lunes, 3 de febrero de 2014

El cuatro de Julio Coromoto



  “Lo cuentan las voces de los que se resisten”

Identidad y Tradición

 El cuatro de Julio Coromoto
Cuento a propósito del Año Nacional del Cuatro
Patrimonio Cultural de Venezuela 
  (Mayo 2013 - Mayo 2014) 

…Al principio de los tiempos cuando Venezuela se conocía como Agua Grande, Wanadi tocaba las maracas y le cantaba a los Dioses del cielo para que todo saliera bien, porque su mujer Imanate estaba en labores de parto, Wanadi era un hombre muy alegre y querendón, en su canto alegre y bullanguero pedía porque su primogénito fuese varón y además por su mujer, para que no sufriera daño alguno. 

Los Dioses se sentían alagados por Wanadi que hacía sonar las maracas con ritmo y melodía, por lo que decidieron bendecirlo complaciendo ambas peticiones, Wanadi agradecido le dijo a Imanate:

-“Los dioses han sido buenos con nosotros por lo tanto en su honor nuestro hijo se llamará Shi, el traerá luz a nuestro hogar y yo le enseñaré todo lo que sé”.

     Imanate también invadida por la emoción le comentó:

-“No olvides nunca enseñarle a tocar las maracas y a cantar como tú, mira que con esos dones no solo hechizas a los Dioses a mí me haces la vida placentera y llevadera”.

     Shi aprendió de su padre a cosechar, a cazar, a pescar, a comer lombrices de tierra, insectos de agua, camarones, ostras, a cocinar el báquiro, el pescado, los plátanos, la yuca y otros muchos alimentos, también aprendió los secretos shamánicos, a respetar a los muertos y sobre todo a agradecer a los Dioses a través de sus coplas improvisadas que encantaban a cualquiera y del sonido armónico de las maracas que se las había dejado su padre hechas con el fruto del totumo, árbol maravilloso del cual nuestros ancestros pudieron elaborar vasijas como platos, cucharas y pocillos entre otros, además de un brebaje para calmar el dolor de estomago.

     Las maracas confeccionadas por Wanadi eran muy especiales no solo porque provenían de ese maravilloso árbol sino porque sus taparas estaban adornadas en la parte de arriba con unas hermosas plumas rojas y blancas que simbolizaban el copete del pájaro carpintero, dentro de su interior se entremezclaban diferentes tipos de piedras preciosas como cuarzos, esmeraldas, oro, entre otras más que al rosar entre ellas gracias al movimiento rítmico de las manos generaban un sonido celestial con los que Dioses y humanos quedaban embelesados.  

Shi trasmitió sus conocimientos a su hijo Kumashi y éste a su hijo Kahunya, quien hizo lo propio con su hijo Nóno. Ya habían transcurrido muchos años y el territorio que se conocía como Agua Grande ahora es Venezuela; los nativos ya no están solos, conviven con españoles y africanos a Nóno lo habían bautizado como Julio Coromoto.

Julio Coromoto era peón de Don Fernando un español artesano-carpintero que siempre le pedía después de la faena de trabajo que lo entretuviera un rato con algunas coplas al compás de sus maracas, y Julio Coromoto siempre le contestaba:

-“Yo puede ser que cante y toque un rato, pero usted me acompaña con la guitarrilla, ya que a mí me gusta mucho como suena esa lavativa”.

El sonido de aquella guitarrilla deslumbraba tanto a Julio Coromoto que no pensaba en los Dioses de sus ancestros, solo en su mente había espacio para escuchar las notas armónicas que emitía aquel encantador instrumento. Un día, después de entretenerse un rato con Don Fernando, caminando para su casa, llevaba las maracas en su mano derecha, cuando de súbito el olor de la selva lo envolvió, al percatarse del mismo notó que las maracas que tenía en la mano derecha sonaban rítmicamente sin que él las moviera, quiso detener el sonido cuando fue sorprendido por un impetuoso aguacero que lo obligó a cobijarse debajo de una Palma de Moriche mientras llovía, esperando a que escampara Julio Coromoto se quedó dormido, en su sueño vio a Amana un espíritu mitad hombre y mitad serpiente guardián de la lluvia y de la selva, quien le dijo:

-“Has ofendido a tus ancestros por tu comportamiento y ellos me han pedido que te quite las maracas sagradas que con mucho amor hizo Wanadi”.

Julio Coromoto triste y avergonzado dijo a Amana:

-“Dile a mis ancestros que acepto el castigo por haberlos deshonrados, no soy digno de poseer las maracas sagradas de mi tatarabuelo Wanadi, pero también diles que voy hacer lo que sea para recobrar la honra que acabo de perder”.

Amana sentía el dolor con el que le hablaba Julio Coromoto. y condolido dijo:

-“Te voy a ayudar a congraciarte de nuevo con tus ancestros”.

Julio Coromoto sorprendido por la benevolencia de aquel espíritu no daba crédito a lo que escuchaba, siempre habían dicho que Amana era muy celoso con sus dominios y quien entraba en ellos nunca salía de allí, Amana sabía lo que él estaba pensando entonces le dijo:

-“No temas Julio Coromoto voy a ayudarte no a recuperar las maracas sagradas, sino más bien a crear un instrumento parecido a la guitarrilla de Don Fernando, ya que a mí también me gusta cómo suena esa lavativa”.  

Ahora ya más tranquilo Julio Coromoto y entusiasmado por lo que había escuchado preguntó:

-“¿Cómo vamos a construir ese instrumento, su madera es especial y las cuerdas de donde las saco?”.

Amana algo enérgico le respondió:

-“Soy el guardián de todo lo que ves, la lluvia, los ríos, la selva, todo, todo está bajo mis dominios, por lo tanto lo que yo ponga en tu manos servirá para el fin perseguido porque contará con mi bendición”.

Julio Coromoto escuchaba atentamente mientras Amana seguía hablando:

-“El instrumento que harás será más pequeño porque quiero que esté al alcance de todos, tendrá cuatro cuerdas que honraran a tus ancestros, tu padre, tu abuelo, tu bisabuelo y tu tatarabuelo, para que ellos se sientan alagados acompañaras al instrumento con maracas, después que aprendas a tocarlo, enseñaras a otros, a niños y a viejos, luego emigraras a otras tierras para enseñar otros y así estarás por el resto de tus días emigrando de pueblo en pueblo enseñando a todos hasta cubrir a toda Venezuela”. 

Julio Coromoto no estaba asustado ante semejante compromiso, muy por el contrario la emoción lo embargaba, solo que no comprendía porque toda Venezuela, si apenas él conocía el terreno que pisaba, por lo que preguntó:

-“¿Porqué caminar tanto, yo solo conozco aquí donde vivo?”.

Amana le contestó:

-“Porque quiero que los Dioses oigan en todas partes el sonido armónico que generará ese instrumento y así como yo soy el guardián de todo lo que ves, tú serás el guardián de ese instrumento y el creador de la música que de él emane”.

      Julio Coromoto no comprendió aquello que le habían dicho y dudando preguntó:

-“¿Guardián yo y para qué?”.

      El espíritu de la selva con tono taimado le respondió:

-“El instrumento y las maracas generaran un sonido celestial que unido al canto alegre y bullanguero mantendrán a los Dioses y a los humanos despiertos y entusiasmados, tal situación hará que los espíritus malignos de la noche se pongan celosos y trataran de molestar y atacar a aquellos que con su música y sus canto logren divertir a los Dioses, los hombres se defenderán pero si no cuentan con el apoyo tuyo todo será en vano, por eso debes ser el guardián”. 

       Julio Coromoto despertó y ya no llovía, levantó su mano derecha para comprobar que tuvo un sueño, pero en ella no estaban las maracas, sujetaba dos hojas de la Palma de Moriche. Inmediatamente y sin pensarlo comenzó a arrancar hojas de la palma y a entrecruzarlas no paraba de trabajar, hacía y deshacía el trabajo, varios días duró en eso, no fue a su casa solo comía del Moriche sus frutos y sus gusanos, tomaba agua del río y se bañaba con la lluvia, dormía a ratos, hasta que al fin comenzó a darle forma al instrumento, se parecía a la guitarrilla de Don Fernando pero era más pequeña, le colocó cuatro cuerdas hechas con las hojas de la Palma de Moriche entrelazando una a una y adelgazándolas con conchas de caracoles del río, cada cuerda le recordaba a sus ancestros por lo que las adelgazó con singular dedicación una por una, y entre oraciones, cantos y faena culminó el instrumento no tenía buen sonido pero servía de muestra para llevárselo a Don Fernando para construirlo en madera. 

      Don Fernando creía que lo que traía Julio Coromoto en las manos era una cesta particular que se la iba a regalar o a vender, pero cuando éste le contó de las intenciones que tenía Don Fernando le respondió:

-“Caramba chico, no sé si te pueda ayudar, yo trabajo la madera y con ella he hecho muchas cosas, muebles, figuras, juguetes, en fin de todo, pero nunca un instrumento musical”.

       Julio Coromoto le salió al paso rápidamente: 

-“Vamos Don Fernando anímese a ayudarme y creemos juntos el instrumento, ya yo tengo la forma usted colóquele el nombre”.

Don Fernando muy motivado y con los ojos brillosos por la emoción dijo: 

-“Bueno chico la verdad es que me entusiasma la idea de formar parte de la creación de un nuevo instrumento musical”.

Los dos hombres trabajaron juntos por muchos días, probaron varios tipos de madera, lijaron, relijaron, pintaron, pulieron, en fin hicieron de todo hasta lograr obtener lo deseado “El Instrumento”, ahora faltaban las cuerdas, Julio Coromoto las estaba preparando con la fibra vegetal de la Palma de Moriche, pero el sonido no era bueno, Don Fernando le comentó lo siguiente:

-“Recuerdo chico que mi abuelo allá en España para tocar su vihuela hacia las cuerdas con tripas de toro y de oveja, primero las disecaba y luego las ponía a templar al sol y esas si sonaban sabrosas”.

Ambos rieron un rato, hasta cuando comenzaron a trabajar con las tripas de un toro que habían sacrificado recientemente, Don Fernando elaboraba cinco cuerdas pero Julio Coromoto le dijo:

-“No, Don Fernando cinco no, son cuatro, acuérdese que cuatro son mis ancestros Wanadi, Shi, Kumashi y Kahunya, cuatro los elementos naturales Aire, Fuego, Agua y Tierra, las cuatro potencias humanas Género, Afecto, Erotismo y Reproducción y además los cuatro puntos cardinales Norte, Sur, Este y Oeste, lo que no sé, es que nombre le vamos a poner”.

Don Fernando lo vio de arriba abajo y le dijo:

-“Pero bueno chico no te das cuenta se llamara CUATRO”.

A partir de ese momento el cuatro comenzó a sonar sin parar metiéndose en el alma del pueblo, nativos, esclavos y algunos españoles como Don Fernando, no cesaban de oír su ritmo cadencioso. Julio Coromoto cumplió la penitencia que le correspondía en su tierra nativa, por lo que tomó su cuatro, sus maracas y con sus coplas se marchó a otro pueblo, luego a otro y a otro hasta recorrer todo el país; ya anciano y sin percatarse por donde andaba, de tanto desandar caminos, Julio Coromoto había llegado a su pueblo natal, habían transcurrido muchos muchos años, todo había cambiado, él, no conocía a nadie y nadie lo conocía a él, pero eso si al escuchar el repicar del cuatro todos salían a acompañar al mismo, algunos llevaban guaruras, otros pitos, tambores, maracas, unos palmeaban otros zapateaban, pero todos se unían al esparcimiento que éste noble instrumento generaba.

Con el tiempo Julio Coromoto desapareció, nadie supo de él, de su alegría infinita, de su copla recia y altanera, de sus maracas ni de su cuatro; algunos se atrevían a comentar que en los parrandos a pesar de no verlo sentían su presencia y se inspiraban a convertirse en el alma de las fiestas, que tocaban el cuatro con espectacular emoción y que nunca le faltaba una copla a flor de labio, que estaban dispuestos a cantar con quien sea hasta con el mismo diablo si es necesario porque sentían a Julio Coromoto diciéndoles en el oído:

-“Dale, dale recio que aquí estoy yo…” 

Por: Rómulo E. Pérez F.

“Por una conciencia Socialista, dejémonos de guardar silencio”



jueves, 2 de enero de 2014

LOS TEMIBLES HOMBRES SAPOS DE “EL RIO NEGRO”



  “Lo cuentan las voces de los que se resisten”

Identidad y Tradición
LOS TEMIBLES HOMBRES SAPOS DE “EL RIO NEGRO”

            En el Estado Amazonas tenemos un recurso natural extraordinario llamado “El Rio Negro”, su nombre se debe al color oscuro de sus aguas, éste gran río amazónico es el más caudaloso del río Amazonas, y es también el mayor río de aguas negras del mundo.

A las márgenes del rio viven actualmente los Baniva; éste es un pueblo de filiación Arawak; algunos dicen que son descendientes de los antiguos Baré; y cerca muy cerca está el macizo montañoso “La Neblina”, su nombre es debido a que buena parte del año está cubierto de nubes; éste húmedo bosque es uno de los más antiguos del planeta, en él se encierran muchos mitos y leyendas, nuestros ancestros y algunos actualmente lo llamaban o llaman “Morada de los Dioses”. En sus entrañas se han encontrado algunas tallas antiguas, las mismas son una especie de remos llamados también canaletes aparo, elaborados en madera de Itauba o árbol de piedra, motivo por el cual han logrado resistir las inclemencias del tiempo y del ambiente, factores que unidos, han borrado con el paso del tiempo todo rastro que pueda servir para el registro histórico de nuestras culturas o civilizaciones ancestrales.
           
            La Amazonía venezolana ha estado siempre protegida por deidades que a juicio de nuestros ancestros son los creadores de todas las cosas, como la gente, los animales, el ambiente, las costumbres entre otras más; y gracias a esta oralidad algunos mitos hoy subsisten; el macizo montañoso “La Neblina” no está exento de ellos por algo es  bien llamado “Morada de los Dioses”, y desde éste indómito paraje se teje el relato que traigo a continuación.
        
            …Los antiguos Baré creían en Túpana como el Dios supremo, también creían que él había descendido del mundo celeste, para sacar a los hombres de las entrañas de la tierra y como estos eran muy pequeños para sobrevivir en la selva tomó una hoja de tabaco la enrolló y los sopló a todos por lo que estos crecieron y aprendieron a adaptarse al medio ambiente que los rodeaba.
           
            Túpana anhelaba que todos los hombres vivieran en sana paz y en armonía. Al principio todo fue así, por lo que llegó a fusionar lo humano con lo divino, dándoles a algunos, poderes semidivinos para crear espesas nieblas cargadas de humedad y mucho frio, como también una habilidad extraordinaria para la navegación; a estos seres los llamó “Aparo”.

Los Aparo amparados en su habilidad sobrenatural comenzaron a ambicionar más poder del que tenían, por lo que ocultos en la neblina que ellos mismo producían y navegando silenciosamente sin ser notados atacaban a otros hombres para posesionarse de las tierras.

Túpana, al percatarse de lo que estaba sucediendo pensó que todo era producto del desequilibrio, ya que para ese momento todos los seres vivos eran asexuados, por lo que permitió que su hija la Diosa Yopinai le ayudara a conseguir el equilibrio que él deseaba, ella seleccionó a los seres más sabios y los convirtió en mujeres creando así la diferencia de género, y estas a su vez, al unirse a los hombres aprendieron a dominarlos formando sociedades y dándole vida a una nueva especie.

Los Aparo contrariados y molestos por la decisión de Túpana raptaron a la Diosa Yopinai y la escondieron en el cerro “La Neblina”, y para que nadie encontrara el cerro, lo cubrieron completamente con densas nubes, de manera tal que no pudiera ser visto por el ojo humano, solamente reptiles anfibios y algunas aves visitaban y acompañaban a la Diosa Yopinai, quien les contó de su desgracia, y estos a su vez advirtieron al Dios Túpana del paradero de su hija, quien al rescatarla demostró su enojo provocando un gran diluvio cargado de violentos truenos, su rabia era tanta que decidió castigar a los Aparo, convirtiéndolos nuevamente en seres diminutos de largos brazos y enormes cabelleras y enviándolos otra vez a las entrañas de la tierra.

Yamadu demonio de las entrañas de la tierra y de la montaña, valiéndose de la ocasión, convenció a los Aparo a que se convirtieran en sus ayudantes, estos, cegados por la ambición de recuperar sus poderes aceptaron, y se convirtieron en “Mawali” espíritus malignos mitad hombre y mitad sapo, permaneciendo en el fondo de los caños y en lagunas apartadas de toda sociedad humana, saliendo de los mismos en determinadas épocas del año junto a una densa y fría neblina, navegando en pequeñas y rápidas curiaras de aproximadamente de 30 cm de largo y propulsándose con sus remos los cuales les servían también de lanzas con la que se defendían o atacaban aguerridamente.

Los antiguos Baré temían mucho a los Aparo, ya que estos espíritus malignos eran muy sanguinarios con todos aquellos que se atrevían a navegar las oscuras y turbulentas aguas del Río Negro; especialmente en época de invierno estos Mawali acechaban en las orillas de los caños ocultos en bultos de hojas, allí aguardaban pacientemente hasta que las curiaras de los Baré se acercaban lo suficiente para embestirlos con sus diminutas naves. El ambiente primero se rodeaba de una risa burlona que emitían los hombres-sapos, con la que lograban infundir miedo, luego realizaban un ataque tan violento que lograban voltear las curiaras hundiendo sus pertrechos y herramientas hasta el fondo del río e hiriendo gravemente con sus canaletes a los que no lograban salir a tiempo del agua.

Los canaletes de estos diminutos seres cumplían doble función, eran lanzas por un extremo, con la que atacaban ferozmente a su victimas y remos por el otro con los que una vez culminado el ataque y recuperado el botín del fondo del río se desplazaban velozmente para alejarse del sitio. Antes, durante y después del ataque de estas malignas criaturas, la risa burlona no cesaba de escucharse, por los que los antiguos nativos lastimados, aturdidos y asustados decían que en la distancia la risa se convertía en truenos y el botín en relámpagos.

A pesar del miedo que esta antigua etnia tenía a los terribles hombres-sapos, aprendieron a confrontarlos, mascando la hoja del tabaco para ahuyentarlos (Como en el principio de la creación lo hizo el Dios Túpana) y adentrándose en el río para pelear por sus alimentos.       

Hoy en día los Baniva, se aventuran a buscar sus alimentos en el río como lo hicieron sus antepasados, cuidándose también de los terribles guerreros Aparo, y creyendo además que estos pequeños sapos son capaces de  transformarse en hombres de muy escasa estatura, portadores de la lluvia, el trueno, los relámpagos, el viento y la neblina. Por lo que siempre sugieren que cuando alguien navegue las oscuras aguas de “El Río Negro” esté muy atento a todo, de los más mínimos movimientos que se dan en la espesura, del clima, de las hojas en el río y de las risas que se sienten en el ambiente; aconsejándoles a que se retiren inmediatamente del lugar, ya que si de casualidad son los temibles hombres-sapos es porque se encuentran muy cerca y en cualquier momento atacan…

Por: Rómulo E. Pérez F.
@rmulo_e



“Por una conciencia Socialista, dejémonos de guardar silencio”

sábado, 28 de diciembre de 2013

Los Reyes Magos en estos tiempos



“Lo cuentan las voces de los que se resisten”

DE TODO UN POCO
 
Los cuentos navideños de Alberto Morán

(Los Reyes Magos en estos tiempos y el Espíritu de la Navidad).

Los Reyes Magos en estos tiempos

                Los Tres Reyes Magos entraron en una discusión estéril. Melchor quería ir a buscar al Niño Jesús en los camellos, porque las calles estaban llenas de baches y no quería exponer su camioneta último modelo a los embates de tantos huecos, pero Gaspar y Baltazar dijeron tajantes que con semejante calor ellos no se movían de no ser en aire acondicionado. Además, en estos tiempos modernos contaban con la ventaja de que ya no tenían que guiarse por la estrella, sino por los “ojos de gato” de la avenida. No había pérdida. En el sector era la única vía con delineadores reflectivos y donde se terminaban debía estar la casa con el grupo de gente que no paraba de echarse “palos” desde el Nacimiento.

                Melchor refunfuñando no tuvo más remedio que aceptar, se caló su gorra de pelotero hasta las cejas con la visera levantada y cogió la tablet que acababa de comprar. Gaspar tomó un Ipod de última generación e introdujeron los costosos aparatos en el bolso de los regalos. Baltazar se los quedó mirando y les dijo:

                -Pero es que él está muy chiquito pa’eso todavía.

                -Ajá ¿y no va a crecer?, vos lo que sois es tremendo pichirre, muchacho –dijo Melchor-. Yo quedé limpio ¡pero ese es el Rey de los Judíos!…

                -No chico, qué pichirre, yo le llevo una maraca que tiene luces, colores y todo, eso lo entretiene más así como está de chiquito.

                -¡Que molleja ‘e caballo! Estáis bonito pues, no te saquéis ese alacrán del bolsillo… –dijo Gaspar-. Yo  creía que le ibas a llevar un Iphone.

                -Un regalo es un regalo, ahora a mi me parece que ustedes lo que quieren es echar la “jalaíta de mecate”. ¿Qué puede hacer un recién nacido con una tablet y un Ipod? Ya cuando los venga a usar están obsoletos– se defendió Baltazar.

                -Suponé que no sirvan, hermano, pero ese es el “Papá de los Helados”, ¿qué vas a hacer? -dijo Melchor.

                Los Reyes, en medio de la discusión, tomaron una bolsa con dos pollos, dos kilos de leche completa, tres paquetes de harina precocida, tres de arroz, dos de caraotas, dos de azúcar, uno de café, uno de fororo, cuatro latas de sardina y abordaron la camioneta y se marcharon. Al llegar a la vía indicada continuaron guiados por los “ojos de gato” que dividían la calle en dos canales. Le dieron derecho y en el próximo semáforo cruzaron a la izquierda.

                -¡Cuidado!, que por aquí pasan los carros esmollejaos – advirtió Baltazar ocupando el cojín trasero cuando se aproximaban a una esquina peligrosa.

                Melchor recogió y cuando aceleró de nuevo cayó en un hueco y la camioneta se estremeció.

                -¡Se fijan! Lo primero que les dije.

                -Dale muchacho, vos si te quejáis, ¡que molleja! –dijo Gaspar.

                -No, no, no; no es que me quejo, sino que si se rompe ustedes no me van a dar los cobres de componela –protestó Melchor-. Y como son tan baratos los repuestos de esta bicha.

                -Bueno, eso te pasa por estar comprando carro de ricos -le advirtió Gaspar.

                -Estas calles ninguna sirve, pareciera que les hubiesen caídos esos aviones Drone que lanzan los gringos y siempre caen donde no es matando un poco de inocentes– intervino Baltazar.

                Los Tres Reyes Magos siguieron y al terminar los “ojos de gato”, justo al frente de una casa de porche y patio amplio que tenía un carro en el garaje, aparcaron a la derecha. Bajaron de la lujosa unidad y se pararon en el portón. Observaron que estaba abierto.

                ¿Pasamos? –preguntó Melchor.

                -No yo no paso si no veo a nadie, como están las cosas ahorita son capaces de que nos pegan un tiro –dijo Gaspar.

                -No yo tampoco paso – expresó Baltazar.

                -Yo sí, esto es aquí, no hay pele –se resteó Melchor.

                -Me extraña que no haya nadie, a nosotros nos dijeron que había una “palazón” del otro mundo -comentó Gaspar.

                -No, pero si se han echado el “palo” parejo–dedujo Baltazar-. Fíjense en el pocotón de botellas echas cadáveres.

                Melchor entró y al observar la sala de la residencia desde la ventana vio la cama cuna vacía. Continuó cauteloso, se asomó en la cocina y vio un plato con hallacas encima del microondas, y en el juego de comedor un pedazo de panetón y una botella familiar de refresco a la mitad; un gato que se comía una porción de majarete con dulce de lechosa al tiempo que le metía la lengua a una taza de sopa de gallina, al percatarse del Rey asomado por la ventana, pegó un brinco y se perdió en el interior de la vivienda.

                Melchor siguió por el patio. Llegó a la parte posterior de la casa y encontró a  un hombre sin camisa y de jeans con unas botas de plástico a las rodillas, que estaba de guantes entretenido con un machete quitándole la concha a unos cocos y descuartizando dos hicoteas, para hacer un arroz de maíz encima de un mesón de concreto revestido de mármol. Viendo el tobogán y unos aparatos de hacer gimnasia alrededor de la piscina, hablo con el señor y regresó de inmediato.

                -Perdimos el viaje – gritó caminando hacia el portón.

                -Y tantas ganas que tenía yo de echarme un “palo” de whisky -se lamentó Gaspar.

                -¿Y yo? Tengo la jeta como si me hubiesen dado un cotizazo – señaló Baltazar.

                Bien temprano, al Niño Jesús le cambiaron el pañal, le pusieron un cocoliso y se lo llevaron al pediatra para que le cambiara la leche; a cada rato vomitaba el tetero. Y cómo el carro dañó el sistema de inyección y la computadora, la familia entera se marchó en taxis. Todos están atentos al bebé, es el consentido, la “cocha pechocha” de la casa.

El Espíritu de la Navidad

                La noche del 24 avanzaba, se acercaba la hora de la cena. En la calle estallaban los fuegos de artificios en luces multicolores y ensordecedores explosiones. Se escuchaba al mismo tiempo la mezcolanza de diferentes canciones sonando a todo volumen y la algarabía propia de la gente sobria y ebria celebrando la víspera del Nacimiento de Jesús. Sólo faltaban los muchachos que decidieron irse a dormir temprano, convencidos de que así el Niño Dios llegaría más rápido. El Espíritu de la Navidad vestía impecable, de punta en blanco, sin embargo, se veía a leguas que no estrenaba; el cuello de la camisa por dentro y los ruedos de sus pantalones se comenzaban a deshilachar por el tiempo y el lavado; sus zapatos lustrosos parecían cubiertos por una placa de vidrio debido al pulimiento del betún, y los tacones de un lado habían perdido la goma protectora de tanto trajín. El Espíritu de la Navidad estaba con la mirada fija en la mesa repleta de hallacas, pan de jamón, pernil, gallina rellena, pollo y pavo ahumado, queso blanco y amarillo, quesillo, manjar, majarete, huevos chimbos, dulce de lechosa, de limonsón, uvas, vino, ponche crema, whisky y unas latas de cerveza. Creo que ni siquiera escuchaba el estruendo de los “Matasuegra”, los “Súper King kong” y los “Bin Laden”. Tenía una expresión tan confusa en sus labios que a veces parecía una ligera sonrisa de felicidad y otras el reflejo de una amargura llameante que le achicharraba pavorosamente la alegría del alma. Había momentos en que tragaba grueso, algo comprensible tomando en cuenta la saliva fina debajo de la lengua ante la suculenta y extravagante comida navideña. Las horas transcurrían y el Espíritu de la Navidad seguía imperturbable, estático, embebido en una soporosa abstracción, cuando observó a su esposa con la boca llena, hablándole al hijo que tomó antes de tiempo el camión a control remoto que le pidió en una emotiva carta al Niño Jesús. El Espíritu de la Navidad los veía sonrientes, envuelto en una niebla sutil y luciendo cabellos verdes adornados con guirnaldas y lucecitas intermitentes. En ese momento alguien lo tropezó y volviendo de su largo enajenamiento con la cartera sin plata en la mano, observó la hora y viendo que se le había hecho tarde y no tenía dinero con que comprar nada, se marchó de la tienda corriendo a su casa sin cena y sin el regalo del hijo, para terminar de pasar la NOCHEBUENA en familia.

 albemor60@hotmail.com
@AlberMoran
 
“Por una conciencia Socialista, dejémonos de guardar silencio”