dictadura- la defiende su pueblo en armas.
Los expropiadores expropiados no se resignan. En abril de 1961, la brigada que desembarcó en Playa Girón no estaba formada solamente por los viejos militares y policías de Batista, sino también por los dueños de más de 370 mil hectáreas de tierra, casi diez mil inmuebles, setenta fábricas, diez centrales azucareros, tres bancos, cinco minas y doce cabarets.
El dictador de Guatemala, Miguel Ydígoras, cedió campos de entrenamiento a los expedicionarios a cambio de las promesas que los norteamericanos le formularon, según él mismo confesó más tarde: dinero constante y sonante, que nunca le pagaron, y un aumento de la cuota guatemalteca de azúcar en el mercado de los Estados Unidos.
En 1965, otro país azucarero, la República Dominicana, sufrió la invasión de unos cuarenta mil marines dispuestos «a permanecer indefinidamente en este país, en vista de la confusión reinante», según declaró su comandante, el general Bruce Palmer. La caída vertical de los precios del azúcar había sido uno de los factores que hicieron estallar la indignación popular; el pueblo se levantó contra la dictadura militar y las tropas norteamericanas no demoraron en restablecer el orden.
Dejaron cuatro mil muertos en los combates que los patriotas libraron, cuerpo a cuerpo, entre el río Ozama y el Caribe, en un barrio acorralado de la ciudad de Santo Domingo. La Organización de Estados Americanos -que tiene la memoria del burro, porque no olvida nunca dónde come- bendijo la invasión y la estimuló con nuevas fuerzas. Había que matar el germen de otra Cuba.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
AZUCAR ERA EL CUCHILLO Y EL IMPERIO EL ASESINO
«Edificar sobre el azúcar ¿es mejor que edificar sobre la arena?», se preguntaba Jean-Paul Sartre en 1960, desde Cuba.
En el muelle del puerto de Guayabal, que exporta azúcar a granel, vuelan los alcatraces sobre un galpón gigantesco. Entro y contemplo, atónito, una pirámide dorada de azúcar. A medida que las compuertas se abren, por debajo, para que las tolvas conduzcan el cargamento, sin embolsar, hacia los buques, la rajadura del techo va dejando caer nuevos chorros de oro, azúcar recién transportada desde los molinos de los ingenios. La luz del sol se filtra y les arranca destellos. Vale unos cuatro millones de dólares esta montaña tibia que palpo y no me alcanza la mirada para recorrerla.
Pienso que aquí se resume toda la euforia y el drama de esta zafra récord de 1970 que quiso, pero no pudo, pese al esfuerzo sobrehumano, alcanzar los diez millones de toneladas. Y una historia mucho más larga resbala, con el azúcar, ante la mirada. Pienso en el reino de la Francisco Sugar Co., la empresa de Alien Dulles, donde he pasado una semana escuchando las historias del pasado y asistiendo al nacimiento del futuro: Josefina, hija de Caridad Rodríguez, que estudia en un aula que antes era celda del cuartel, en el preciso lugar donde su padre fue preso y torturado antes de morir; Antonio Bastidas, el negro de setenta años que una madrugada de este año se colgó con ambos puños de la palanca de la sirena porque el ingenio había sobrepasado la meta y gritaba: «¡Carajo!», gritaba: «¡Cumplimos, carajo!», y no había quien le sacara la palanca de las manos crispadas mientras la sirena, que había despertado al pueblo, estaba despertando a toda Cuba; historias de desalojos, de sobornos, de asesinatos, el hambre y los extraños oficios que la desocupación, obligatoria durante más de la mitad de cada año, engendraba: cazador de grillos en los plantíos, por ejemplo.
Pienso que la desgracia tenía el vientre hinchado, ahora se sabe. No murieron en vano los que murieron: Amancio Rodríguez, por ejemplo, acribillado a tiros por los rompehuelgas en una asamblea, que había rechazado furioso un cheque en blanco de la empresa y cuando sus compañeros lo fueron a enterrar descubrieron que no tenía calzoncillos ni medias para llevarse al cajón, o por ejemplo Pedro Plaza, que a los veinte años fue detenido y condujo el camión de soldados hacia las minas que él mismo había sembrado y voló con el camión y los soldados, y tantos otros, en esta localidad y en todas las demás: «Aquí las familias quieren mucho a los mártires -me ha dicho un viejo cañero-, pero después de muertos. Antes eran puras quejas».
Sin embargo, no era por casualidad que Fidel Castro reclutara a las tres cuartas partes dé sus guerrilleros entre los campesinos, hombres del azúcar, ni que la provincia de Oriente fuera, a la vez, la mayor fuente de azúcar y de sublevaciones en toda la historia de Cuba. Me explico el rencor acumulado: después de la gran zafra de 1961, la revolución optó por vengarse del azúcar.
El azúcar era la memoria viva de la humillación. ¿Era también, el azúcar, un destino? ¿Se convirtió luego en una penitencia? ¿Puede ser ahora una palanca, la catapulta del desarrollo económico?.
Al influjo de una justa impaciencia, la revolución abatió numerosos cañaverales y quiso diversificar, en un abrir y cerrar de ojos, la producción agrícola: no cayó en el tradicional error de dividir los latifundios en minifundios improductivos, pero cada finca socializada acometió de golpe cultivos excesivamente variados.
Había que realizar importaciones en gran escala para industrializar el país, aumentar la productividad agrícola y satisfacer muchas necesidades de consumo que la revolución, al redistribuir la riqueza, acrecentó enormemente.
Sin las grandes zafras de azúcar, ¿de dónde obtener las divisas necesarias para esas importaciones? El desarrollo de la minería, sobre todo el níquel, exige grandes inversiones, que se están realizando, y la producción pesquera se ha multiplicado por ocho gracias al crecimiento de la flota, lo cual también ha exigido inversiones gigantes; los grandes planes de producción de cítricos están en ejecución, pero los años que separan a la siembra de la cosecha obligan a la paciencia.
La revolución descubrió, entonces, que había confundido al cuchillo con el asesino. El azúcar, que había sido el factor del subdesarrollo, pasó a convertirse en un instrumento del desarrollo. No hubo más remedio que utilizar los frutos del monocultivo y la dependencia, nacidos de la incorporación de Cuba al mercado mundial, para romper el espinazo del monocultivo y la dependencia.
Porque los ingresos que el azúcar proporciona ya no se utilizan en consolidar la estructura del sometimiento. Las importaciones de maquinarias y de instalaciones industriales crecieron en un cuarenta por ciento desde 1958; el excedente económico que el azúcar genera se moviliza para desarrollar las industrias básicas y para que no queden tierras ociosas ni trabajadores condenados a la desocupación.
Cuando cayó la dictadura de Batista, había en Cuba cinco mil tractores y trescientos mil automóviles. Hoy hay cincuenta mil tractores, aunque en buena medida se los desperdicia por las graves deficiencias de organización, y de aquella flota de automóviles, en su mayoría modelos de lujo, no restan más que algunos ejemplares dignos del museo de la chatarra. La industria del cemento y las plantas de electricidad han cobrado un asombroso impulso; las nuevas fábricas de fertilizantes han hecho posible que hoy se utilicen cinco veces más abonos que en 1958. Los embalses, creados por todas partes, contienen hoy un caudal de agua setenta y tres veces mayor que el total de agua embalsada en 1958 y han avanzado con botas de siete leguas las áreas de riego. Nuevos caminos, abiertos por toda Cuba, han roto la incomunicación de muchas regiones que parecían condenadas al aislamiento eterno. Para aumentar la magra producción de leche del ganado cebú, se han traído a Cuba toros de raza Holstein con los que, mediante la inseminación artificial, se han hecho nacer ochocientas mil vacas de cruza.
Grandes progresos se han realizado en la mecanización del corte y el alza de la caña, en buena medida en base a las invenciones cubanas, aunque todavía resultan insuficientes. Un nuevo sistema de trabajo se organiza, con dificultades, para ocupar el lugar del viejo sistema desorganizado por los cambios que la revolución trajo consigo.
Los macheteros profesionales, presidiarios del azúcar, son en Cuba una especie extinguida: también para ellos la revolución implicó la libertad de elegir otros oficios menos pesados, y para sus hijos, la posibilidad de estudiar, mediante becas, en las ciudades.
La redención de los cañeros ha provocado, en consecuencia, precio inevitable, severos trastornos para la economía de la isla. En 1970, Cuba debió utilizar el triple de trabajadores para la zafra en su mayoría voluntarios o soldados o trabajadores de otros sectores, con lo que se perjudicaron las demás actividades del campo y de la ciudad: las cosechas de otros productos, el ritmo de trabajo de las fábricas. Y hay que tener en cuenta, en este sentido, que en una sociedad socialista, a diferencia de la sociedad capitalista, los trabajadores ya no actúan urgidos por el miedo a la desocupación ni por la codicia. Otros motores -la solidaridad, la responsabilidad colectiva, la toma de conciencia de los deberes y los derechos que lanzan al hombre más allá del egoísmo- deben ponerse en funcionamiento. Y no se cambia la conciencia de un pueblo entero en un santiamén. Cuando la revolución conquistó el poder, según Fidel Castro, la mayoría de los cubanos no era ni siquiera antiimperialista.
Los cubanos se fueron radicalizando junto con su revolución, a medida que se sucedían los desafíos y las respuestas, los golpes y los contragolpes entre La Habana y Washington, y a medida que se iban convirtiendo en hechos concretos las promesas de justicia social.
Se construyeron ciento setenta hospitales nuevos y otros tantos policlínicos y se hizo gratuita la asistencia médica; se multiplicó por tres la cantidad de estudiantes matriculados a todos los niveles y también la educación se hizo gratuita; las becas benefician hoy a más de trescientos mil niños y jóvenes y se han multiplicado los internados y los círculos infantiles.
Gran parte de la población no paga alquiler y ya son gratuitos los servicios de agua, luz, teléfono, funerales y espectáculos deportivos. Los gastos en servicios sociales crecieron cinco veces en pocos años. Pero ahora que todos tienen educación y zapatos, las necesidades se van multiplicando geométricamente y la producción sólo puede crecer aritméticamente.
La presión del consumo, que es ahora consumo de todos y no de pocos, también obliga a Cuba al aumento rápido de las exportaciones, y el azúcar continúa siendo la mayor fuente de recursos.
En verdad, la revolución está viviendo tiempos duros, difíciles, de transición y sacrificio. Los propios cubanos han terminado de confirmar que el socialismo se construye con los dientes apretados y que la revolución no es ningún paseo. Al fin y al cabo, el futuro no sería de esta tierra si viniera regalado.
Hay escasez, es cierto, de diversos productos: en 1970 faltan frutas y heladeras, ropa; las colas, muy frecuentes, no sólo resultan de la desorganización de la distribución. La causa esencial de la escasez es la nueva abundancia de consumidores: ahora el país pertenece a todos. Se trata, por lo tanto, de una escasez de signo inverso a la que padecen los demás países latinoamericanos.
En el mismo sentido operan los gastos de defensa. Cuba está obligada a dormir con los ojos abiertos, y también eso resulta, en términos económicos, muy caro. Esta revolución acosada, que ha debido soportar invasiones y sabotajes sin tregua, no cae porque -extraña dictadura- la defiende su pueblo en armas.
Los expropiadores expropiados no se resignan. En abril de 1961, la brigada que desembarcó en Playa Girón no estaba formada solamente por los viejos militares y policías de Batista, sino también por los dueños de más de 370 mil hectáreas de tierra, casi diez mil inmuebles, setenta fábricas, diez centrales azucareros, tres bancos, cinco minas y doce cabarets.
El dictador de Guatemala, Miguel Ydígoras, cedió campos de entrenamiento a los expedicionarios a cambio de las promesas que los norteamericanos le formularon, según él mismo confesó más tarde: dinero constante y sonante, que nunca le pagaron, y un aumento de la cuota guatemalteca de azúcar en el mercado de los Estados Unidos.
En 1965, otro país azucarero, la República Dominicana, sufrió la invasión de unos cuarenta mil marines dispuestos «a permanecer indefinidamente en este país, en vista de la confusión reinante», según declaró su comandante, el general Bruce Palmer. La caída vertical de los precios del azúcar había sido uno de los factores que hicieron estallar la indignación popular; el pueblo se levantó contra la dictadura militar y las tropas norteamericanas no demoraron en restablecer el orden.
Dejaron cuatro mil muertos en los combates que los patriotas libraron, cuerpo a cuerpo, entre el río Ozama y el Caribe, en un barrio acorralado de la ciudad de Santo Domingo. La Organización de Estados Americanos -que tiene la memoria del burro, porque no olvida nunca dónde come- bendijo la invasión y la estimuló con nuevas fuerzas. Había que matar el germen de otra Cuba.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
viernes, 20 de agosto de 2010
"EL TAMUNANGUE".
ICENTIDAD Y TRADICION
"EL TAMUNANGUE".
En el mes de Junio se efectúan importantes manifestaciones de la cultura tradicional venezolana, esto en virtud de ser Junio el mes en que se produce el solsticio de verano, ciclo astrológico que desde tiempos inmemoriales motivó en el hombre la realización de diversos rituales.
Se puede decir que todo comenzó cuando nuestros antepasados primitivos, al observar las estrellas, se dieron cuenta que en determinada época del año el Sol se movía desde el Trópico de Cáncer, hasta el trópico de Capricornio (a estos días se les llamó solsticios de verano y de invierno). El nombre de solsticio, deriva del latín que significa "Sol quieto" o "Sol detenido", en el día del equinoccio el Sol llega a su punto más alto con respecto al Ecuador y es cuando los rayos solares caen perpendicularmente sobre el Trópico de Cáncer, esto sucede en el mes de Junio, denominándose solsticio de verano.
Nuestros antepasados creían que después del solsticio de verano, el sol no volvería a su esplendor total, ya que los días eran cada vez más cortos, por esa razón, hacían fogatas y ritos con fuego para que la luz reinara sobre las tinieblas, a menudo bailaban y saltaban alrededor del fuego para purificarse y protegerse de las influencias demoníacas, además de creer que con estos rituales el sol se fortalecería de nuevo, de esta forma simbolizaban el poder del sol y lo ayudaban a renovar su energía.
En la mitología griega a los solsticios se les llama “puertas de hombres y de dioses”, la “puerta de los hombres”, según estas creencias helénicas, corresponde al solsticio de verano en el mes de Junio, a diferencia de “la puerta de los dioses” que corresponde al solsticio de invierno en el mes de Diciembre. Es por ello que los hombres y los dioses se disponían a celebrar fiestas, cargadas de gran poder y de magia.
En la “puerta de los hombres” los antiguos griegos daban gracias al sol, encendiendo hogueras y haciendo rituales, buscando la bendición de las tierras y sus frutos, así como buenos augurios para los enamorados y fertilidad para las mujeres, ya que podían disponer de más horas para cumplir con sus tareas y entregarse a la diversión.
Esta tradición ha perdurado a lo largo del tiempo y de la historia, y sin tener mayores explicaciones se ha venido practicando desde la antigüedad en todo lo ancho de nuestra hermosa Pachamama, es por ello que también encontramos en nuestros pueblos de América rituales muy parecidos, por ejemplo: En México, los aztecas estaban dedicados al sol y cooperaban con el en la “renovación de los fuegos”. Por su parte los Incas del Perú festejaban, el Inti-Raymi (o la fiesta del Sol) en la impresionante explanada de Sacsahuamán, muy cerca del Cuzco. Justo en el momento de la salida del astro rey, el inca elevaba los brazos y exclamaba: “¡Oh, mi Sol! ¡Oh, mi Sol! Envíanos tu calor, que el frío desaparezca. ¡Oh, mi Sol!”. En lo que hoy se conoce como Venezuela, la familia arawak era gobernada por su líder “Shaman”, quien era el jefe de los ejércitos y guía espiritual, además de buen hombre, el nombre Shaman significa Hombre-Dios-Medicina, este antiguo jefe guerrero centraba sus sabidurías en torno al Sol, a quien consideraba su padre, y adoraba en exquisito altar.
La presencia en El Tamunangue de elementos chamánicos, revela su carácter armónico, en virtud de que lo social, lo religioso y lo curativo están íntimamente vinculados y convergen en una especie de eje del mundo (axis mundi), ese eje de convergencia y complementariedad, crea un circuito que integra lo físico y lo espiritual, permitiendo la aparición de realidades imaginables atribuidas al comienzo de los tiempos, y que año tras año son repetidas a través de rituales paganos.
Con el transcurso de los siglos, específicamente a partir de la edad media, el cristianismo le da un significado propio a estos rituales paganos, para irlos transformando y sacralizando en festividades religiosas a fin de atraer al pueblo hacia el nuevo credo, para hoy en día se consideran estas fiestas santas y sagradas, es así como bajo la devoción de los santos del mes de junio, subyacen prácticas que se remontan a los inicios de la civilización.
Se ha discutido mucho el origen del Tamunangue, y se puede decir sin duda que esta tradición está ligada a la religión popular católica, por eso cuando hoy se habla de San Antonio, no se habla de aquel sacerdote franciscano de nombre Fernando de Bulhoes que nació en Lisboa, Portugal el 15 de Agosto de 1195, y murió en Padua, Italia el 13 de Junio de 1231, como lo impone la iglesia, mas bien se habla de aquel que toma muchas formas a la vez, como la de lluvia, viento, tambor, hombre y niño, blanco y negro, noviero, batallero y tamunanguero en fin es la típica representación del pueblo, o sea se habla de San Antonio “El Batallero de Lara".
Cuando el espiral del tiempo, inicia un nuevo circuito, cerrando un año más sobre los techos de las casas y sobre los sombreros y hombros de los habitantes de Lara, entonces se vuelven a escuchar los compases de “La Batalla" género musical de la cultura popular conocida como El Tamunangue que anuncia la llegada de San Antonio “El Batallero de Lara". Aquel que según documentación etnográfica, llegó a Venezuela, en el siglo XVI, en uno de esos galeones de guerra con africanos traídos a la fuerza, y que permaneció con “su tambor" en esos campos junto a los negros de las plantaciones, para tratar de hacer mas llevadera la vida de esos hombres destinados a la esclavitud.
Este fraile capuchino según señala la tradición oral, iba con su tambor recorriendo montañas y valles de Lara, para evangelizar a los Agayones y Jirajaras. El representó en las voces de su tambor, aquellas otras voces que antes fueron del viento, del trueno y otros dioses prehispánicos, por lo que se quedó habitando para siempre en el alma de la gente de estas tierras como una voz y un lamento, una alegría y un sueño; llamado Tamunangue o Son de Negros. Cuenta una leyenda que el Maculele y el Kalinda realizaban rituales de palos acompañados del son de los tambores, asemejando una batalla de garrotes entre dos hombres, y que el fraile Antonio se emocionaba tanto con este ritual que el mismo tocaba el tamunango, con este relato entre otros el pueblo de Lara justifica la integración de la batalla al Tamunangue.
El Tamunangue es el baile que se realiza después de la bendición del pan, en la fiesta de San Antonio en el estado Lara cada 13 de junio, sin embargo puede llevarse a cabo cualquier otro día del año para cumplir las promesas de algún devoto. Explica el maestro de música Luís Felipe Ramón Y Rivera que la palabra tamunangue deriva del nombre que se le da al tambor que se utiliza en la interpretación de los cantos característicos de esta tradición, “el tamunango”. Este ritual combina la música con el baile y el fervor religioso, también se efectúa el mismo para pagar promesas relacionadas con la salud, la bonanza económica y la recuperación de objetos perdidos, por esta razón, se inicia con una misa al santo. A esta manifestación folklórica también se le conoce como baile de negros o son de negros.
El conjunto musical se conforma básicamente con instrumentos tales como: el tiple, el cuatro, el cinco (conocido también como quinto o lira), el tambor tamunango (Una especie de cumaco de un solo parche clavado) y las maracas, la cantidad de instrumentos varía de acuerdo con el tamaño del conjunto musical, llegando a veces a duplicarse, en ocasiones se incorporan instrumentos de cuerdas dobles, los cuales son variantes de los señalados anteriormente. Vale comentar que esta estructura musical es producto de la integración de distintas expresiones culturales, es decir, las maracas son de origen autóctono ancestral, los cordófonos o instrumentos de cuerdas como el cuatro, son de procedencia hispana y los membranófonos o tambores como el tamunango son de ascendencia africana.
En cuanto a la indumentaria no existe un traje específico, en algunas ocasiones los promesantes se visten con sus mejores galas, las mujeres llevan faldas largas y blusas de faralaos escotadas hasta los hombros, flores en el cabello y alpargatas, por su parte los hombres van con liquiliqui, pañuelo al cuello, sombrero de cogollo y botines de cuero. No hay una coreografía establecida para las parejas, y los movimientos más comunes son giros y vueltas acompañados con galanteos y persecuciones entre uno y otro. Esta expresión cultural fusiona el compás nativo con el africano y el europeo, con cantos en metáforas las cuales van uniendo las ocho danzas típicas de esta tradición.
Un artículo sobre el tamunangue publicado en la página oficial de FUNDEF, explica que los cantos típicos de esta expresión reúnen "elementos de poesía castiza o típica con coplas de contenido venezolano, cortadas por estribillos largos o cortos donde, en ocasiones, figuran expresiones tales como gritos o formas en registro de falsete, las cuales se presume podrían ser de procedencia africana."
Al tamunangue le precede un velorio al santo, con cantos bíblicos: salves, décimas, amables, rondeamantes, gozos, etc. Y por supuesto el rosario. Para estos casos los promesantes contratan a músicos expertos en cantos de velorios, el 12 por la noche, frente a un altar adornado y con la imagen de San Antonio, que interpretan los cantos con cuatros, requintos, cincos, medio cincos, pandero y violines. Los cantos son a dúos y siempre hay un capitán que se encarga de dirigir y darle letra a los demás músicos.
Para el día 13, desde tempranas horas, se reúnen músicos y bailadores, los músicos se van acomodando y buscan su dúo, el cumaco se ejecuta en el hombro y en cuanto a la percusión, de eso se encargan los batalleros con sus palos o garrotes. Mientras van en procesión al son de la batalla, llegan a la iglesia, realizan una misa en honor a San Antonio y luego sacan al Santo de la iglesia, es una fiesta colectiva y muchas personas pagan promesas ese día.
Esta expresión popular consta de ocho danzas o sones conocidos con los nombres de: la batalla, la bella, la juruminga, el chichivamos o yiyivamos, el poco a poco, la perrendenga, el galerón y el seis por ocho o seis figuriao, cada uno de estos cantos y bailes son precedidos por la Salve y La Batalla, la cual se ejecuta durante la procesión. Los Coros de los Sones son los siguientes: En la Batalla “adorar, adorar, adorar a mi padre San Antonio”, En el Yiyivamos “Oé bangüe”, En la Juruminga “tumbirá”, En el Poco a Poco “Oá sí”, En la Perrendenga “Tomé ay to”. En los descansos eventuales, cantan golpes larenses y se dirigen a distintos lugares, finalmente los participantes regresan el Santo a la Iglesia, le cantan una Salve y le rezan un Rosario.
LA BATALLA: Esta pieza inicia propiamente el tamunangue y se ejecuta a lo largo de la procesión del santo. Durante su interpretación un dúo de hombres simulan una pelea a garrote. Los cantos de la batalla constan de una serie de coplas, cuartetas y octosílabas, con rima del segundo y cuarto verso. El número de estrofas es indefinido y su contenido suele aludir al santo o describir la ejecución instrumental. La música se inicia con una introducción instrumental y es interpretada por un dúo de cantores.
LA BELLA: Una vez culminada la procesión del santo, la imagen de éste es colocada sobre un altar frente al templo. En este momento se inicia el baile del Tamunangue con el son conocido como la bella. Se cantan estrofas seguidas de un estribillo, en el que se repite la frase: "Bella, Bella!". La música se inicia con una introducción instrumental, seguida de la entonación de dos coplas y un coro. El baile de la bella se efectúa por turnos, para designar a la siguiente pareja se le entrega a la mujer una vara. Esta danza consta de giros con persecución de la mujer.
EL CHICHIVAMOS O YIYIVAMOS: Es un canto alegre y vistoso que se interpreta en forma responsorial, típico de la herencia afro en Venezuela. La música del Chichivamos se inicia con una introducción, a la cual contesta el coro a dos o tres voces con la frase: "Oé baqué" u "Oé bambá". Antes de iniciar la danza los bailarines saludan al Santo, luego bailan en parejas sueltas y por turnos. El hombre persigue a la mujer abriendo y cerrando los brazos, la mujer lo enfrenta y huye.
LA JURUMINGA: Este son toma su nombre de una frase con la que se inicia el canto y que dice: "Juruminga no má". La música típica de este son se inicia con una introducción instrumental, seguida por los estribillos del solista, a los cuales contesta el coro con la frase: "Juruminga no má". En su interpretación el solista entona un verso, seguido por un estribillo a cargo del coro. Los versos típicos de estos cantos no riman y son interrumpidos por el coro con la palabra: "Tombirá" o "Cójela". Cuando un solista termina sus versos, se dice "Coje la palabra", para que entre un nuevo solista. En general es un baile libre. La mujer sostiene su falda con la mano izquierda y con la otra lleva la vara. El hombre realiza movimientos de galanteo sosteniendo la vara en alto y abriendo sus brazos o también sujetando la vara en ambos extremos y poniéndola frente a su pecho o sobre la cabeza de la mujer. Cuando una pareja se cansa de bailar entrega la vara a otra y ésta bailará hasta cansarse.
EL POCO A POCO: El poco a poco se compone de dos partes que se alternan sin pausa intermedia: La primera corresponde a la simulación de calambres, la cual comienza con el grito del coro que dice "Así". A esto le sigue un verso del solista, al cual el coro contesta con su frase "Así". Al bailar, en esta parte, el hombre persigue a la mujer, hasta que el cantante da una orden y el bailarín comienza a fingir calambres y la mujer lo auxilia. En la segunda parte, de nombre Guabina, se canta a dos voces entonando una estrofa de cuatro frases que se repite, seguida por otra tarareada con voces de Ananá o Lalairá. En esta etapa, el baile simula el montaje del caballito, representado por el hombre, que es conducido por la mujer, que lo golpea con la vara sobre el lomo. Son características de esta danza las improvisaciones humorísticas.
LA PERRENDENGA: Es un son alegre de carácter responsorial. Durante su interpretación se entonan cantos compuestos por tres. Un estribillo, seguido de una estrofa, ambos a cargo del solista, y un pequeño estribillo. El solista comienza con un estribillo, el coro responde con un pequeño estribillo que dice "Ay tó", le sigue la primera copla también a cargo del solista. En el baile se usan las varas para dramatizar el galanteo del hombre hacia la mujer. El hombre hace círculos y semicírculos en el aire con su vara y en ocasiones llega a chocar la vara de su compañera de baile.
EL GALERÓN: Esta danza se baila usualmente honor a San Pascual porque, tal como lo indican las personas oriundas del Tocuyo, éste era amigo de San Antonio. La expresión melódica de estos sones presenta la repetición de un pequeño motivo durante varios compases. Las letras de estos cantos suelen estar compuestas por voces de mando para el baile. En el Galerón existen dos modalidades de baile. En una consiste las parejas se alternan para participar y en otra danzan al mismo tiempo compitiendo entre ellas.
EL SEIS FIGURIAO: También conocido como Seis por Ocho o Seis Corrido, se utiliza para cerrar el Tamunangue. La música característica del seis figuriao se divide en tres períodos precedidos de una introducción instrumental. El primero es cantado por un dúo o un coro con acompañamiento, que entona dos o cuatro frases. El segundo período tiene dos cantores que se alternan en el canto. En el tercer período una copla es interpretada a dos voces por un coro. La duración de estos tres períodos es variable porque cada una de sus partes puede ser acortada o alargada repitiendo una frase musical con pequeñas variantes. Cabe destacar que no aparecen palabras y formas responsoriales del tipo afrovenezolana, presentes en los otros sones del Tamunangue. Durante el baile tres parejas realizan un gran número de figuras diferentes y complejas, en las que se evidencia la influencia de las danzas europeas de salón.
En plena procesión, los batalleros y batalleras ejecutan una pelea simulada con garrotes adornados, elaborados del árbol de guayabo y al terminar la batalla, se colocan en distintos lugares para realizar los sones que le continúan. Hoy en día no todo batallero es peleador de palos, por tanto, hay que tener cuidado al hablar de la danza de la batalla y de la tradición del garrote ya que las definiciones no son iguales. Esto se debe a que no todo peleador de palos tiene el mismo credo o fervor religioso a San Antonio ni todo batallero es necesariamente conocedor de la pelea a palos.
Entre la gente del pueblo se suele escuchar: “La danza de la batalla tiene un secreto que sólo lo pueden oír los batalleros ya que se les ha metido en la sangre. Por eso cuando vea a dos hombres danzando como es, echándose palo recio y al cuerpo, quédese calladito y observe, que esos hombres están transportados a otra época, cada vez que los garrotes chocan, cuando zumban por el aire, cuando soplan la carne cerquita… en fin, son momentos sagrados... todo eso hace que los batalleros sientan por dentro un canto mágico que es como una mezcla antiquísima de gritos de guerra, ondear de banderas, rechinar de cadenas, silencio de muertos. Es un eco que surge de lo más puro de la sangre: libertad, libertad, libertad…es un recuerdo ancestral de las violencias que han forjado las patrias....y eso es sagrado”.
La tradición del Garrote o pelea a garrote, si bien no tiene un inicio cronológico concreto, una identificación étnica, o una única influencia en lo tocante a sus técnicas, si ha estado asociada a las clases sociales menos favorecidas. Esta forma cultural de origen mestizo, es portadora de contenidos identitarios provenientes de todas esas influencias y coyunturas que, con el paso del tiempo, se han amalgamado para constituirse en una herencia única, con una identidad propia, como, el concepto de la hombría, la valentía e inclusive parte del “temperamento” criollo.
La palabra garrote deriva del francés garrot y esencialmente se usa para designar un palo grueso y fuerte que puede manejarse a modo de bastón, generalmente oscila entre 60 y 80 centímetros de longitud y de 1 a 2 cms de espesor. El garrote es un palo mas grueso en un extremo que en el otro, lo cual garantiza la posibilidad de poder lanzar golpes mas rápidos de acuerdo al extremo que se emplee, también esta la “vara” que, a diferencia del garrote, es mas pareja y ligeramente mas larga. Existe también la varita, más delgada aún y sin ninguna preparación especial que se usa hasta que se rompe.
Las maderas empleadas en la elaboración de los garrotes son por lo general maderas duras aunque flexibles y en su fabricación intervienen una serie de elementos trasmitidos generacionalmente como, por ejemplo: las fases de la luna en las que deben ser cortados los maderos para los garrotes, el proceso de “templanza” de la madera una vez cortada, y el hecho de que un buen garrote no es producto de la rama de un árbol sino de su tallo, lo que garantiza una mayor flexibilidad, dureza y un peso liviano.
Los maderos una vez cortados, son asados al fuego para poder ser descortezados; posterior a este proceso, son untados con alguna grasa animal, vegetal o mineral y dejados al sol y al sereno nocturno por un periodo de tiempo que oscila entre 30 y 40 noches al término de los cuales, la madera ha cogido un temple específico que la hace no solo muy dura sino liviana.
Una vez lista la madera para ser trabajada se procede a alisarla y posterior a esto se destina su uso a la práctica o a fines ornamentales; en el primer caso un garrote puede llevar empuñadura o no, la empuñadura o “empate” básicamente es un tejido realizado en el extremo mas delgado del garrote o en uno de lo extremos de una vara; el tejido se realiza a mano con cordón de algodón (pabilo) o cuero muy fino y puede hacérsele bien sea un simple anillo o una empuñadura completa, el hilo se teje con una aguja y normalmente es untado con cera de abejas para darle mayor consistencia al tejido que, una vez terminado es muy sólido y difícil de quitar; normalmente el tejido de una empuñadura se hace con hilos de varios colores para adornar aunque también puede hacerse de un solo color.
Las partes de un garrote son: la punta, el cuerpo, el empate y el cubo (parte de espacio que queda entre el final de la empuñadura y la otra punta del garrote) se dice que cuando un garrote tiene empuñadura está “encabuyado”.
Los artesanos que elaboran garrotes practican además la talla de la madera y el pirograbado lo que evidencia la presencia de un interesante arte de bastonería o arte de elaboración de bastones.
Son estas las razones por las que el Tamunangue es considerado como una de las expresiones más importantes del quehacer cultural del país, dada su riqueza a la hora de la ejecución y esa mezcla de lo profano con lo religioso que es producto de nuestra herencia aborigen, blanca y negra.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
"EL TAMUNANGUE".
En el mes de Junio se efectúan importantes manifestaciones de la cultura tradicional venezolana, esto en virtud de ser Junio el mes en que se produce el solsticio de verano, ciclo astrológico que desde tiempos inmemoriales motivó en el hombre la realización de diversos rituales.
Se puede decir que todo comenzó cuando nuestros antepasados primitivos, al observar las estrellas, se dieron cuenta que en determinada época del año el Sol se movía desde el Trópico de Cáncer, hasta el trópico de Capricornio (a estos días se les llamó solsticios de verano y de invierno). El nombre de solsticio, deriva del latín que significa "Sol quieto" o "Sol detenido", en el día del equinoccio el Sol llega a su punto más alto con respecto al Ecuador y es cuando los rayos solares caen perpendicularmente sobre el Trópico de Cáncer, esto sucede en el mes de Junio, denominándose solsticio de verano.
Nuestros antepasados creían que después del solsticio de verano, el sol no volvería a su esplendor total, ya que los días eran cada vez más cortos, por esa razón, hacían fogatas y ritos con fuego para que la luz reinara sobre las tinieblas, a menudo bailaban y saltaban alrededor del fuego para purificarse y protegerse de las influencias demoníacas, además de creer que con estos rituales el sol se fortalecería de nuevo, de esta forma simbolizaban el poder del sol y lo ayudaban a renovar su energía.
En la mitología griega a los solsticios se les llama “puertas de hombres y de dioses”, la “puerta de los hombres”, según estas creencias helénicas, corresponde al solsticio de verano en el mes de Junio, a diferencia de “la puerta de los dioses” que corresponde al solsticio de invierno en el mes de Diciembre. Es por ello que los hombres y los dioses se disponían a celebrar fiestas, cargadas de gran poder y de magia.
En la “puerta de los hombres” los antiguos griegos daban gracias al sol, encendiendo hogueras y haciendo rituales, buscando la bendición de las tierras y sus frutos, así como buenos augurios para los enamorados y fertilidad para las mujeres, ya que podían disponer de más horas para cumplir con sus tareas y entregarse a la diversión.
Esta tradición ha perdurado a lo largo del tiempo y de la historia, y sin tener mayores explicaciones se ha venido practicando desde la antigüedad en todo lo ancho de nuestra hermosa Pachamama, es por ello que también encontramos en nuestros pueblos de América rituales muy parecidos, por ejemplo: En México, los aztecas estaban dedicados al sol y cooperaban con el en la “renovación de los fuegos”. Por su parte los Incas del Perú festejaban, el Inti-Raymi (o la fiesta del Sol) en la impresionante explanada de Sacsahuamán, muy cerca del Cuzco. Justo en el momento de la salida del astro rey, el inca elevaba los brazos y exclamaba: “¡Oh, mi Sol! ¡Oh, mi Sol! Envíanos tu calor, que el frío desaparezca. ¡Oh, mi Sol!”. En lo que hoy se conoce como Venezuela, la familia arawak era gobernada por su líder “Shaman”, quien era el jefe de los ejércitos y guía espiritual, además de buen hombre, el nombre Shaman significa Hombre-Dios-Medicina, este antiguo jefe guerrero centraba sus sabidurías en torno al Sol, a quien consideraba su padre, y adoraba en exquisito altar.
La presencia en El Tamunangue de elementos chamánicos, revela su carácter armónico, en virtud de que lo social, lo religioso y lo curativo están íntimamente vinculados y convergen en una especie de eje del mundo (axis mundi), ese eje de convergencia y complementariedad, crea un circuito que integra lo físico y lo espiritual, permitiendo la aparición de realidades imaginables atribuidas al comienzo de los tiempos, y que año tras año son repetidas a través de rituales paganos.
Con el transcurso de los siglos, específicamente a partir de la edad media, el cristianismo le da un significado propio a estos rituales paganos, para irlos transformando y sacralizando en festividades religiosas a fin de atraer al pueblo hacia el nuevo credo, para hoy en día se consideran estas fiestas santas y sagradas, es así como bajo la devoción de los santos del mes de junio, subyacen prácticas que se remontan a los inicios de la civilización.
Se ha discutido mucho el origen del Tamunangue, y se puede decir sin duda que esta tradición está ligada a la religión popular católica, por eso cuando hoy se habla de San Antonio, no se habla de aquel sacerdote franciscano de nombre Fernando de Bulhoes que nació en Lisboa, Portugal el 15 de Agosto de 1195, y murió en Padua, Italia el 13 de Junio de 1231, como lo impone la iglesia, mas bien se habla de aquel que toma muchas formas a la vez, como la de lluvia, viento, tambor, hombre y niño, blanco y negro, noviero, batallero y tamunanguero en fin es la típica representación del pueblo, o sea se habla de San Antonio “El Batallero de Lara".
Cuando el espiral del tiempo, inicia un nuevo circuito, cerrando un año más sobre los techos de las casas y sobre los sombreros y hombros de los habitantes de Lara, entonces se vuelven a escuchar los compases de “La Batalla" género musical de la cultura popular conocida como El Tamunangue que anuncia la llegada de San Antonio “El Batallero de Lara". Aquel que según documentación etnográfica, llegó a Venezuela, en el siglo XVI, en uno de esos galeones de guerra con africanos traídos a la fuerza, y que permaneció con “su tambor" en esos campos junto a los negros de las plantaciones, para tratar de hacer mas llevadera la vida de esos hombres destinados a la esclavitud.
Este fraile capuchino según señala la tradición oral, iba con su tambor recorriendo montañas y valles de Lara, para evangelizar a los Agayones y Jirajaras. El representó en las voces de su tambor, aquellas otras voces que antes fueron del viento, del trueno y otros dioses prehispánicos, por lo que se quedó habitando para siempre en el alma de la gente de estas tierras como una voz y un lamento, una alegría y un sueño; llamado Tamunangue o Son de Negros. Cuenta una leyenda que el Maculele y el Kalinda realizaban rituales de palos acompañados del son de los tambores, asemejando una batalla de garrotes entre dos hombres, y que el fraile Antonio se emocionaba tanto con este ritual que el mismo tocaba el tamunango, con este relato entre otros el pueblo de Lara justifica la integración de la batalla al Tamunangue.
El Tamunangue es el baile que se realiza después de la bendición del pan, en la fiesta de San Antonio en el estado Lara cada 13 de junio, sin embargo puede llevarse a cabo cualquier otro día del año para cumplir las promesas de algún devoto. Explica el maestro de música Luís Felipe Ramón Y Rivera que la palabra tamunangue deriva del nombre que se le da al tambor que se utiliza en la interpretación de los cantos característicos de esta tradición, “el tamunango”. Este ritual combina la música con el baile y el fervor religioso, también se efectúa el mismo para pagar promesas relacionadas con la salud, la bonanza económica y la recuperación de objetos perdidos, por esta razón, se inicia con una misa al santo. A esta manifestación folklórica también se le conoce como baile de negros o son de negros.
El conjunto musical se conforma básicamente con instrumentos tales como: el tiple, el cuatro, el cinco (conocido también como quinto o lira), el tambor tamunango (Una especie de cumaco de un solo parche clavado) y las maracas, la cantidad de instrumentos varía de acuerdo con el tamaño del conjunto musical, llegando a veces a duplicarse, en ocasiones se incorporan instrumentos de cuerdas dobles, los cuales son variantes de los señalados anteriormente. Vale comentar que esta estructura musical es producto de la integración de distintas expresiones culturales, es decir, las maracas son de origen autóctono ancestral, los cordófonos o instrumentos de cuerdas como el cuatro, son de procedencia hispana y los membranófonos o tambores como el tamunango son de ascendencia africana.
En cuanto a la indumentaria no existe un traje específico, en algunas ocasiones los promesantes se visten con sus mejores galas, las mujeres llevan faldas largas y blusas de faralaos escotadas hasta los hombros, flores en el cabello y alpargatas, por su parte los hombres van con liquiliqui, pañuelo al cuello, sombrero de cogollo y botines de cuero. No hay una coreografía establecida para las parejas, y los movimientos más comunes son giros y vueltas acompañados con galanteos y persecuciones entre uno y otro. Esta expresión cultural fusiona el compás nativo con el africano y el europeo, con cantos en metáforas las cuales van uniendo las ocho danzas típicas de esta tradición.
Un artículo sobre el tamunangue publicado en la página oficial de FUNDEF, explica que los cantos típicos de esta expresión reúnen "elementos de poesía castiza o típica con coplas de contenido venezolano, cortadas por estribillos largos o cortos donde, en ocasiones, figuran expresiones tales como gritos o formas en registro de falsete, las cuales se presume podrían ser de procedencia africana."
Al tamunangue le precede un velorio al santo, con cantos bíblicos: salves, décimas, amables, rondeamantes, gozos, etc. Y por supuesto el rosario. Para estos casos los promesantes contratan a músicos expertos en cantos de velorios, el 12 por la noche, frente a un altar adornado y con la imagen de San Antonio, que interpretan los cantos con cuatros, requintos, cincos, medio cincos, pandero y violines. Los cantos son a dúos y siempre hay un capitán que se encarga de dirigir y darle letra a los demás músicos.
Para el día 13, desde tempranas horas, se reúnen músicos y bailadores, los músicos se van acomodando y buscan su dúo, el cumaco se ejecuta en el hombro y en cuanto a la percusión, de eso se encargan los batalleros con sus palos o garrotes. Mientras van en procesión al son de la batalla, llegan a la iglesia, realizan una misa en honor a San Antonio y luego sacan al Santo de la iglesia, es una fiesta colectiva y muchas personas pagan promesas ese día.
Esta expresión popular consta de ocho danzas o sones conocidos con los nombres de: la batalla, la bella, la juruminga, el chichivamos o yiyivamos, el poco a poco, la perrendenga, el galerón y el seis por ocho o seis figuriao, cada uno de estos cantos y bailes son precedidos por la Salve y La Batalla, la cual se ejecuta durante la procesión. Los Coros de los Sones son los siguientes: En la Batalla “adorar, adorar, adorar a mi padre San Antonio”, En el Yiyivamos “Oé bangüe”, En la Juruminga “tumbirá”, En el Poco a Poco “Oá sí”, En la Perrendenga “Tomé ay to”. En los descansos eventuales, cantan golpes larenses y se dirigen a distintos lugares, finalmente los participantes regresan el Santo a la Iglesia, le cantan una Salve y le rezan un Rosario.
LA BATALLA: Esta pieza inicia propiamente el tamunangue y se ejecuta a lo largo de la procesión del santo. Durante su interpretación un dúo de hombres simulan una pelea a garrote. Los cantos de la batalla constan de una serie de coplas, cuartetas y octosílabas, con rima del segundo y cuarto verso. El número de estrofas es indefinido y su contenido suele aludir al santo o describir la ejecución instrumental. La música se inicia con una introducción instrumental y es interpretada por un dúo de cantores.
LA BELLA: Una vez culminada la procesión del santo, la imagen de éste es colocada sobre un altar frente al templo. En este momento se inicia el baile del Tamunangue con el son conocido como la bella. Se cantan estrofas seguidas de un estribillo, en el que se repite la frase: "Bella, Bella!". La música se inicia con una introducción instrumental, seguida de la entonación de dos coplas y un coro. El baile de la bella se efectúa por turnos, para designar a la siguiente pareja se le entrega a la mujer una vara. Esta danza consta de giros con persecución de la mujer.
EL CHICHIVAMOS O YIYIVAMOS: Es un canto alegre y vistoso que se interpreta en forma responsorial, típico de la herencia afro en Venezuela. La música del Chichivamos se inicia con una introducción, a la cual contesta el coro a dos o tres voces con la frase: "Oé baqué" u "Oé bambá". Antes de iniciar la danza los bailarines saludan al Santo, luego bailan en parejas sueltas y por turnos. El hombre persigue a la mujer abriendo y cerrando los brazos, la mujer lo enfrenta y huye.
LA JURUMINGA: Este son toma su nombre de una frase con la que se inicia el canto y que dice: "Juruminga no má". La música típica de este son se inicia con una introducción instrumental, seguida por los estribillos del solista, a los cuales contesta el coro con la frase: "Juruminga no má". En su interpretación el solista entona un verso, seguido por un estribillo a cargo del coro. Los versos típicos de estos cantos no riman y son interrumpidos por el coro con la palabra: "Tombirá" o "Cójela". Cuando un solista termina sus versos, se dice "Coje la palabra", para que entre un nuevo solista. En general es un baile libre. La mujer sostiene su falda con la mano izquierda y con la otra lleva la vara. El hombre realiza movimientos de galanteo sosteniendo la vara en alto y abriendo sus brazos o también sujetando la vara en ambos extremos y poniéndola frente a su pecho o sobre la cabeza de la mujer. Cuando una pareja se cansa de bailar entrega la vara a otra y ésta bailará hasta cansarse.
EL POCO A POCO: El poco a poco se compone de dos partes que se alternan sin pausa intermedia: La primera corresponde a la simulación de calambres, la cual comienza con el grito del coro que dice "Así". A esto le sigue un verso del solista, al cual el coro contesta con su frase "Así". Al bailar, en esta parte, el hombre persigue a la mujer, hasta que el cantante da una orden y el bailarín comienza a fingir calambres y la mujer lo auxilia. En la segunda parte, de nombre Guabina, se canta a dos voces entonando una estrofa de cuatro frases que se repite, seguida por otra tarareada con voces de Ananá o Lalairá. En esta etapa, el baile simula el montaje del caballito, representado por el hombre, que es conducido por la mujer, que lo golpea con la vara sobre el lomo. Son características de esta danza las improvisaciones humorísticas.
LA PERRENDENGA: Es un son alegre de carácter responsorial. Durante su interpretación se entonan cantos compuestos por tres. Un estribillo, seguido de una estrofa, ambos a cargo del solista, y un pequeño estribillo. El solista comienza con un estribillo, el coro responde con un pequeño estribillo que dice "Ay tó", le sigue la primera copla también a cargo del solista. En el baile se usan las varas para dramatizar el galanteo del hombre hacia la mujer. El hombre hace círculos y semicírculos en el aire con su vara y en ocasiones llega a chocar la vara de su compañera de baile.
EL GALERÓN: Esta danza se baila usualmente honor a San Pascual porque, tal como lo indican las personas oriundas del Tocuyo, éste era amigo de San Antonio. La expresión melódica de estos sones presenta la repetición de un pequeño motivo durante varios compases. Las letras de estos cantos suelen estar compuestas por voces de mando para el baile. En el Galerón existen dos modalidades de baile. En una consiste las parejas se alternan para participar y en otra danzan al mismo tiempo compitiendo entre ellas.
EL SEIS FIGURIAO: También conocido como Seis por Ocho o Seis Corrido, se utiliza para cerrar el Tamunangue. La música característica del seis figuriao se divide en tres períodos precedidos de una introducción instrumental. El primero es cantado por un dúo o un coro con acompañamiento, que entona dos o cuatro frases. El segundo período tiene dos cantores que se alternan en el canto. En el tercer período una copla es interpretada a dos voces por un coro. La duración de estos tres períodos es variable porque cada una de sus partes puede ser acortada o alargada repitiendo una frase musical con pequeñas variantes. Cabe destacar que no aparecen palabras y formas responsoriales del tipo afrovenezolana, presentes en los otros sones del Tamunangue. Durante el baile tres parejas realizan un gran número de figuras diferentes y complejas, en las que se evidencia la influencia de las danzas europeas de salón.
En plena procesión, los batalleros y batalleras ejecutan una pelea simulada con garrotes adornados, elaborados del árbol de guayabo y al terminar la batalla, se colocan en distintos lugares para realizar los sones que le continúan. Hoy en día no todo batallero es peleador de palos, por tanto, hay que tener cuidado al hablar de la danza de la batalla y de la tradición del garrote ya que las definiciones no son iguales. Esto se debe a que no todo peleador de palos tiene el mismo credo o fervor religioso a San Antonio ni todo batallero es necesariamente conocedor de la pelea a palos.
Entre la gente del pueblo se suele escuchar: “La danza de la batalla tiene un secreto que sólo lo pueden oír los batalleros ya que se les ha metido en la sangre. Por eso cuando vea a dos hombres danzando como es, echándose palo recio y al cuerpo, quédese calladito y observe, que esos hombres están transportados a otra época, cada vez que los garrotes chocan, cuando zumban por el aire, cuando soplan la carne cerquita… en fin, son momentos sagrados... todo eso hace que los batalleros sientan por dentro un canto mágico que es como una mezcla antiquísima de gritos de guerra, ondear de banderas, rechinar de cadenas, silencio de muertos. Es un eco que surge de lo más puro de la sangre: libertad, libertad, libertad…es un recuerdo ancestral de las violencias que han forjado las patrias....y eso es sagrado”.
La tradición del Garrote o pelea a garrote, si bien no tiene un inicio cronológico concreto, una identificación étnica, o una única influencia en lo tocante a sus técnicas, si ha estado asociada a las clases sociales menos favorecidas. Esta forma cultural de origen mestizo, es portadora de contenidos identitarios provenientes de todas esas influencias y coyunturas que, con el paso del tiempo, se han amalgamado para constituirse en una herencia única, con una identidad propia, como, el concepto de la hombría, la valentía e inclusive parte del “temperamento” criollo.
La palabra garrote deriva del francés garrot y esencialmente se usa para designar un palo grueso y fuerte que puede manejarse a modo de bastón, generalmente oscila entre 60 y 80 centímetros de longitud y de 1 a 2 cms de espesor. El garrote es un palo mas grueso en un extremo que en el otro, lo cual garantiza la posibilidad de poder lanzar golpes mas rápidos de acuerdo al extremo que se emplee, también esta la “vara” que, a diferencia del garrote, es mas pareja y ligeramente mas larga. Existe también la varita, más delgada aún y sin ninguna preparación especial que se usa hasta que se rompe.
Las maderas empleadas en la elaboración de los garrotes son por lo general maderas duras aunque flexibles y en su fabricación intervienen una serie de elementos trasmitidos generacionalmente como, por ejemplo: las fases de la luna en las que deben ser cortados los maderos para los garrotes, el proceso de “templanza” de la madera una vez cortada, y el hecho de que un buen garrote no es producto de la rama de un árbol sino de su tallo, lo que garantiza una mayor flexibilidad, dureza y un peso liviano.
Los maderos una vez cortados, son asados al fuego para poder ser descortezados; posterior a este proceso, son untados con alguna grasa animal, vegetal o mineral y dejados al sol y al sereno nocturno por un periodo de tiempo que oscila entre 30 y 40 noches al término de los cuales, la madera ha cogido un temple específico que la hace no solo muy dura sino liviana.
Una vez lista la madera para ser trabajada se procede a alisarla y posterior a esto se destina su uso a la práctica o a fines ornamentales; en el primer caso un garrote puede llevar empuñadura o no, la empuñadura o “empate” básicamente es un tejido realizado en el extremo mas delgado del garrote o en uno de lo extremos de una vara; el tejido se realiza a mano con cordón de algodón (pabilo) o cuero muy fino y puede hacérsele bien sea un simple anillo o una empuñadura completa, el hilo se teje con una aguja y normalmente es untado con cera de abejas para darle mayor consistencia al tejido que, una vez terminado es muy sólido y difícil de quitar; normalmente el tejido de una empuñadura se hace con hilos de varios colores para adornar aunque también puede hacerse de un solo color.
Las partes de un garrote son: la punta, el cuerpo, el empate y el cubo (parte de espacio que queda entre el final de la empuñadura y la otra punta del garrote) se dice que cuando un garrote tiene empuñadura está “encabuyado”.
Los artesanos que elaboran garrotes practican además la talla de la madera y el pirograbado lo que evidencia la presencia de un interesante arte de bastonería o arte de elaboración de bastones.
Son estas las razones por las que el Tamunangue es considerado como una de las expresiones más importantes del quehacer cultural del país, dada su riqueza a la hora de la ejecución y esa mezcla de lo profano con lo religioso que es producto de nuestra herencia aborigen, blanca y negra.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
lunes, 26 de julio de 2010
LA REVOLUCIÓN ANTE LA ESTRUCTURA DE LA IMPOTENCIA
LA REVOLUCIÓN ANTE LA ESTRUCTURA DE LA IMPOTENCIA
La proximidad geográfica y la aparición del azúcar de remolacha, surgida durante las guerras napoleónicas, en los campos dé Francia y Alemania, convirtieron a los Estados Unidos en el cliente principal del azúcar de las Antillas.
Ya en 1850, los Estados Unidos dominaban la tercera parte del comercio de Cuba, le vendían y le compraban más que España, aunque la isla era una colonia española, y la bandera de las barras y las estrellas flameaba en los mástiles de más de la mitad de los buques que llegaban allí. Un viajero español encontró hacia 1859, campo adentro, en remotos pueblitos de Cuba, máquinas de coser fabricadas en Estados Unidos. Las principales calles de La Habana fueron empedradas con bloques de granito de Boston.
Cuando despuntaba el siglo XX se leía en el Louisiana Planter. «Poco a poco, va pasando toda la isla de Cuba a manos de ciudadanos norteamericanos, lo cual es el medio más sencillo y seguro de conseguir la anexión a los Estados Unidos.» En el Senado norteamericano se hablaba ya de una nueva estrella en la bandera; derrotada España, el general Leonard Wood gobernaba la isla. Al mismo tiempo pasaban a manos norteamericanas las Filipinas y Puerto Rico. «Nos han sido otorgados por la guerra -decía el presidente McKinley incluyendo a Cuba-, y con la ayuda de Dios y en nombre del progreso de la humanidad y de la civilización, es nuestro deber responder a esta gran confianza.».
En 1902, Tomás Estrada Palma tuvo que renunciar a la ciudadanía norteamericana que había adoptado en el exilio: las tropas norteamericanas de ocupación lo convirtieron en el primer presidente de Cuba. En 1960, el ex embajador norteamericano en Cuba, Earl Smith, declaró ante una subcomisión del Senado: «Hasta el arribo de Castro al poder, los Estados Unidos tenían en Cuba una influencia de tal manera irresistible que el embajador norteamericano era el segundo personaje del país, a veces aún más importante que el presidente cubano».
Cuando cayó Batista, Cuba vendía casi todo su azúcar en Estados Unidos. Cinco años antes, un joven abogado revolucionario había profetizado certeramente, ante quienes lo juzgaban por el asalto al cuartel Moneada, que la historia lo absolvería; había dicho en su vibrante alegato: «Cuba sigue siendo una factoría productora de materia prima. Se exporta azúcar para importar caramelos...».
Cuba compraba en Estados Unidos no sólo los automóviles y las máquinas, los productos químicos, el papel y la ropa, sino también arroz y frijoles, ajos y cebollas, grasas, carne y algodón. Venían helados de Miami, panes de Atlanta y hasta cenas de lujo desde París.
El país del azúcar importaba cerca de la mitad de las frutas y las verduras que consumía, aunque sólo la tercera parte de su población activa tenía trabajo permanente y la mitad de las tierras de los centrales azucareros eran extensiones baldías donde las empresas no producían nada.
Trece ingenios norteamericanos disponían de más de 47 por ciento del área azucarera total y ganaban alrededor de 180 millones de dólares por cada zafra.
La riqueza del subsuelo -níquel, hierro, cobre, manganeso, cromo, tungsteno- formaba parte de las reservas estratégicas de los Estados Unidos, cuyas empresas apenas explotaban los minerales de acuerdo con las variables urgencias del ejército y la industria del norte.
Había en Cuba, en 1958, más prostitutas registradas que obreros mineros. Un millón y medio de cubanos sufría el desempleo total o parcial, según las investigaciones de Seuret y Pino que cita Núñez Jiménez.
La economía del país se movía al ritmo de las zafras. El poder de compra de las exportaciones cubanas entre 1952 y 1956 no superaba el nivel de treinta años atrás, aunque las necesidades de divisas eran mucho mayores.
En los años treinta, cuando la crisis consolidó la dependencia de la economía cubana en lugar de contribuir a romperla, se había llegado al colmo de desmontar fábricas recién instaladas para venderlas a otros países.
Cuando triunfó la revolución, el primer día de 1959, el desarrollo industrial de Cuba era muy pobre y lento, más de la mitad de la producción estaba concentrada en La Habana y las pocas fábricas con tecnología moderna se teledirigían desde los Estados Unidos.
Un economista cubano, Regino Boti, coautor de las tesis económicas de los guerrilleros de la sierra, cita el ejemplo de una filial de la Nestlé que producía leche concentrada en Bayamo: «En caso de accidente, el técnico telefoneaba a Connecticut y señalaba que en su sector tal o cual cosa no marchaba. Recibía en seguida instrucciones sobre las medidas a tomar y las ejecutaba mecánicamente... Si la operación no resultaba exitosa, cuatro horas más tarde llegaba un avión transportando un equipo de especialistas de alta calificación que arreglaban todo. Después de la nacionalización ya no se podía telefonear para pedir socorro y los raros técnicos que hubieran podido reparar los desperfectos secundarios habían partido». El testimonio ilustra cabalmente las dificultades que la Revolución encontró desde .que se lanzó a la aventura de convertir a la colonia en patria.
Cuba tenía las piernas cortadas por el estatuto de la dependencia y no le ha resultado nada fácil echarse a andar por su propia cuenta. La mitad de los niños cubanos no iba a la escuela en 1958, pero la ignorancia era, como denunciara Fidel Castro tantas veces, mucho más vasta y más grave que el analfabetismo. La gran campaña de 1961 movilizó a un ejército de jóvenes voluntarios para enseñar a leer y a escribir a todos los cubanos y los resultados asombraron al mundo: Cuba ostenta actualmente, según la Oficina internacional de Educación de la UNESCO, el menor porcentaje de analfabetos y el mayor porcentaje de población escolar, primaria y secundaria, de América Latina.
Sin embargo, la herencia maldita de la ignorancia no se supera en una noche y un día ni en doce años. La falta de cuadros técnicos eficaces, la incompetencia de la administración y la desorganización del aparato productivo, el burocrático temor a la imaginación creadora y a la libertad de decisión, continúan interponiendo obstáculos al desarrollo del socialismo.
Pero pese a todo el sistema de impotencias forjado por cuatro siglos y medio de historia de la opresión, Cuba está naciendo, con entusiasmo que no cesa, de nuevo: mide sus fuerzas, alegría y desmesura, ante los obstáculos.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
La proximidad geográfica y la aparición del azúcar de remolacha, surgida durante las guerras napoleónicas, en los campos dé Francia y Alemania, convirtieron a los Estados Unidos en el cliente principal del azúcar de las Antillas.
Ya en 1850, los Estados Unidos dominaban la tercera parte del comercio de Cuba, le vendían y le compraban más que España, aunque la isla era una colonia española, y la bandera de las barras y las estrellas flameaba en los mástiles de más de la mitad de los buques que llegaban allí. Un viajero español encontró hacia 1859, campo adentro, en remotos pueblitos de Cuba, máquinas de coser fabricadas en Estados Unidos. Las principales calles de La Habana fueron empedradas con bloques de granito de Boston.
Cuando despuntaba el siglo XX se leía en el Louisiana Planter. «Poco a poco, va pasando toda la isla de Cuba a manos de ciudadanos norteamericanos, lo cual es el medio más sencillo y seguro de conseguir la anexión a los Estados Unidos.» En el Senado norteamericano se hablaba ya de una nueva estrella en la bandera; derrotada España, el general Leonard Wood gobernaba la isla. Al mismo tiempo pasaban a manos norteamericanas las Filipinas y Puerto Rico. «Nos han sido otorgados por la guerra -decía el presidente McKinley incluyendo a Cuba-, y con la ayuda de Dios y en nombre del progreso de la humanidad y de la civilización, es nuestro deber responder a esta gran confianza.».
En 1902, Tomás Estrada Palma tuvo que renunciar a la ciudadanía norteamericana que había adoptado en el exilio: las tropas norteamericanas de ocupación lo convirtieron en el primer presidente de Cuba. En 1960, el ex embajador norteamericano en Cuba, Earl Smith, declaró ante una subcomisión del Senado: «Hasta el arribo de Castro al poder, los Estados Unidos tenían en Cuba una influencia de tal manera irresistible que el embajador norteamericano era el segundo personaje del país, a veces aún más importante que el presidente cubano».
Cuando cayó Batista, Cuba vendía casi todo su azúcar en Estados Unidos. Cinco años antes, un joven abogado revolucionario había profetizado certeramente, ante quienes lo juzgaban por el asalto al cuartel Moneada, que la historia lo absolvería; había dicho en su vibrante alegato: «Cuba sigue siendo una factoría productora de materia prima. Se exporta azúcar para importar caramelos...».
Cuba compraba en Estados Unidos no sólo los automóviles y las máquinas, los productos químicos, el papel y la ropa, sino también arroz y frijoles, ajos y cebollas, grasas, carne y algodón. Venían helados de Miami, panes de Atlanta y hasta cenas de lujo desde París.
El país del azúcar importaba cerca de la mitad de las frutas y las verduras que consumía, aunque sólo la tercera parte de su población activa tenía trabajo permanente y la mitad de las tierras de los centrales azucareros eran extensiones baldías donde las empresas no producían nada.
Trece ingenios norteamericanos disponían de más de 47 por ciento del área azucarera total y ganaban alrededor de 180 millones de dólares por cada zafra.
La riqueza del subsuelo -níquel, hierro, cobre, manganeso, cromo, tungsteno- formaba parte de las reservas estratégicas de los Estados Unidos, cuyas empresas apenas explotaban los minerales de acuerdo con las variables urgencias del ejército y la industria del norte.
Había en Cuba, en 1958, más prostitutas registradas que obreros mineros. Un millón y medio de cubanos sufría el desempleo total o parcial, según las investigaciones de Seuret y Pino que cita Núñez Jiménez.
La economía del país se movía al ritmo de las zafras. El poder de compra de las exportaciones cubanas entre 1952 y 1956 no superaba el nivel de treinta años atrás, aunque las necesidades de divisas eran mucho mayores.
En los años treinta, cuando la crisis consolidó la dependencia de la economía cubana en lugar de contribuir a romperla, se había llegado al colmo de desmontar fábricas recién instaladas para venderlas a otros países.
Cuando triunfó la revolución, el primer día de 1959, el desarrollo industrial de Cuba era muy pobre y lento, más de la mitad de la producción estaba concentrada en La Habana y las pocas fábricas con tecnología moderna se teledirigían desde los Estados Unidos.
Un economista cubano, Regino Boti, coautor de las tesis económicas de los guerrilleros de la sierra, cita el ejemplo de una filial de la Nestlé que producía leche concentrada en Bayamo: «En caso de accidente, el técnico telefoneaba a Connecticut y señalaba que en su sector tal o cual cosa no marchaba. Recibía en seguida instrucciones sobre las medidas a tomar y las ejecutaba mecánicamente... Si la operación no resultaba exitosa, cuatro horas más tarde llegaba un avión transportando un equipo de especialistas de alta calificación que arreglaban todo. Después de la nacionalización ya no se podía telefonear para pedir socorro y los raros técnicos que hubieran podido reparar los desperfectos secundarios habían partido». El testimonio ilustra cabalmente las dificultades que la Revolución encontró desde .que se lanzó a la aventura de convertir a la colonia en patria.
Cuba tenía las piernas cortadas por el estatuto de la dependencia y no le ha resultado nada fácil echarse a andar por su propia cuenta. La mitad de los niños cubanos no iba a la escuela en 1958, pero la ignorancia era, como denunciara Fidel Castro tantas veces, mucho más vasta y más grave que el analfabetismo. La gran campaña de 1961 movilizó a un ejército de jóvenes voluntarios para enseñar a leer y a escribir a todos los cubanos y los resultados asombraron al mundo: Cuba ostenta actualmente, según la Oficina internacional de Educación de la UNESCO, el menor porcentaje de analfabetos y el mayor porcentaje de población escolar, primaria y secundaria, de América Latina.
Sin embargo, la herencia maldita de la ignorancia no se supera en una noche y un día ni en doce años. La falta de cuadros técnicos eficaces, la incompetencia de la administración y la desorganización del aparato productivo, el burocrático temor a la imaginación creadora y a la libertad de decisión, continúan interponiendo obstáculos al desarrollo del socialismo.
Pero pese a todo el sistema de impotencias forjado por cuatro siglos y medio de historia de la opresión, Cuba está naciendo, con entusiasmo que no cesa, de nuevo: mide sus fuerzas, alegría y desmesura, ante los obstáculos.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
sábado, 10 de julio de 2010
Castillos de azúcar sobre los suelos quemados de cuba
EL REY AZÚCAR Y OTROS MONARCAS AGRÍCOLAS
Castillos de azúcar sobre los suelos quemados de cuba
Los ingleses se habían apoderado fugazmente de la Habana en 1762. Por entonces, las pequeñas plantaciones de tabaco y la ganadería eran las bases de la economía rural de la isla; La Habana, plaza fuerte militar, mostraba un considerable desarrollo de las artesanías, contaba con una fundición importante, que fabricaba cañones, y disponía del primer astillero de América Latina para construir en gran escala buqués mercantes y navíos de guerra.
Once meses bastaron a los ocupantes británicos para introducir una cantidad de esclavos que normalmente hubiese entrado en quince años y desde esa época la economía cubana fue modelada por las necesidades extranjeras de azúcar: los esclavos producirían la codiciada mercancía con destino al mercado mundial, y su jugosa plusvalía sería desde entonces disfrutada por la oligarquía local y los intereses imperialistas.
Moreno Fraginals describe, con datos elocuentes, el auge violento del azúcar en los años siguientes a la ocupación británica. El monopolio comercial español había saltado, de hecho, en pedazos; habían quedado deshechos además los frenos al ingreso de esclavos. El ingenio absorbía todo, hombres y tierras. Los obreros del astillero y la fundición y los innumerables pequeños artesanos, cuyo aporte hubiera resultado fundamental para el desarrollo de las industrias, se marchaban a los ingenios; los pequeños campesinos que cultivaban tabaco en las vegas o frutas en las huertas, víctimas del bestial arrasamiento de las tierras por los cañaverales, se incorporaban también a la producción de azúcar. La plantación extensiva iba reduciendo la fertilidad de los suelos; se multiplicaban en los campos cubanos las torres de los ingenios y cada ingenio requería cada vez más tierras. El fuego devoraba las vegas tabacaleras y los bosques y arrasaba las pasturas.
En 1792, el tasajo, que pocos años antes era un artículo cubano de exportación, llegaba ya en grandes cantidades del extranjero, y Cuba continuaría importándolo en lo sucesivo.
Languidecían el astillero y la fundición caía verticalmente la producción de tabaco; la jornada de trabajo de los esclavos del azúcar se extendía a veinte horas. Sobre las tierras humeantes se consolidaba el poder de la «sacarocracia». A fines del siglo XVIII, euforia de la cotización internacional por las nubes, la especulación volaba: los precios de la tierra se multiplicaban por veinte en Güines; en La Habana el interés real del dinero era ocho veces más alto que el legal; en toda Cuba la tarifa de los bautismos, los entierros y las misas subía en proporción a la desatada carestía de los negros y los bueyes.
Los cronistas de otros tiempos decían que podía recorrerse Cuba, a todo lo largo, a la sombra de las palmas gigantescas y los bosques frondosos, en los que abundaban la caoba y el cedro, el ébano y los dagames. Se puede todavía admirar las maderas preciosas de Cuba en las mesas y en las ventanas de El Escorial o en las puertas del palacio real de Madrid, pero la invasión cañera hizo arder, en Cuba, con varios fuegos sucesivos, los mejores bosques vírgenes de cuantos antes cubrían su suelo.
En los mismos años en que arrasaba su propia floresta, Cuba se convertía en la principal compradora de madera de los Estados Unidos. El cultivo extensivo de la caña, cultivo de rapiña, no sólo implicó la muerte del bosque sino también, a largo plazo, «la muerte de la fabulosa fertilidad de la isla». Los bosques eran entregados a las llamas y la erosión no demoraba en morder los suelos indefensos; miles de arroyos se secaron.
Actualmente, el rendimiento por hectáreas de las plantaciones azucareras de Cuba es inferior en más de tres veces al de Perú, y cuatro veces y media menor que el de Hawai. El riego y la fertilización de la tierra constituyen tareas prioritarias para la revolución cubana. Se están multiplicando las presas hidráulicas, grandes y pequeñas, mientras se canalizan los campos y se diseminan, sobre las castigadas tierras, los abonos.
La «sacarocracia» alumbró su engañosa fortuna al tiempo que sellaba la dependencia de Cuba, una factoría distinguida cuya economía quedó enferma de diabetes.
Entre quienes devastaron las tierras más fértiles por medios brutales había personajes de refinada cultura europea, que sabían reconocer un Brueghel auténtico y podían comprarlo; de sus frecuentes viajes a París traían vasijas etruscas y ánforas griegas, gobelinos franceses y biombos Ming, paisajes y retratos de los más cotizados artistas británicos.
Me sorprendió descubrir, en la cocina de una mansión de La Habana, una gigantesca caja fuerte, con combinación secreta, que una condesa usaba para guardar la vajilla.
Hasta 1959 no se construían fábricas, sino castillos de azúcar: el azúcar ponía y sacaba dictadores, proporcionaba o negaba trabajo a los obreros, decidía el ritmo de las danzas de los millones y las crisis terribles.
La ciudad de Trinidad es, hoy, un cadáver resplandeciente. A mediados del siglo XIX, había en Trinidad más de cuarenta ingenios, que producían 700 mil arrobas de azúcar. Los campesinos pobres que cultivaban tabaco habían sido desplazados por la violencia, y la zona, que había sido también ganadera, y que antes exportaba carne, comía carne traída de fuera.
Brotaron palacios coloniales, con sus portales de sombra cómplice, sus aposentos de altos techos, arañas con lluvias de cristales, alfombras persas, un silencio de terciopelo y en el aire las ondas del minué, los espejos en los salones para devolver la imagen de los caballeros de peluquín y zapatos con hebilla. Ahí está, ahora, el testimonio de los grandes esqueletos de mármol o piedra, la soberbia de los campanarios mudos, las calesas invadidas por el pasto. A Trinidad le dicen ahora «la ciudad de los tuvo», porque sus sobrevivientes blancos siempre hablan de algún antepasado que tuvo el poder y la gloria. Pero vino la crisis de 1857, cayeron los precios del azúcar y la ciudad cayó con ellos, para no levantarse nunca más.
Un siglo después, cuando los guerrilleros de la Sierra Maestra conquistaron el poder, Cuba seguía con su destino atado a la cotización del azúcar. «El pueblo que confía su subsistencia a un solo producto, se suicida», había profetizado el héroe nacional, José Martí. En 1920, con el azúcar a 22 centavos la libra, Cuba batió el récord mundial de exportaciones por habitante, superando incluso a Inglaterra, y tuvo el mayor ingreso per cápita de América Latina. Pero ese mismo año, en diciembre, el precio del azúcar cayó a cuatro centavos, y en 1921 se desató el huracán de la crisis: quebraron numerosas centrales azucareras, que fueron adquiridas por intereses norteamericanos, y todos los bancos cubanos o españoles, incluyendo el propio Banco Nacional.
Sólo sobrevivieron las sucursales de los bancos de Estados Unidos. Una economía tan dependiente y vulnerable como la de Cuba no podía escapar, posteriormente, al impacto feroz de la crisis de 1929 en Estados Unidos: el precio del azúcar llegó a bajar a mucho menos de un centavo en 1932, y en tres años las exportaciones se redujeron, en valor, a la cuarta parte. El índice de desempleo de Cuba en esos tiempos «difícilmente habrá sido igualado en ningún otro país». El desastre de 1921 había sido provocado por la caída del precio del azúcar en el mercado de los Estados Unidos, y de los Estados Unidos no demoró en llegar un crédito dé cincuenta millones de dólares: en ancas del crédito, llegó también el general Crowder; so pretexto de controlar la utilización de los fondos, Crowder gobernaría, de hecho, el país. Gracias a sus buenos oficios la dictadura de Machado llega al poder en 1924, pero la gran depresión de los años treinta se lleva por delante, paralizada Cuba por la huelga general, a este régimen de sangre y fuego.
Lo que ocurría con los precios, se repetía con el volumen de las exportaciones. Desde 1948, Cuba recuperó su cuota para cubrir la tercera parte del mercado norteamericano de azúcar, a precios inferiores a los que recibían los productores de Estados Unidos, pero más altos y más estables que los del mercado internacional. Ya con anterioridad los Estados Unidos habían desgravado las importaciones de azúcar cubana a cambio de privilegios similares concedidos al ingreso de los artículos norteamericanos en Cuba.
Todos estos favores consolidaron la dependencia. «El pueblo que compra manda, el pueblo que vende sirve; hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad; el pueblo que quiere morir vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse vende a más de uno», había dicho Martí y repitió el Che Guevara en la conferencia de la OEA, en Punta del Este, en 1961. La producción era arbitrariamente limitada por las necesidades de Washington. El nivel de 1925, unos cinco millones de toneladas, continuaba siendo el promedio de los años cincuenta: el dictador Fulgencio Batista asaltó el poder, en 1952, en ancas de la mayor zafra hasta entonces conocida, más de siete millones, con la misión de apretar las clavijas, y al año siguiente la producción, obediente a la demanda del norte, cayó a cuatro.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»
Castillos de azúcar sobre los suelos quemados de cuba
Los ingleses se habían apoderado fugazmente de la Habana en 1762. Por entonces, las pequeñas plantaciones de tabaco y la ganadería eran las bases de la economía rural de la isla; La Habana, plaza fuerte militar, mostraba un considerable desarrollo de las artesanías, contaba con una fundición importante, que fabricaba cañones, y disponía del primer astillero de América Latina para construir en gran escala buqués mercantes y navíos de guerra.
Once meses bastaron a los ocupantes británicos para introducir una cantidad de esclavos que normalmente hubiese entrado en quince años y desde esa época la economía cubana fue modelada por las necesidades extranjeras de azúcar: los esclavos producirían la codiciada mercancía con destino al mercado mundial, y su jugosa plusvalía sería desde entonces disfrutada por la oligarquía local y los intereses imperialistas.
Moreno Fraginals describe, con datos elocuentes, el auge violento del azúcar en los años siguientes a la ocupación británica. El monopolio comercial español había saltado, de hecho, en pedazos; habían quedado deshechos además los frenos al ingreso de esclavos. El ingenio absorbía todo, hombres y tierras. Los obreros del astillero y la fundición y los innumerables pequeños artesanos, cuyo aporte hubiera resultado fundamental para el desarrollo de las industrias, se marchaban a los ingenios; los pequeños campesinos que cultivaban tabaco en las vegas o frutas en las huertas, víctimas del bestial arrasamiento de las tierras por los cañaverales, se incorporaban también a la producción de azúcar. La plantación extensiva iba reduciendo la fertilidad de los suelos; se multiplicaban en los campos cubanos las torres de los ingenios y cada ingenio requería cada vez más tierras. El fuego devoraba las vegas tabacaleras y los bosques y arrasaba las pasturas.
En 1792, el tasajo, que pocos años antes era un artículo cubano de exportación, llegaba ya en grandes cantidades del extranjero, y Cuba continuaría importándolo en lo sucesivo.
Languidecían el astillero y la fundición caía verticalmente la producción de tabaco; la jornada de trabajo de los esclavos del azúcar se extendía a veinte horas. Sobre las tierras humeantes se consolidaba el poder de la «sacarocracia». A fines del siglo XVIII, euforia de la cotización internacional por las nubes, la especulación volaba: los precios de la tierra se multiplicaban por veinte en Güines; en La Habana el interés real del dinero era ocho veces más alto que el legal; en toda Cuba la tarifa de los bautismos, los entierros y las misas subía en proporción a la desatada carestía de los negros y los bueyes.
Los cronistas de otros tiempos decían que podía recorrerse Cuba, a todo lo largo, a la sombra de las palmas gigantescas y los bosques frondosos, en los que abundaban la caoba y el cedro, el ébano y los dagames. Se puede todavía admirar las maderas preciosas de Cuba en las mesas y en las ventanas de El Escorial o en las puertas del palacio real de Madrid, pero la invasión cañera hizo arder, en Cuba, con varios fuegos sucesivos, los mejores bosques vírgenes de cuantos antes cubrían su suelo.
En los mismos años en que arrasaba su propia floresta, Cuba se convertía en la principal compradora de madera de los Estados Unidos. El cultivo extensivo de la caña, cultivo de rapiña, no sólo implicó la muerte del bosque sino también, a largo plazo, «la muerte de la fabulosa fertilidad de la isla». Los bosques eran entregados a las llamas y la erosión no demoraba en morder los suelos indefensos; miles de arroyos se secaron.
Actualmente, el rendimiento por hectáreas de las plantaciones azucareras de Cuba es inferior en más de tres veces al de Perú, y cuatro veces y media menor que el de Hawai. El riego y la fertilización de la tierra constituyen tareas prioritarias para la revolución cubana. Se están multiplicando las presas hidráulicas, grandes y pequeñas, mientras se canalizan los campos y se diseminan, sobre las castigadas tierras, los abonos.
La «sacarocracia» alumbró su engañosa fortuna al tiempo que sellaba la dependencia de Cuba, una factoría distinguida cuya economía quedó enferma de diabetes.
Entre quienes devastaron las tierras más fértiles por medios brutales había personajes de refinada cultura europea, que sabían reconocer un Brueghel auténtico y podían comprarlo; de sus frecuentes viajes a París traían vasijas etruscas y ánforas griegas, gobelinos franceses y biombos Ming, paisajes y retratos de los más cotizados artistas británicos.
Me sorprendió descubrir, en la cocina de una mansión de La Habana, una gigantesca caja fuerte, con combinación secreta, que una condesa usaba para guardar la vajilla.
Hasta 1959 no se construían fábricas, sino castillos de azúcar: el azúcar ponía y sacaba dictadores, proporcionaba o negaba trabajo a los obreros, decidía el ritmo de las danzas de los millones y las crisis terribles.
La ciudad de Trinidad es, hoy, un cadáver resplandeciente. A mediados del siglo XIX, había en Trinidad más de cuarenta ingenios, que producían 700 mil arrobas de azúcar. Los campesinos pobres que cultivaban tabaco habían sido desplazados por la violencia, y la zona, que había sido también ganadera, y que antes exportaba carne, comía carne traída de fuera.
Brotaron palacios coloniales, con sus portales de sombra cómplice, sus aposentos de altos techos, arañas con lluvias de cristales, alfombras persas, un silencio de terciopelo y en el aire las ondas del minué, los espejos en los salones para devolver la imagen de los caballeros de peluquín y zapatos con hebilla. Ahí está, ahora, el testimonio de los grandes esqueletos de mármol o piedra, la soberbia de los campanarios mudos, las calesas invadidas por el pasto. A Trinidad le dicen ahora «la ciudad de los tuvo», porque sus sobrevivientes blancos siempre hablan de algún antepasado que tuvo el poder y la gloria. Pero vino la crisis de 1857, cayeron los precios del azúcar y la ciudad cayó con ellos, para no levantarse nunca más.
Un siglo después, cuando los guerrilleros de la Sierra Maestra conquistaron el poder, Cuba seguía con su destino atado a la cotización del azúcar. «El pueblo que confía su subsistencia a un solo producto, se suicida», había profetizado el héroe nacional, José Martí. En 1920, con el azúcar a 22 centavos la libra, Cuba batió el récord mundial de exportaciones por habitante, superando incluso a Inglaterra, y tuvo el mayor ingreso per cápita de América Latina. Pero ese mismo año, en diciembre, el precio del azúcar cayó a cuatro centavos, y en 1921 se desató el huracán de la crisis: quebraron numerosas centrales azucareras, que fueron adquiridas por intereses norteamericanos, y todos los bancos cubanos o españoles, incluyendo el propio Banco Nacional.
Sólo sobrevivieron las sucursales de los bancos de Estados Unidos. Una economía tan dependiente y vulnerable como la de Cuba no podía escapar, posteriormente, al impacto feroz de la crisis de 1929 en Estados Unidos: el precio del azúcar llegó a bajar a mucho menos de un centavo en 1932, y en tres años las exportaciones se redujeron, en valor, a la cuarta parte. El índice de desempleo de Cuba en esos tiempos «difícilmente habrá sido igualado en ningún otro país». El desastre de 1921 había sido provocado por la caída del precio del azúcar en el mercado de los Estados Unidos, y de los Estados Unidos no demoró en llegar un crédito dé cincuenta millones de dólares: en ancas del crédito, llegó también el general Crowder; so pretexto de controlar la utilización de los fondos, Crowder gobernaría, de hecho, el país. Gracias a sus buenos oficios la dictadura de Machado llega al poder en 1924, pero la gran depresión de los años treinta se lleva por delante, paralizada Cuba por la huelga general, a este régimen de sangre y fuego.
Lo que ocurría con los precios, se repetía con el volumen de las exportaciones. Desde 1948, Cuba recuperó su cuota para cubrir la tercera parte del mercado norteamericano de azúcar, a precios inferiores a los que recibían los productores de Estados Unidos, pero más altos y más estables que los del mercado internacional. Ya con anterioridad los Estados Unidos habían desgravado las importaciones de azúcar cubana a cambio de privilegios similares concedidos al ingreso de los artículos norteamericanos en Cuba.
Todos estos favores consolidaron la dependencia. «El pueblo que compra manda, el pueblo que vende sirve; hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad; el pueblo que quiere morir vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse vende a más de uno», había dicho Martí y repitió el Che Guevara en la conferencia de la OEA, en Punta del Este, en 1961. La producción era arbitrariamente limitada por las necesidades de Washington. El nivel de 1925, unos cinco millones de toneladas, continuaba siendo el promedio de los años cincuenta: el dictador Fulgencio Batista asaltó el poder, en 1952, en ancas de la mayor zafra hasta entonces conocida, más de siete millones, con la misión de apretar las clavijas, y al año siguiente la producción, obediente a la demanda del norte, cayó a cuatro.
Lo cuentan las voces de los que se resisten.
Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano
Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
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