domingo, 15 de noviembre de 2009

EL ROUSSEAU TROPICAL “V”

…CONTINUACIÓN

SIMON RODRIGUEZ EL ROUSSEAU TROPICAL “V”

EMILIO O LA EDUCACION

J U A N J A C O B O R O U S S E A U
Ediciones elaleph.com

Editado por elaleph.com
Traducido por Ricardo Viñas 2000 – Copyright www.elaleph.com
Todos los Derechos Reservados



EMILIO
LIBRO PRIMERO


Por la misma razón, no sentiré que Emilio sea de ilustre cuna, que siempre será una víctima sacada de las garras de la preocupación.

Emilio es huérfano. Nada importa que vivan su padre y su madre; encargado yo de todas sus obligaciones, adquiero sus derechos todos. Debe honrar a sus padres, pero sólo a mí debe obedecer; esta es mi primera, o más bien, mi única condición.

Tengo que añadir esta otra, que no es más que una consecuencia forzosa de la anterior; y es que no nos privarán a uno de otro sin nuestro consentimiento.
Esta es cláusula esencial; y aún quisiera yo que de tal modo se tuvieran por inseparables el alumno y el ayo, que siempre el destino de su vida fuera objeto común entre ellos. Así que contemplan, aunque remota, su separación; así que prevén el instante en que han de ser los dos extraños uno para otro, ya lo son, en efecto; cada uno forma su sistema aparte y pensando ambos en la época en que ya no se hallarán juntos, permanecen unidos a disgusto.

Mira el discípulo al maestro como el azote de la niñez; el maestro no considera en el discípulo más que una carga pesada, y sólo ansía verse libre de ella; así de consuno aspiran a librarse uno de otro; y como nunca hay entre ellos verdadero cariño, el uno tendrá poca vigilancia y menos docilidad el otro.

Pero si se miran como obligados a pasar juntos la vida, les importa hacerse amar uno de otro, y por lo mismo se aman en efecto. No se avergüenza el alumno de seguir en su niñez al amigo que ha de tener cuando sea hombre, y el ayo se interesa en los afanes cuyos frutos ha de recoger, siendo todo el mérito que da a su alumno un fondo que pone a interés para su ancianidad.

Este tratado, hecho de antemano, supone un parto feliz, y un niño bien conformado, robusto, y sano. Un padre no puede escoger, ni debe tener preferencias en la familia que le da Dios; todos sus hijos son igualmente suyos; a todos debe la misma solicitud, el mismo cariño. Sean o no defectuosos, sean enfermos o robustos, cada uno de ellos es un depósito, de que debe dar cuenta a la mano de que lo recibió; y el matrimonio es un contrato que se celebra con la naturaleza no menos que entre los cónyuges.

Pero aquel que se impone una obligación a que no le ha sujetado la naturaleza, primero ha de cerciorarse de los medios de desempeñarla; de otro modo, se hace culpable hasta de lo que no pueda lograr. El que se encarga de un alumno endeble y enfermizo, cambia su cargo de ayo por el de enfermero; malgasta en cuidar de una vida inútil el tiempo que había destinado para aumentar su valor, y se expone a ver a una madre desconsolada, echarle en cara un día la muerte de su hijo, cuya existencia, sin embargo, quizás dilató el maestro.

No me encargaría yo de un niño enfermizo y achacoso aunque hubiese de vivir ochenta años; que no quiero un alumno siempre inútil para si y para los demás ocupado únicamente en conservarse, y cuyo cuerpo perjudique a la educación del alma. ¿Qué he de hacer yo consagrándole en balde todos mis afanes, si no es doblar la pérdida de la sociedad, y privarla de dos hombres en vez de uno? Encárguese otro, en lugar mío, de este enfermo; consiento en ello y apruebo su caridad, pero ese no es mi talento; yo no sé, de modo alguno, enseñar a vivir a quien sólo piensa en librarse de la muerte.

Es necesario que para obedecer al alma sea vigoroso el cuerpo; un buen sirviente ha de ser robusto. Bien sé que la intemperancia excita las pasiones y al fin extenúa el cuerpo; muchas veces las mortificaciones y los ayunos producen el mismo efecto por una razón contraria. Cuanto más débil es el cuerpo, más ordena; cuanto más fuerte, más obedece. En cuerpos afeminados moran todas las pasiones sensuales; y tanto más se irritan aquéllos, cuanto menos pueden satisfacerlas.

Un cuerpo débil debilita el alma. De aquí proviene el imperio de la medicina, arte más perjudicial a los hombres que todas las dolencias que pretende sanar. Yo por mí no se cuál es la enfermedad que curan los médicos; pero sé que nos las acarrean funestísimas: la cobardía, la pusilanimidad, la credulidad, el miedo de la muerte; si sanan el cuerpo, matan el ánimo. ¿Qué nos importa que hagan andar cadáveres? Hombres son los que necesitamos, y no vemos que salga ninguno de sus manos.

La medicina está de moda en nuestro país, y tiene que ser así: es la diversión de personas ociosas y desocupadas, que no sabiendo en qué gastar el tiempo, lo emplean en conservarse. Si por desdicha suya hubieran nacido inmortales, serían los más desventurados de los seres; y una vida que nunca temieran perder, no tendría para ellos valor alguno. Esta gente necesita médicos que los amenacen para adularlos, y que cada día les den el único gusto que son capaces de apreciar: el de no estar muertos.

No es mi ánimo extenderme aquí sobre la vanidad de la medicina: mi objeto es considerarla sólo por su aspecto moral. No obstante, no puedo menos de observar que acerca de su uso hacen los hombres los mismos sofismas que acerca de la investigación de la verdad. Siempre suponen que el que visitar a un enfermo le cura, y que el que busca una verdad la encuentra; y no ven que se ha de contrapesar la utilidad de una cura que hace el médico, con la muerte de cien enfermos que mata; y las ventajas del descubrimiento de una verdad, con el daño que hacen los errores que pasan al mismo tiempo. La ciencia que instruye y la medicina que sana, buenas son, sin duda; pero funestísimas la ciencia que engaña y la medicina que mata. Enséñennos a distinguirlas; esa es la dificultad. Si supiéramos ignorar la verdad, nunca nos seduciría la mentira; si supiéramos no querernos curar a despecho de la naturaleza, nunca moriríamos a manos del médico; ambas abstinencias serían puestas en razón y evidentemente ganaríamos sujetándonos a ellas. Yo no niego que la medicina sea útil a algunos hombres, pero sí afirmo que es perjudicial al linaje humano.

Me dirán, como se dice siempre, que los yerros pertenecen al médico, pero que en si misma, la medicina es infalible. Enhorabuena; venga pues ella sin el médico; porque mientras vengan juntos, cien veces más riesgo habrá en los errores del artista, que esperanza de socorro en el arte.

Este arte falaz, más adaptable a los males del ánimo que a los del cuerpo, no es más útil para los unos que para los otros; no tanto nos sana de nuestras dolencias, cuanto nos infunde terror de ellas; no tanto aleja la muerte, cuanto hace que anticipadamente la sintamos; gasta la vida en vez de prolongarla; y aun cuando la prolongase, todavía sería en detrimento de la especie, puesto que nos desprende de la sociedad por los afanes que nos impone, y de nuestras obligaciones por los sustos que nos causa. El conocimiento de los riesgos es lo que nos los hace temibles; quien se creyera invulnerable, de nada tendría miedo a fuerza de armar contra el peligro a Aquiles, le quita el poeta el mérito del valor; cualquiera, en su lugar, habría sido Aquiles.

¿Queréis hallar hombres de verdadero valor? Buscadlos en los países donde no hay médicos, donde se ignoran las consecuencias de las enfermedades
y donde se piensa poco en la muerte. El hombre naturalmente sabe padecer con constancia y muere en paz. Los médicos con sus recetas, los filósofos con sus preceptos, los sacerdotes con sus exhortaciones, son los que acobardan su ánimo y hacen que no sepa morir.

Denme, pues, un alumno que no necesite de todas estas gentes, o no le acepto. No quiero que otros echen a perder mis afanes; deseo educarlo yo solo o no comprometerme a ello. El sabio Locke, que pasó parte de su vida estudiando la medicina, recomienda con eficacia que no se den remedios a los niños, ni por precaución, ni por incomodidades ligeras. Yo iré más adelante; y declaro que no llamando nunca al médico para mí, tampoco le llamaré para mi Emilio, a menos que se halle su vida en peligro inminente, porque entonces no le puede hacer otro daño que matarle.

Bien sé yo que el médico sacará partido de esta tardanza: si muere el niño, será porque le han llamado muy tarde; si se restablece él será quien le haya salvado. Corriente; alábese el médico; pero, sobre todo, no le llamemos hasta el último extremo.

No sabiendo curarse, ha de saber el niño estar malo arte que suple al otro surte muchas veces mejor efecto; arte de la naturaleza. Cuando está malo el animal, padece sin quejarse y se está quieto; no se ven otros animales achacosos que los hombres. ¡A cuantas gentes, que hubieran resistido la enfermedad y sanado el tiempo sólo, ha quitado la vida la impaciencia, el miedo, la zozobra y más que todo os remedios! Se me dirá que como viven los animales de un modo más conforme a la naturaleza, deben estar menos sujetos que nosotros a dolencias. Enhorabuena; ese modo de vivir es el que yo quiero prescribir a mi alumno; y debe sacar de él las mismas ventajas.

La higiene es la única parte útil de la medicina, y aun la higiene menos es ciencia que virtud. Los dos médicos eficaces del hombre, son la templanza y el trabajo; éste aguza el apetito y aquella le impide los abusos.

Para saber cuál es el régimen que más conviene a la vida y a la salud, basta con saber cuál es el que siguen los pueblos que están más sanos, son más robustos y viven más tiempo. Las observaciones generales nos hacen ver que el ejercicio de la medicina no procura a los hombres salud más fuerte y vida más dilatada: por lo mismo podemos deducir que no es útil este arte, sino perjudicial, puesto que emplea el tiempo, los hombres y las cosas sin ningún provecho. No solamente es perdido el tiempo que se gasta en conservar la vida para el uso de ella, y es necesario deducirle del útil, que cuando este tiempo se gasta en atormentarnos, es menos que nulo, es negativo; y para calcular equitativamente, se ha de restar éste del tiempo total de vida. Más vive para sí mismo y para los demás el que vive diez años sin médico, que el que ha vivido treinta víctima suya. Habiendo hecho ambas pruebas, me creo con más derecho que nadie para sacar esta consecuencia.

He aquí la razones por las que deseo que mi alumno sea robusto y sano, y los principios para que se mantenga tal. No me pararé a probar extensamente la utilidad de los trabajos manuales y los ejercicios corporales para fortalecer la salud y el temperamento; este punto nadie le disputa; los ejemplos de longevidad los ofrecen casi todos los hombres que más ejercicio han hecho, y que más fatigas y afanes han sufrido. Tampoco me extenderé a detallar la atención que me merecerá esta materia sola; el lector verá que es tan indispensable en mi práctica, que basta penetrar el espíritu de ella para que no sean necesarias otras explicaciones.

Empiezan las necesidades al mismo tiempo que la vida. El recién nacido necesita una nodriza. Bien está; si se presta la madre a cumplir con esta obligación, se le darán por escrito sus instrucciones, utilidad que tiene el inconveniente de dejar al ayo más distante de su alumno. Es de creer, sin embargo, que el interés de la criatura y la estimación de aquel a quien quieren fiar tan precioso depósito, harán que la madre sea dócil a los consejos del maestro; y de seguro que cuanto quiera hacer, lo hará mejor que otra ninguna. Si necesitamos de una nodriza extraña, empecemos escogiéndola bien.

Una de las muchas desgracias de las personas ricas, es que en todo las engañan. ¿Por qué nos admiramos si forman tan errados juicios de los hombres?
La riqueza es la que las corrompe, y en justo castigo son las primeras que reconocen el defecto del único instrumento que saben manejar. En sus casas todo va mal hecho, menos lo que ellas propias hacen; y casi nunca hacen nada. Si se trata de buscar una nodriza, hacen que se la busque el médico. ¿Y qué resulta? Que la mejor es la que más le ha pagado. No consultaré yo a un médico para la de Emilio; tendré buen cuidado de escogerla por mí propio. Sobre este punto no disertaré acaso con tanta erudición como un cirujano; pero ciertamente caminaré con más buena fe, y menos me engañará mi buen celo que su avaricia.

No tiene mucho que averiguar esta elección; sabidas son las reglas; pero creo que debería ponerse alguna mayor atención en el tiempo de la leche, como se hace acerca de la calidad de ella. La leche nueva es toda serosa, y debe ser casi aperitiva para purgarlas reliquias del alhorre que queda espesado en los intestinos del recién nacido. Poco a poco toma la leche consistencia y ofrece un alimento más sólido al niño, ya más fuerte para digerirla. Ciertamente que no sin objeto hace variar la naturaleza en las hembras de todas especies la consistencia de la leche según la edad del recién nacido.

Necesitaría, por tanto, un niño recién nacido, una nodriza recién parida. Bien sé que esto ofrece inconvenientes; pero así que salimos del orden natural, todo tiene sus dificultades para obrar bien. La única salida cómoda es obrar mal; por eso ésta es la que se escoge.

Seria necesario hallar una nodriza tan sana de corazón como de cuerpo; la destemplanza de las pasiones puede alterar su leche tanto como la de los humores; además de que atenerse meramente a lo físico es no ver más que la mitad del objeto. Puede ser buena la leche y mala la nodriza, que un buen carácter es tan esencial como un buen temperamento. Si se escoge una mujer viciosa, no digo que contraerá sus vicios el hijo de leche, digo si, que se resentirá de ellos. ¿No le debe, además de la leche, solicitudes que exige celo, paciencia, blandura y limpieza? Si es glotona y destemplada, en breve se estragará su leche; si es descuidada y colérica ¿cómo dejaremos a merced de ella a un pobre desventurado que no puede defenderse ni quejarse? Nunca, en ningún asunto, pueden ser buenos los malos para cosa buena.

Tanto más importa la acertada elección de la nodriza, cuanto que no debe tener su hijo de leche otra ama que ella, como no ha de tener otro preceptor que su ayo. Este era el uso de los antiguos, menos argumentadores y más sabios que nosotros.

Cuando habían dado el pecho a criaturas de su sexo, nunca las desamparaban, y por eso en sus piezas teatrales son nodrizas la mayor parte de las confidentes. Imposible es que un niño, que sucesivamente pasa por tantas manos distintas, salga bien educado. A cada variación hace secretas comparaciones que siempre paran en disminuir su estimación a los que le dirigen y, por consiguiente, la autoridad que sobre él tienen. Si llega una vez a persuadirse de que hay personas adultas que no tienen más razón que las criaturas, todo se ha perdido, y no queda esperanza de buena educación. No debe un niño conocer más superiores que su padre y su madre; y a falta de éstos su nodriza y su ayo, y todavía uno sobra; pero es inevitable esta partición; lo único que para remediarla puede hacerse, es que las personas de ambos sexos que le dirijan, estén de tan buen acuerdo, que con respeto a él no sean más que uno.

Preciso es que la nodriza viva con alguna más comodidad, tome alimentos algo más sustanciosos; pero que no varíe enteramente de método de vida, porque una pronta y total mudanza, aun cuando sea de mal en bien, siempre es peligrosa para la salud; y puesto, que su acostumbrado régimen la ha constituido o la ha mantenido sana y robusta, ¿a qué hacérsele variar?

Las campesinas comen más legumbres y menos carne que las mujeres de las ciudades; este régimen vegetal parece más propicio que contrario para ellas y las criaturas. Cuando tienen hijos de leche, de la ciudad, hacen que coman el cocido, persuadidas de que la sopa y el caldo de carne forman mejor quilo y dan más leche. No soy yo en manera alguna de este parecer, y tengo la experiencia en mi abono, la cual nos dice que los niños criados de este modo, están más sujetos a cólicos y a lombrices que los demás.

Esto no es extraño, puesto que la sustancia animal, cuando se pudre, se llena de gusanos; lo que no sucede con la vegetal. La elaborada aunque en leche, en el cuerpo del animales sustancia vegetal; así lo demuestra el análisis de ella; se aceda con facilidad; y en vez de dar señas ningunas de álcali volátil, como las dan las sustancias animales, deja, como las plantas, una sal neutra esencial.






CONTINUARA…


Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»

lunes, 9 de noviembre de 2009

EL ROUSSEAU TROPICAL “IV”

…CONTINUACIÓN

SIMON RODRIGUEZ EL ROUSSEAU TROPICAL “IV”

EMILIO O LA EDUCACION

J U A N J A C O B O R O U S S E A U
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EMILIO
LIBRO PRIMERO


Grita el niño al nacer, y su primera infancia se va toda en llantos. Tan pronto le bailan y le acarician para acallarle, como se le amenaza o castiga para imponerle silencio. o hacemos lo que él quiere o exigimos de él lo que queremos; o nos sujetamos a sus antojos, o le sujetamos a los nuestros, no hay medio; o ha de dictar leyes o ha obedecerlas. De esa suerte son sus primeras ideas las del imperio y servidumbre. Antes de saber hablar, ya manda; antes de poder obrar, ya obedece; y a veces le castigan antes que pueda conocer sus yerros, o por, mejor decir, antes que los pueda cometer. Así es como se infunden pronto en su joven corazón las pasiones que luego se imputan a la naturaleza, y después de haberse afanado en hacerle malo, se quejan de que lo sea.

De esta manera, un niño seis o siete años en manos de mujeres, víctima de los caprichos de ellas y del suyo propio; y después que le han hecho que aprenda esto y lo otro, es decir, después de haber abrumado su memoria con palabras que no puede comprender, o con cosas que para nada le sirven; después de haber sofocado su índole natural con las pasiones que en él se han sembrado, entregan este ser ficticio en manos de un preceptor que acaba de desarrollar los gérmenes artificiales que ya encuentra formados, y le instruye en todo, menos en conocerse, menos en dar frutos de sí propio, menos en saber vivir y labrar su felicidad. Finalmente, cuando este niño esclavo y tirano, lleno de ciencia y falto de razón, tan flaco de cuerpo como de espíritu, es lanzado al mundo, descubriendo su ineptitud, su soberbia y sus vicios todos, hace que se compadezca la humana miseria y perversidad. Es una equivocación, porque ese es el hombre de nuestros desvaríos; muy distinta forma tiene el de la naturaleza.

Si queréis que conserve su forma original, conservádsela desde el punto en que viene al mundo. Apoderaos de él así que nazca y no le soltéis hasta que sea hombre; sin eso nunca lograréis nada. Así como es la madre la verdadera nodriza, el verdadero preceptor es el padre. Pónganse ambos de acuerdo tanto en el orden de las funciones como en su sistema, y pase el niño de las manos de la una a las del otro. Más bien le educará un padre juicioso y de cortos alcances, que el maestro más hábil del mundo, porque mejor suple el celo al talento que el talento al celo.

Pero los quehaceres, los asuntos, las obligaciones... ¡Ah, las obligaciones! Sin duda que la de padre es la postrera. No hay por qué admirarse de que un hombre, cuya mujer no se ha dignado criar a sus pechos el fruto de su unión, se desdeñe de educarle. No hay pintura que más embelese que la de la familia; pero un rasgo sólo mal trazado desfigura todos los demás. Si a la madre le falta salud para ser nodriza, al padre le sobrarán asuntos para ser preceptor. Desviados, dispersados los hijos en pensiones, en conventos, en colegios, pondrán en otra parte el cariño de la casa paterna, o, por mejor decir, volverán a ella con el hábito de no tener apego a nada. Apenas se conocerán los hermanos y las hermanas. Cuando estén todos reunidos de ceremonia, podrán ser muy corteses entre sí, y se tratarán como extraños. Así que no hay intimidad entre los parientes, así que la sociedad de la familia no es el consuelo de la vida, es fuerza recurrir a las malas costumbres para suplirle. ¿Dónde hay hombre tan necio que no vea el encadenamiento de todo esto?

Cuando un padre engendra y mantiene a sus hijos, no hace más que la tercera parte de su misión. Debe a su especie hombres; debe a la sociedad hombres sociables, y debe ciudadanos al Estado. Todo hombre que puede satisfacer esta triple deuda y no lo hace, es culpable, y más culpable acaso cuando la paga a medias. Quien no puede desempeñar las funciones de padre no tiene derecho a serlo. No hay pobreza, trabajos, ni respetos humanos que le dispensen de mantener a sus hijos y educarlos por sí mismo. Puedes creerme, lector; a cualquiera que tenga entrañas y desatienda tan sacrosantos deberes, le pronostico que derramará largo tiempo amargas lágrimas sobre su yerro y que nunca encontrará consuelo.

Pero ¿qué hace ese rico, ese padre de familia, tan atareado y precisado, según dice, a dejar abandonados a sus hijos? Paga a otro para que desempeñe afanes que le son gravosos. ¡Alma mezquina! ¿Crees que con dinero das a tu hijo otro padre? Pues le engañas, que ni siquiera le das un maestro; ese es un sirviente y presto formará otro como él.

Mucho hay escrito acerca de las dotes de un buen ayo; la primera que yo requeriría, y esta sola supone otras muchas, es que no fuese un hombre vendible. Profesiones hay tan nobles que no es posible ejercitarlas por dinero, sin mostrarse indigno de su ejercicio; así es la del guerrero, así es la del institutor. ¿Pues quién ha de educar a mi hijo? – Ya te lo he dicho; tú propio. - Yo no puedo. - ¡No puedes!... Pues granjéate un amigo; no veo ningún otro medio.

¡Un ayo! ¡Qué sublime alma!... Verdad es que para formar a un hombre es necesario o ser padre, o más que hombre. Esta es la función que confiáis tranquilamente a un asalariado.

Cuanto más reflexiona uno, más dificultades nuevas se le presentan. Sería necesario que hubiese sido educado el ayo para el alumno, los criados para el amo; que todos cuantos a él se acerquen hubieran recibido las impresiones que le deben comunicar; y de educación en educación fuera necesario subir hasta no sé dónde. ¿Cómo es posible que un niño sea bien educado por uno que lo fue mal?

¿No es posible hallar este raro mortal? Lo ignoro. ¿Quién sabe en estos tiempos de envilecimiento, hasta qué grado de virtud se puede todavía encumbrar el alma humana? Pero supongamos que hemos hallado este portento. Contemplando lo que debe hacer, veremos lo que debe ser. De antemano se me figura que un padre que conociese todo cuanto vale un buen ayo, se resolvería a no buscarle, porque más trabajo le costaría encontrarle que llegar a serlo él propio. ¿Quiere adquirirse un amigo? Eduque a su hijo para que lo sea, y se excusa de buscarle en otra parte, ya la naturaleza ha hecho la mitad de la obra.

Uno, de quien no sé más que su jerarquía, me propuso que educara a su hijo. Sin duda fue mucha honra para mí; pero lejos de quejarse de mi negativa, debe alabar mi prudencia. Si hubiera admitido su oferta y errado en mi método, la educación habría resultado mala; al acertar con él sería peor; su hijo, hubiera renegado del título de príncipe.

Estoy tan convencido de lo grandes que son las obligaciones de un preceptor, y conozco tanto mi incapacidad, que nunca admitiré semejante cargo, sea quien fuere el que con él me brinde; y hasta el interés de la amistad fuera para mí nuevo motivo de negarme a él. Creo que después de leído este libro, pocos habrá que piensen en hacerme tal oferta, y ruego a los que pudieran pensarlo, que no se tomen ese inútil trabajo. En otro tiempo hice una prueba suficiente de esta profesión, que me basta para estar cierto de que no soy apto para ella, y aun cuando por mi talento fuera idóneo, me dispensaría de ella mi estado. He creído que debía esta declaración pública a los que al parecer no me estiman lo bastante para creerme fundado y sincero en mis determinaciones.

Sin capacidad para desempeñar la más útil tarea, me atreveré a lo menos a probar la más fácil; a ejemplo de otros muchos, no pondré manos a la obra, sino a la pluma, y en vez de hacer lo que conviene, me esforzaré a decirlo.

Ya sé que en las empresas de esta especie, el autor, a sus anchas siempre en sistemas que no se ve obligado a practicar, da sin trabajo muchos excelentes preceptos de imposible ejecución, y que, por no descender a menudencias y a ejemplos, aun lo practicable que enseña no se puede poner en planta por no haber mostrado la aplicación. Por eso me he decidido a tomar un alumno imaginario y a suponerme con la edad, la salud, los conocimientos y todo el talento que conviene para desempeñar su educación, conduciéndola desde el instante de su nacimiento hasta aquel en que, ya hombre formado, no necesite más gula que a sí propio. Paréceme útil este método para estorbar que un autor que de sí desconfía, se extravíe en visiones; porque en cuanto se desvía de la práctica ordinaria, no tiene más que probar la suya en su alumno, y en breve conocerá, o lo conocerá el lector, si no él, si sigue los progresos de la infancia y el camino natural del corazón humano.

Esto es lo que he procurado hacer en cuantas dificultades se han presentado. Por no abultar inútilmente el libro, me he ceñido a sentar los principios cuya verdad a todos debe parecer obvia; pero en cuanto a las reglas que podían necesitar pruebas, las he aplicado todas a mi Emilio, o a otros ejemplos, haciendo ver en detalles muy circunstanciados, cómo se podía poner en práctica lo que yo había asentado; este es a lo menos el plan que me he propuesto seguir al lector compete decidir si le he dado cima.

De aquí ha resultado que en un principio he hablado poco de Emilio, porque mis máximas primeras de educación, aunque contrarias a las usadas, son de tan palpable evidencia, que no es fácil que un hombre de razón les niegue asenso. Pero al paso que adelanto, mi alumno, conducido de otra manera que los vuestros, no es ya un niño ordinario y necesita un régimen peculiar para él. Sale entonces con más frecuencia a la escena; y en los últimos tiempos casi ni un instante le pierdo de vista, hasta que, por más que él diga, no tenga la menor necesidad de mí.

No hablo en este lugar de un buen ayo; las doy por supuestas y supongo también que las poseo yo todas. La lectura de esta obra hará ver con cuánta liberalidad procedo para conmigo.

Observaré solamente, contra el dictamen general que el ayo de un niño debe ser joven y aun tan joven cuanto puede serlo un hombre de juicio.

Quisiera hasta que fuera niño, si posible fuese; que pudiera ser compañero de su alumno, y granjearse su confianza, tomando parte en sus diversiones. Hay tan pocas cosas análogas entre la infancia y la edad madura, que nunca se formará apego sólido a tanta distancia. Los niños halagan algunas veces a los viejos, pero nunca los quieren.

Quisiérase que el ayo hubiese ya educado a otro niño. Pero es demasiado; un mismo hombre no puede educar más que a uno; si fuese necesario educar a dos para acertar en la educación del segundo, ¿qué derecho tuvo para encargarse del primer alumno?

Con más experiencia sabría obrar mejor; pero ya no podría. Aquel que ha desempeñado una vez este cargo con el suficiente acierto para conocer todas sus penalidades, no queda con ánimo para volver a acometer la misma empresa; y si ha salido mal la vez primera, no es buen agüero para la segunda.

Convengo en que es muy distinto acompañará un joven por espacio de cuatro años, que conducirle por espacio de veinticinco. Vosotros dais un ayo a vuestro hijo ya formado por completo, y yo quiero que le tenga antes de nacer. A vuestro parecer, un ayo puede cambiar de alumno cada lustro; mas el ayo que yo imagino nunca tendrá más que uno. Distinguís vosotros el preceptor del ayo: otro error. ¿Distinguís acaso el alumno del discípulo? Una sola ciencia hay que enseñará los niños, que es la de las obligaciones del hombre. Esta ciencia es única; y diga lo que quisiere Jenofonte de la educación de los persas, no es divisible. Por lo demás, yo llamaré mejor ayo que preceptor al maestro de esta ciencia, porque no tanto es su oficio instruir como conducir.

No debe dar preceptos, debe hacer que los halle su alumno.

Si con tanto esmero se ha de escoger el ayo, facultad tiene éste para escoger a su alumno, particularmente tratándose de un modelo que proponer. No puede basarse esta elección sobre el ingenio y carácter del niño, que no se conoce hasta el fin de la obra, y que adopto antes que nazca. Si pudiera escoger, buscaría un entendimiento ordinario, como el que a mi alumno supongo. Sólo los hombres vulgares necesitan ser educados; y sola su educación debe servir de ejemplo para sus semejantes: lo demás se educan a pesar de las contrariedades.

No es indiferente la condición del país para la cultura de los hombres; éstos sólo en los climas templados son todo cuanto pueden ser: en los climas extremados es visible la desventaja. Un hombre no es un árbol plantado en un país para no moverse de él; y el que sale de un extremo para ir al otro, tiene que andar doble camino que quien sale del término medio para llegar al mismo punto que el primero.

Si el habitante de un país templado recorre sucesivamente ambos extremos, todavía saca evidentes ventajas, porque aunque reciba las mismas impresiones que el que va de un extremo a otro, se aparta no obstante la mitad menos de su natural constitución. En Laponia y en Guinea vive un francés; pero no vivirá igualmente ni un negro en Tornea, ni un samoyeda en Benin. También parece que no es tan perfecta la organización del cerebro en ambos extremos. La inteligencia de los europeos no la tienen, los negros ni los lapones. Por eso, si quiero que mi alumno pueda ser habitante de la tierra entera, le escogeré en una zona templada, en Francia, por ejemplo, mejor que en otra parte.

El pobre no necesita educación; la de su estado es forzosa, y no puede tener otra; por el contrario, la que por su estado recibe el rico es la que menos le conviene para sí propio y para la sociedad. La educación natural debe, por otra parte, hacer al hombre apto para todas las condiciones humanas; así menos racional es educar a un rico para que sea, pobre, que a un pobre para que sea rico, porque a proporción del número de ambos estados, más ricos hay que empobrezcan que pobres que se enriquezcan. Escojamos pues, a un rico; estaremos ciertos de haber hecho un hombre más, mientras un pobre puede hacerse hombre por sí solo.

CONTINUARA…


Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»

miércoles, 4 de noviembre de 2009

EL ROUSSEAU TROPICAL “III”

…CONTINUACIÓN
SIMON RODRIGUEZ EL ROUSSEAU TROPICAL “III”

EMILIO O LA EDUCACION

J U A N J A C O B O R O U S S E A U
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EMILIO
LIBRO PRIMERO



Dícese que algunas parteras pretenden dar mejor configuración a la cabeza de los niños recién nacidos, apretándosela, ¡y se lo permiten! Tan mal están nuestras cabezas, según las formó el autor de la naturaleza, que nos las modelan por fuera las parteras y los filósofos por dentro. Los caribes son mitad más felices que nosotros.

«Apenas ha salido el niño del vientre de su madre, y apenas disfruta de la facultad de mover y entender sus miembros, cuando se le ponen nuevas ligaduras. Le fajan, le acuestan con la cabeza fija, estiradas las piernas y colgando los brazos; le envuelven con vendas y fajas de todo género, que no le dejan mudar de situación; feliz es si no le han apretado de manera que le estorben la respiración y si han tenido la precaución de acostarle de lado para que puedan salirle por la boca las aguas que debe arrojar, puesto que no le queda medio de volver la cabeza de lado, para facilitar la salida. »

El niño recién nacido necesita extender y mover sus miembros para sacarlos del entorpecimiento en que han estado tanto tiempo recogidos en un envoltorio. Los estiran, es cierto, pero les impiden el movimiento; sujetan hasta la cabeza con capillos; parece que tienen miedo de que den señales de vida.

De esta suerte el impulso de las partes internas de un cuerpo que busca crecimiento, encuentra un obstáculo insuperable a los movimientos que requiere.
Hace el niño continuos e inútiles esfuerzos, que apuran sus fuerzas o retardan sus progresos. Menos estrecho, menos ligado, menos comprimido se hallaba en el vientre de su madre que en sus pañales; no veo lo que ha ganado con nacer.

La inacción y el aprieto en que retienen los miembros de un niño, no pueden menos de perjudicar a la circulación de la sangre y los humores, de estorbar que se fortalezca o crezca la criatura y de alterar su constitución. En los países donde no toman tan extravagantes precauciones, son los hombres todos altos, robustos y bien proporcionados. Los países en que se fajan los niños abundan en jorobados, cojos, patizambos, gafos, raquíticos y contrahechos de todos géneros. Por temor de que se desfiguren los cuerpos con la libertad de los movimientos, se apresuran a desfigurarlos, poniéndoles en prensa, y de buena gana los harían tullidos, para impedir que se estropeasen.

¿Cómo no ha de influir tan cruel violencia en su índole y en su temperamento? Su primer sentimiento es de dolor y martirio; sólo estorbos encuentran para todos los movimientos que necesitan; más desventurados que un criminal con grillos y esposas, hacen esfuerzos inútiles, se enfurecen y gritan. Decís que sus voces primeras son llantos. Yo lo creo; desde que nacen los atormentáis; las primeras dádivas que de vosotros reciben son cadenas y el primer trato que experimentan es de tormento. No quedándoles libre otra cosa que la voz, ¿cómo no se han de servir de ella para quejarse? Gritan por el daño que les hacéis; más que ellos gritaríais si así estuvierais agarrotados.

¿De dónde proviene tan irracional costumbre?

De otro uso inhumano. Desde que desdeñando las madres su primera obligación no han querido criar a sus hijos, ha sido indispensable ponerles en mano de mujeres mercenarias, que viéndose por tal modo madres de hijos ajenos, de quienes no les habla la naturaleza, sólo han pensado en ahorrarse trabajo. Hubiera sido forzoso hallarse en continua vigilancia por el niño libre; pero bien atado se le echa en un rincón sin cuidarse de sus gritos. Con tal que no haya pruebas de la negligencia de la nodriza, con tal que no se rompa al niño un brazo ni una pierna, ¿qué importa que se muera o que se quede enfermo mientras viva?
A costa de su cuerpo se conservan sus miembros, y de cualquier cosa que suceda no tendrá culpa la nodriza.

Estas dulces madres, que desprendiéndose de sus hijos se entregan alegremente a las diversiones y pasatiempos de las ciudades, ¿saben acaso qué trato recibe en la aldea su hijo entre pañales? a la menor prisa le cuelgan de un clavo, como un lío de ropa; y así crucificado, permanece el infeliz mientras que la nodriza cumple sus quehaceres. Todos cuantos se han hallado en esta situación tenían amorotado el rostro; oprimido con violencia el pecho, no dejaba circular la sangre que es arrebatada a la cabeza; y creían que el paciente estaba muy tranquilo porque no tenía fuerza para gritar. Ignoro cuántas horas puede permanecer en tal estado un niño sin perder la vida; pero dudo que pueda resistir muchas. He aquí, según creo, una de las mayores utilidades del fajado.

Dícese que dejando a los niños libres pueden tomar posturas malas y hacer movimientos que perjudiquen a la buena conformación de sus miembros.
Este es uno de tantos vanos raciocinios de nuestra equivocada sabiduría, que nunca se ha confirmado por la experiencia. De los muchísimos niños que en pueblos más sensatos que nosotros se crían con toda la libertad de sus miembros, no se ve que uno solo se hiera ni se estropee; no pueden imprimir a sus movimientos la fuerza suficiente para que sean peligrosos, y cuando toman una postura violenta, el dolor les advierte en breve que la cambien.

Todavía no hemos pensado en fajar los perros y los gatos: ¿vemos que les redunde algún inconveniente de esta negligencia? Los niños son más pesados, cierto; pero también son a proporción más débiles. Apenas se pueden mover, ¿cómo se han de estropear? Si se les tiende de espaldas, se morirían en esta postura, como el galápago, sin poderse volver nunca.

No contentas con haber dejado de amamantar a sus hijos, dejan las mujeres de querer concebirlos; consecuencia muy natural. Tan pronto como es gravoso el estado de madre, se halla modo para librarse de él por completo: quieren hacer una obra inútil, para volver sin cesar a ella, y se torna en perjuicio de la especie el atractivo dado para la multiplicación. Añadida esta costumbre a las demás causas de despoblación, nos indica la próxima suerte de Europa. Las ciencias, las artes, la filosofía y las costumbres que ésta engendra no tardarán en convertir á Europa en un desierto; la poblarán fieras, y con esto no habrá cambiado mucho la clase de sus habitantes.

Algunas veces he presenciado yo la artería de mujeres jóvenes que suelen fingir deseo de criar ellas a sus hijos; ya saben hacer de modo que se las inste a dejar ese capricho, mediando los maridos, los médicos y, especialmente, las madres. Un marido que se atreviese a consentir que su mujer amamante a su hijo, es hombre perdido, y le tildarán como a un asesino que quiere deshacerse de ella. Maridos prudentes hay que sacrifican el amor paterno en aras de la paz. Gracias a que se hallan en los lugares mujeres más continentes que las vuestras: mayores tenéis que darlas, si el tiempo que éstas así ganan, no lo emplean con hombres ajenos.

No es dudoso el deber de las mujeres; pero se discute si, supuesto el desprecio que de él hacen, es igual para los niños que los amamante una u otra.

Esta cuestión, de que son jueces los médicos, la tengo yo por resuelta a satisfacción de las mujeres; y yo por mí, pienso también que vale más que mame el niño la leche de una nodriza sana, que la de una madre achacosa, si hubiese que temer nuevos males, de la misma sangre que le ha formado.

Sin embargo, ¿debe mirarse esta cuestión solamente bajo el aspecto físico? ¿Necesita menos el niño del cuidado de una madre que de su pecho? Otras mujeres, y hasta animales, le podrán dar la leche que le niega ésta; pero la solicitud maternal nada la suple. La que cría el hijo ajeno en vez del suyo es mala madre: ¿cómo ha de ser buena nodriza? Podrá llegar a serlo, pero será poco a poco; será preciso que el hábito corrija la naturaleza; y en tanto, el niño,
mal cuidado, tendrá lugar para morirse cien veces antes que su nodriza le tome cariño de madre.

De esta misma última ventaja procede un inconveniente que bastaría por sí solo para quitar a toda mujer sensible el ánimo de dar a su hijo a que le críe otra, que es el de ceder parte del derecho de madre, o más bien de enajenarle; el de ver que su hijo quiere a otra mujer tanto como a ella, y más; el de contemplar que el cariño que a su propia madre adoptiva, es justicia; porque, ¿no debo yo el afecto de hijo a aquella que tuvo conmigo los afanes de madre?

El modo como se remedia este inconveniente, es inspirando a los niños el desprecio de sus nodrizas y tratando a éstas como meras criadas. Cuando han, concluido su servicio, las quitan la criatura o las despiden; y a fuerza de desaires, la privan de que venga a ver a su hijo de leche, que al cabo de algunos años ni le ve ni la conoce. Engáñase la madre que piensa que puede ser sustituida, y que con su crueldad resarce su negligencia; y en vez de criar un hijo tierno, forma un hijo de leche despiadado, le enseña a ser ingrato y le induce a que abandone un día a la que le dio la vida, como a la que le alimentó con la leche de sus pechos.

¡Cuánto insistiría yo en este punto, si me desalentara menos tener que repetir en balde útiles consejos! Esto tiene conexión con muchas más cosas de lo que se cree. ¿Queréis tornar a cada uno hacia sus primeros deberes? Comenzad por las madres y quedaréis asombrados de los cambios producidos. De esta primera depravación procede sucesivamente lo demás; se altera el orden moral; en todos los pechos se extingue el buen natural; pierde el aspecto de vida lo interior de las casas; el tierno espectáculo de una naciente familia, ya no inspira apego a los maridos, ni atenciones a los extraños; es menos respetada la madre cuyos hijos no se van; no hay residencia en las familias; no estrecha la costumbre los vínculos de la sangre; no hay padres, ni madres, ni hijos, ni hermanos, ni hermanas; apenas se conocen todos, ¿cómo se han de querer? Sólo en si piensa cada uno. Cuando la casa propia es un yermo triste, fuerza es irse a divertir a otra parte.

Pero que las madres se dignen criar a sus hijos, y las costumbres se reformarán en todos los pechos; se repoblará el Estado; este primer punto, este punto único lo reunirá todo. El más eficaz antídoto contra las malas costumbres, es el atractivo de la vida doméstica; se torna grata la impertinencia de los niños, que se cree importuna, haciendo que el padre y la madre se necesiten más, se quieran más uno a otro y estrechen entre ambos el lazo conyugal. Cuando es viva y animada la familia, son las tareas domésticas la ocupación más cara para la mujer y el desahogo más suave del marido. Así, enmendado este abuso, sólo resultaría en breve una general reforma, y en breve recuperaría la naturaleza sus derechos todos. Tornen una vez las mujeres a ser madres, y tornarán también los hombres a ser padres y esposos.

¡Superfluos razonamientos! Ni aun el hastío de los deleites mundanos atrae nunca a éstos. Dejaron las mujeres de ser madres, y nunca más lo serán ni querrán serlo. Aun cuando quisieran, apenas si podrían; hoy que se halla establecido el uso contrario, tendría cada una que pelear contra la oposición de todas sus conocidas, coligadas contra un ejemplo que las unas no han dado y que no quieren seguir las otras.

No obstante, todavía se encuentran algunas pocas mujeres jóvenes de buena índole, que atreviéndose a arrostrar en este punto el imperio de la moda y los clamores de su sexo, desempeñan con virtuosa valentía esta obligación tan suave que les impuso la naturaleza. ¡Ojala se aumente el número con el atractivo de los bienes destinados a las que lo cumplen! Fundándome en consecuencias que presenta el más obvio raciocinio, y en observaciones que nunca he visto desmentidas, me atrevo a prometer a estas dignas madres un sólido y constante cariño de sus esposos, una verdadera ternura filial de sus hijos, la estimación y el respeto del público, partos felices sin azares ni malas resultas, una salud robusta y duradera, la satisfacción, en fin, de verse un día imitadas de sus hijas y citadas como dechado de las ajenas.

Sin madre no hay hijo; son recíprocas las obligaciones entre ambos, y si se desempeñan mal por una parte, serán desatendidas por la otra. El niño debe amar a su madre antes de saber que debe hacerlo. Si no esfuerzan la costumbre y los cuidados la voz de la sangre, fallece ésta en los primeros años y muere el corazón, por decirlo así, antes que haya nacido. Desde los primeros pasos, pues, ya nos apartamos de la naturaleza.

Por una senda opuesta salen también de ella las madres, que en vez de desatender los cuidados maternales los toman con exceso, haciendo de sus hijos sus ídolos, acrecentando y propagando su flaqueza por impedir que la sientan, y con la esperanza de sustraerlos de las leyes de la naturaleza, apartan de ellos todo choque penoso, sin hacerse cargo de cuántos accidentes y peligros acumulan para lo futuro sobre su cabeza por algunas pocas incomodidades de que por un instante los preservan, y cuán inhumana precaución es dilatar la flaqueza de la infancia bajo las fatigas de los hombres formados. Para hacer Tetis a su hijo invulnerable, dice la fábula que le sumió en las aguas de la laguna Estigia; alegoría tan hermosa como clara. Lo contrario hacen las crueles madres de que hablo; preparan a sus hijos a padecer, a fuerza de sumirlos en la molicie, y abren sus poros a todo género de achaques, de que no podrán menos de adolecer cuando sean adultos.

Observemos la naturaleza, y sigamos la senda que nos señala. La naturaleza ejercita sin cesar a los niños, endurece su temperamento con todo género de pruebas y les enseña muy pronto qué es pena y dolor. Los dientes que les nacen les causan calenturas; violentos cólicos les dan convulsiones; los ahogan porfiadas toses; los atormentan las lombrices; la plétora les pudre la sangre; fermentan en ella varias, levaduras, y ocasionan peligrosas erupciones Casi toda la edad primera es enfermedad y peligro; la mitad de los niños que nacen perecen antes de que lleguen al octavo año. Hechas las pruebas, ha ganado fuerzas el niño; y tan pronto como puede usar de la vida, tiene más vigor el principio de ella.

Tal es la regla de la naturaleza. ¿Por qué oponerse a ella? ¿Quién no ve que pensando corregirla se destruye su obra y pone obstáculo a la eficacia de sus afanes? Hacer en lo exterior lo que ejecuta ella en lo interior, dicen que es redoblar el peligro, mientras que por el contrario es hacer burla de él y extenuarle. Enseña la experiencia que mueren todavía más niños criados con delicadeza que de los otros. Con tal que no se exceda el alcance de sus fuerzas, menos se arriesga con ejercitarlas que con no ponerlas a prueba. Ejercitadlos por tanto a sufrir golpes que tendrán que aguantar un día; endureced sus cuerpos a la inclemencia de las estaciones, de los climas y los elementos, al hambre, a la sed, a la fatiga; bañadlos en las aguas estigias. Antes que el cuerpo haya contraído hábitos, se les dan sin riesgo los que se quieren; pero una vez que ha tomado consistencia, toda alteración se hace peligrosa. Sufrirá, un niño variaciones que no aguantarla un hombre: blandas y flexibles las fibras del primero, tornan sin dificultad la forma que se les da; más endurecidas las del hombre, no sin violencia pierden el doblez que han recibido. Así que es posible hacer robusto a un niño, sin exponer su salud y su vida; y aun cuando corriese algún riesgo, no se debería vacilar. Una vez que estos riesgos son inseparables de la vida humana, ¿qué mejor cosa podemos hacer que arrostrarlos en la época en que menos inconvenientes presentan?

Es más estimable un niño, cuanto más adelantado en edad. Al precio de su vida junta el de las tareas que ha costado, y con la pérdida de su existencia une en él la idea de la muerte. Por tanto, vigilando sobre su conservación, debe pensarse particularmente en el tiempo venidero y armarle contra los males de la edad juvenil antes que a ella llegue; porque si crece el valor de la vida hasta la edad en que es útil, ¿no es locura preservar de algunos males la infancia para aumentarlos en la edad de la razón? ¿Son esas las lecciones del maestro?

Destino del hombre es el padecer en todo tiempo, y hasta el cuidado de su conservación está unido con la pena. ¡Feliz él, que sólo conoce en su infancia los males físicos; males mucho menos crueles, mucho menos dolorosos que los otros, y que con mucha menos frecuencia nos obligan a renunciar á la vida! Nadie se mata por dolores de gota; sólo los del ánimo engendran la desesperación. Compadecemos la suerte de la infancia, mientras que debiéramos llorar sobre la nuestra. Nuestros más graves males vienen de nosotros.

CONTINUARA…


Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»

domingo, 25 de octubre de 2009

EL ROUSSEAU TROPICAL “II”

EMILIO O LA EDUCACION

J U A N J A C O B O R O U S S E A U
Ediciones elaleph.com

Editado por elaleph.com
Traducido por Ricardo Viñas 2000 – Copyright www.elaleph.com
Todos los Derechos Reservados

EMILIO
LIBRO PRIMERO


Todo está bien al salir de manos del autor de la naturaleza; todo degenera en manos del hombre.

Fuerza éste a una tierra para que de las producciones de otra; a un árbol para que sustente frutos de tronco ajeno; mezcla y confunde los climas, los elementos y las estaciones; estropea su perro, su caballo, su esclavo; todo lo trastorna, todo lo desfigura; la deformidad, los monstruos le agradan; nada le place tal como fue formado por la naturaleza; nada, ni aun el hombre, que necesita adiestrarle a su antojo como a los árboles de su jardín.

Peor fuera si lo contrario sucediese, porque el género humano no consiente quedarse a medio modelar. En el actual estado de cosas, el más desfigurado de todos los mortales sería el que desde su cuna le dejaran. Abandonado a sí propio; en éste las preocupaciones, la autoridad, el ejemplo, todas las instituciones sociales en que vivimos sumidos, sofocarían su natural manera sin sustituir otra cosa; semejante al arbolillo nacido en mitad de un camino, que muere en breve sacudido por los caminantes, doblegado en todas direcciones.

A ti me dirijo, madre amorosa y prudente, que has sabido apartarte de la senda trillada y preservar el naciente arbolillo del choque de las humanas opiniones.

Cultiva y riega el tierno renuevo antes que muera; así sus sazonados frutos serán un día tus delicias. Levanta al punto un coto en torno del alma de tu hijo; señale otro en buen hora el circuito, pero tú sola debes alzar la valla.

A las plantas las endereza el cultivo, y a los hombres la educación. Si naciera el hombre ya grande y robusto, de nada le servirían sus fuerzas y estatura hasta que aprendiera a valerse de ellas, y le serían perjudiciales porque retraerían a los demás de asistirle abandonado entonces a sí propio, se moriría de necesidad, antes de que conocieran los otros su miseria. Nos quejamos del estado de la infancia y no miramos que hubiera perecido el linaje humano si hubiera comenzado el hombre por ser adulto.

Nacemos débiles y necesitamos fuerzas; desprovistos nacemos de todo y necesitamos asistencia; nacemos sin luces y necesitamos de inteligencia.

Todo cuanto nos falta al nacer, y cuanto necesitamos siendo adultos, se nos da por la educación.

La educación es efecto de la naturaleza, de los hombres o de las cosas. La de la naturaleza es el desarrollo interno de nuestras facultades y nuestros órganos; la educación de los hombres es el uso que nos enseñan éstos a hacer de este desarrollo; y lo que nuestra experiencia propia nos da a conocer acerca de los objetos cuya impresión recibimos, es la educación de las cosas.

Así, cada uno de nosotros recibe lecciones de estos tres maestros. Nunca saldrá bien educado, ni se hallará en armonía consigo mismo, el discípulo que tome de ellos lecciones contradictorias; sólo se encamina a sus fines y vive en consecuencia aquel que vea conspirar todas a un mismo fin y versarse en los mismos puntos; éste solo estará bien educado.

De estas tres educaciones distintas, la de la naturaleza no pende de nosotros, y la de las cosas sólo en parte está en nuestra mano. La única de que somos verdaderamente dueños es la de los hombres, y esto mismo todavía es una suposición; porque ¿quién puede esperar que ha de dirigir por completo los razonamientos y las acciones de todos cuantos a un niño se acerquen?

Por lo mismo que es la educación un arte, casi es imposible su logro, puesto que de nadie pende el concurso de causas indispensables para él. Todo cuanto puede conseguirse a fuerza de diligencia es acercarse más o menos al propósito; pero se necesita suerte para conseguirlo.

¿Qué propósito es este? El mismo que se propone la naturaleza; esto lo hemos probado ya. Una vez que para su recíproca perfección es necesario que concurran las tres educaciones, hemos de dirigir las otras dos a aquella en que ningún poder tenernos. Pero, como acaso tiene la voz de naturaleza una significación sobrado vaga, conviene que procuremos fijarla.

Se nos dice que la naturaleza no es otra cosa que el hábito ¿Qué significa esto? ¿No hay hábitos contraídos por fuerza y que nunca sofocan la naturaleza? Tal es, por ejemplo el de las plantas, en que se ha impedido la dirección vertical. Así que la planta queda libre, si bien conserva la inclinación que la han precisado a que tome, no por eso varía la primitiva dirección de la savia, y si continúa la vegetación, otra vez se torna en vertical su crecimiento.

Lo mismo sucede con las inclinaciones de los hombres. Mientras que permanecen en un mismo estado, pueden conservar las que resultan de la costumbre y menos naturales son; pero luego que varía la situación, se gasta la costumbre y vuelve lo natural. La educación, ciertamente, no es otra cosa que un hábito. ¿Pues no hay personas que se olvidan de su educación y la pierden, mientras que otras la conservan? ¿De dónde proviene esta diferencia? Si ceñimos el nombre de naturaleza a los hábitos conformes a ella, podemos excusar este galimatías.

Nacemos sensibles, y desde nuestro nacimiento excitan en nosotros diversas impresiones los objetos; que nos rodean. Luego que tenemos, por decirlo así, la conciencia de nuestras sensaciones, aspiramos a poseer o evitar las objetos que las producen, primero, según que son aquellas gustosas o desagradables; luego, según la conformidad o discrepancia que entre nosotros y dichos objetos hallamos; y finalmente, según el juicio, que acerca de la idea de felicidad o perfección que nos ofrece la razón formamos por dichas sensaciones. Estas disposiciones de simpatía o antipatía, crecen y se fortifican a medida que aumentan nuestra sensibilidad y nuestra inteligencia; pero tenidas a raya por nuestros hábitos, las alteran, más o menos nuestras opiniones. Antes de que se alteren, constituyen lo que llamo yo en nosotros naturaleza.

Deberíamos por tanto referirlo todo a estas disposiciones primitivas, y así podría ser en efecto si nuestras tres educaciones sólo fueran distintas; pero ¿qué hemos de hacer cuando son opuestas y cuando en vez de educar a uno para sí propio, le quieren educar para los demás? La armonía es imposible entonces; y precisados a oponernos a la naturaleza o a las instituciones sociales, es forzoso escoger entre formar a un hombre o a un ciudadano, no pudiendo ser uno mismo a la vez ambas cosas.

Toda sociedad parcial, cuando es íntima y bien unida, se aparta de la grande.

Todo patriota es duro con los extranjeros; no son más que hombres; nada valen ante sus ojos. Este inconveniente es inevitable, pero de poca importancia. Lo esencial es ser bueno con las gentes con quienes, se vive. En país ajeno, eran los espartanos ambiciosos, avaros, inicuos; pero reinaban dentro de sus muros el desinterés, la equidad y la concordia. Desconfiemos de aquellos cosmopolitas, que en sus libros van a buscar en apartados climas obligaciones que no se dignan cumplir en torno de ellos. Filósofo hay que se aficiona a los tártaros para excusarse de querer bien a sus vecinos.

El hombre de la naturaleza lo es todo para sí; es la unidad numérica, el entero absoluto, que sólo se relaciona consigo mismo, mientras que el hombre civilizado es la unidad fraccionaría que determina el.denominador y cuyo valor expresa su relación con el entero, que es el cuerpo social. Las instituciones sociales buenas, son las que mejor saben borrar la naturaleza del hombre, privarle de su existencia absoluta, dándole una relativa, y trasladar el yo, la personalidad, a la común unidad; de manera, que cada particular ya no se crea un entero, sino parte de la unidad, y sea sensible únicamente en el todo. Un ciudadano de Roma no era Cayo ni Lucio, era un romano, y aun amaba a su patria exclusivamente por ser la suya. Por cartaginés se reputaba Régulo, como peculio que era de sus amos, y en calidad de extranjero se resistía a tomar asiento en el senado romano; fue preciso que se lo mandara un cartaginés. Se indignó de que se le quisiera salvar la vida. Venció y volvióse triunfante a morir en horribles tormentos.

Me parece que esto no tiene gran relación con los hombres que conocemos.

Presentóse el lacedemonio Pedaretes para ser admitido al Consejo de los trescientos, y desechado, se volvió a su casa, muy contento de que se hallaran en Esparta trescientos hombres de más mérito que él. Supongo que esta demostración fuese sincera, y no hay motivo para no creerla tal; este es el ciudadano.

Tenía una espartana cinco hijos en el ejército, y aguardaba noticias de la batalla. Llega un ilota, y se las pregunta asustada: « Tus cinco hijos han muerto. - Vil esclavo, ¿te pregunto yo eso? - Hemos alcanzado la victoria. » Corre al templo la madre a dar gracias a los dioses. Esta es la ciudadana.

Quien en el orden civil desea conservar la primacía a los afectos naturales, no sabe lo que quiere. Siempre en contradicción consigo mismo, fluctuando siempre entre sus inclinaciones y sus obligaciones, nunca será hombre ni ciudadano, nunca útil, ni para si ni para los demás; será uno de los hombres del día, un francés, un inglés, un burgués; en una palabra, nada.

Para ser algo, para ser uno propio y siempre el mismo, es necesario estar siempre determinado acerca del partido que se he de tomar, tomarle resueltamente y seguirle con tesón. Espero que se me presente tal portento, para saber si es hombre o ciudadano, o cómo hace para ser una cosa y otra.

De estos objetos, necesariamente opuestos, proceden dos formas contrarias de institución; una pública y común; otra particular y doméstica.
Quien se quiera formar idea de la educación pública, lea La República de Platón, que no es una obra de política, como piensan los que sólo por los títulos juzgan de los libros, sino el más excelente tratado de educación que se haya escrito.

Cuando quieren hablar de un país fantástico, citan por lo común la institución de Platón. Mucho más fantástica me parecería la de Licurgo, si nos la hubiera éste dejado solamente en un escrito. Platón se ciñó a purificar el corazón humano; Licurgo lo desnaturalizó.

Hoy no existe la institución pública, ni puede existir, porque donde ya no hay patria, no puede haber ciudadanos. Ambas palabras, patria y ciudadano, se deben borrar de los idiomas modernos. Yo bien sé cuál es la razón; pero no quiero decirla; nada importa a mi asunto.

No tengo por instituciones públicas esos risibles establecimientos que llaman colegios. Tampoco tengo en cuenta la educación del mundo, porque como ésta se propone dos fines contrarios, ninguno, consigue, y sólo es buena para hacer dobles a los hombres, que con apariencia de referirlo siempre, todo a los demás, nada refieren que no sea a sí propios. Mas como estas muestras son comunes a todo el mundo, a nadie engañan y son trabajo perdido.

Nace de estas contradicciones la que en nosotros mismos experimentamos sin cesar. Arrastrados por la naturaleza y los hombres en sendas contrarias, forzados a distribuir nuestra actividad entre estas impulsiones distintas, tomamos una dirección compuesta que ni a una ni a otra resolución nos lleva. De tal modo combatidos, fluctuantes durante la carrera de la vida, la concluimos sin haber podido ponernos de acuerdo con nosotros mismos y sin haber sido buenos para nosotros ni para los demás.

Quédanos en fin, la educación doméstica o la de la naturaleza. Pero ¿qué aprovechará a los demás, un hombre educado únicamente para él? Si los dos objetos que nos proponemos pudieran reunirse en uno solo, quitando las contradicciones del hombre removeríamos un grande estorbo para su felicidad.

Para juzgar de ello seria necesario ver al hombre ya formado, haber observado sus inclinaciones, visto sus progresos y seguido su marcha; en una palabra, sería preciso conocer al hombre natural. Creo que se habrán dado algunos pasos en esta investigación luego de leído este escrito.

Para formar este hombre extraño, ¿qué tenemos que hacer? Mucho sin duda; impedir que se haga cosa alguna. Cuando sólo se trata de navegar contra el viento, se bordea; pero si está alborotado el mar y se quiere permanecer en el sitio, es preciso echar el ancla. Cuida, joven piloto, de que no se te escape el cable, arrastre el ancla y derive el navío antes de que lo adviertas.

En el orden social en que están todos los puestos señalados, debe ser cada uno educado para el suyo. Si un particular formado para su puesto sale de él, ya no vale para nada. Sólo es útil la educación en cuanto se conforma la fortuna con la vocación de los padres; en cualquiera otro caso es perjudicial para el alumno, aunque no sea más que por las preocupaciones que le sugiere. En Egipto, donde estaban los hijos obligados a seguir la profesión de sus padres, tenía a lo menos la educación un fin determinado; pero entre nosotros, donde sólo las jerarquías subsisten, y pasan los hombres sin cesar de una a otra, nadie sabe si cuando educa a su hijo para su estado, trabaja contra él mismo.

Como en el estado natural todos los hombres son iguales, su común vocación es el estado de hombre; y quien hubiere sido bien criado para éste, no puede desempeñar mal los que con él se relacionan.

Poco me importa que destinen a mi discípulo para el ejército, para la iglesia, o para el foro; antes de la vocación de sus padres, le llama la naturaleza a la vida humana. El oficio que quiero enseñarle es el vivir. Convengo en que cuando salga de mis manos, no será ni magistrado, ni militar, ni sacerdote; será primeramente hombre, todo cuanto debe ser un hombre y sabrá serlo, si fuere necesario, tan bien como el que más; en balde la fortuna le mudará de lugar, que siempre él se encontrará en el suyo. Occupavi te, fortluna, alque cepi; omnesque aditus tluos interclusi, ut ad me aspirare non posses.

El verdadero estudio nuestro es el de la condición humana. Aquel de nosotros que mejor sabe sobrellevar los bienes y males de esta vida, es, a mi parecer, el más educado; de donde se infiere que no tanto, en preceptos como en ejercicios consiste la verdadera educación. Desde que empezamos a vivir, empieza nuestra instrucción; nuestra educación empieza cuando empezamos nosotros; la nodriza es nuestro primer preceptor. Por eso la palabra educación tenía antiguamente un significado que ya se ha perdido; quería decir alimento. Educil obstetrix, dice Varrón; educat nutrix, instituit pedagogus, docet magister.

Educación, institución e instrucción, son por tanto tres cosas tan distintas en su objeto, como nodriza, ayo y maestro. Pero se confunden estas distinciones; y para que el niño vaya bien encaminado, no debe tener más que un guía.

Conviene, pues, generalizar nuestras miras, considerando en nuestro alumno el hombre abstracto, el hombre expuesto a todos los azares de la vida humana. Si naciesen los hombres incorporados al suelo de un país, si durase todo el año una misma estación, si estuviera cada uno tan pegado con su fortuna que ésta no pudiese variar, sería buena bajo ciertos respectos la práctica establecida; educado un niño para su estado, y no habiendo nunca de salir de él, no podría verse expuesto a los inconvenientes de otro distinto. Pero considerando la instabilidad de las cosas humanas, atendido el espíritu inquieto y mal contentadizo de este siglo, que a cada generación todo lo trastorna, ¿puede, imaginarse método más desatinado que el de educar a un niño como si nunca hubiese de salir de su habitación y hubiera de vivir siempre rodeado de su gente? Si da este desgraciado un solo paso en la tierra, si baja un escalón solo, está perdido. No es eso enseñarle a sufrir el dolor, sino ejercitarle a que lo sienta.

Los padres sólo piensan en conservar a su niño; eso no basta: debieran enseñarle a conservarse cuando sea hombre, a soportar los embates de la mala suerte, a arrastrar la opulencia y la miseria, a vivir, si es necesario, en los hielos de Islandia o en la abrasada roca de Malta. Inútil es tomar precauciones para que no muera; al cabo tiene que morir; y aun cuando no sea su muerte un resultado de vuestros cuidados, todavía serán éstos improcedentes.

No tanto se trata de estorbar que muera, cuanto de hacer que viva, Vivir no es respirar, es obrar, hacer uso de nuestros órganos, nuestros sentidos, nuestras facultades, de todas las partes de nosotros mismos que nos dan el íntimo convencimiento de nuestra existencia. No es aquel que más ha vivido el que más años cuenta, sino el que más ha disfrutado de la vida. Tal fue enterrado a los cien años, que ya era cadáver desde su nacimiento. Más le hubiera valido morir en su juventud, si a lo menos hubiera vivido hasta entonces.

Toda nuestra sabiduría consiste en preocupaciones serviles; todos nuestros usos no son otra caso que sujeción, incomodidades y violencia. El hombre civilizado nace, vive y muere en esclavitud; al nacer le cosen en una envoltura; cuando muere, le clavan dentro de un ataúd; y mientras que tiene figura humana, le encadenan nuestras instituciones.


CONTINUARA…

Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”
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jueves, 22 de octubre de 2009

EL ROUSSEAU TROPICAL "I"

E M I L I O O L A E D U C A C I Ó N

J U A N J A C O B O R O U S S E A U
Ediciones elaleph.com

Editado por elaleph.com
Traducido por Ricardo Viñas 2000 – Copyright www.elaleph.com
Todos los Derechos Reservados

PREFACIO DEL AUTOR

Esta colección de reflexiones y observaciones sin orden y casi sin enlace, fue comenzada por complacer a una buena madre que sabe pensar.

Primeramente sólo proyecté una memoria de pocas páginas; mas el asunto me arrastró, a pesar mío, y la memoria se fue haciendo poco a poco una especie de volumen, grande sin duda por lo que contiene, pequeño por la materia de que trata. Vacilé mucho tiempo entre si lo publicaría o no; trabajando en él he visto que no basta haber escrito algunos folletos para saber, componer un libro.

Después de algunos esfuerzos inútiles para hacerlo mejor, tengo que dejar mi obra como está, porque entiendo que es preciso atraer la atención pública hacia estos asuntos, y aunque mis ideas sean malas, con tal de que inspiren otras mejores no habré perdido el tiempo. Un hombre que desde su retiro, sin encomiadores ni partidarios que los defiendan ofrece sus impresos al público, sin saber siquiera lo que de ellos se piensa o lo que de ellos se dice, no puede temer, que puesto caso de equivocarse vayan a pasar sus errores sin examen.

Poco diré de la importancia que tiene una educación buena. Tampoco me detendré a demostrar que la usada hoy es mala: mil lo han demostrado ya, y no he de pararme a llenar un libro de cosas que todo el mundo sabe. Únicamente observaré que desde hace infinito tiempo no hay más que una voz contra la práctica establecida, sin que a nadie se le ocurra proponer otra que sea mejor. La literatura y el saber de nuestro siglo más tienden a destruir que a edificar.

Censurase con tono de maestro; mas para proponer se debe tomar otro tono, y esto ya complace menos a la elevación filosófica, a pesar de tantos escritos que, según dicen, sólo tienen por objeto la utilidad pública, todavía sigue olvidado el arte de formar a los hombres, que es la primera de todas las utilidades. Mi tema era por completo nuevo, aun después del libro de Locke, mucho temo que siga siéndolo también después del libro mío.

No es conocida, en modo alguno, la infancia; con las ideas falsas que se tienen acerca de ella, cuanto más se adelanta más considerable es el extravío.

Los de mayor prudencia se atienen a lo que necesitan saber los hombres, sin tener en cuenta lo que pueden aprender los niños. Buscan siempre al hombre en el niño, sin considerar lo que éste es antes de ser hombre. He aquí el estudio a que me he aplicado con preferencia, para que, aun suponiendo mi método enteramente falso, se obtenga siempre beneficio de mis observaciones. Puedo haber visto mal aquello que es necesario hacer, pero me parece que he visto bien el objeto sobre que debe obrarse.

Comenzad, pues por estudiar mejor vuestros alumnos; seguramente no los conocéis. Si leéis este libro con ese propósito, tengo para mí que ha de seros útil.

Lo que sin duda sorprenderá más el lector es la parte que pudiéramos llamar sistemática, que en este caso no es otra cosa sino el mismo desarrollo de la naturaleza. Probablemente me atacarán por esto, y acaso no dejen de tener razón.

Pensarán que más bien que un libro acerca de la educación leen las fantasías de un visionario sobre ese mismo asunto. ¿Cómo evitarlo? No escribo yo sobre las ideas de otro sino sobre las mías. No veo como los demás hombres: hace tiempo que me lo han censurado.

Más ¿depende de mí el adquirir otra vista o el impresionarme con otras ideas? No. De mí depende el no abandonarme a mi modo de sentir, el no creerme más sabio que todo el mundo; de mí depende no el cambio de sentimiento, sino la desconfianza del mío; he aquí lo que puedo hacer y lo que hago. Si alguna vez tomo el tono afirmativo, no es para imponerme al lector; es para hablarle como pienso. ¿Por qué he de proponer en tono de duda lo que para mí no es dudoso? Yo digo exactamente cuanto pasa en mi espíritu.

Al exponer con libertad mi pensamiento, tan lejos estoy de suponerle autorizado, que siempre le acompaño de mis razones, conforme a las cuales debe juzgárseme. Pero aunque no quiera obstinarme la defensa de mis ideas, pienso hallarme obligado proponerlas. Las máximas acerca de las cuales tengo una opinión contraria a la opinión de los demás, no son materia indiferente: de su verdad o de su falsedad depende la dicha o la desgracia del género humano.

Proponed lo que es factible, me dicen a cada momento. Es lo mismo que si me dijeran: proponed que se haga lo que ahora se hace, o, por lo menos, algo bueno compaginable con lo malo existente. En ciertas materias eso es menos práctico que lo por mí propuesto: con esa alianza se echa a perder el bien y no se cura el mal. Más quisiera seguir en todo la práctica establecida que tomar a medias una buena: habría en ello menos contradicción con la naturaleza humana que no puede encaminarse a la vez a dos fines opuestos. Padres y madres, es factible aquello que vosotros queréis hacer. ¿Tengo que responder yo de vuestra voluntad?

En toda clase de proyectos deben considerarse dos cosas: primero, la bondad absoluta del proyecto; después, la facilidad de ejecución.

Con respecto a lo primero, para que el proyecto sea admisible y practicable en sí mismo, basta con que su bondad se halle en la naturaleza de la cosa.

Aquí, por ejemplo, basta que la educación propuesta sea conveniente para el hombre y esté bien adaptada al corazón humano.

La segunda consideración depende de relaciones determinadas en ciertas situaciones; relaciones accidentales a la cosa que, por consiguiente no son necesarias y pueden variar al infinito. Así, tal educación puede ser practicable en Suiza y no serlo en Francia; tal otra puede serlo en la clase media; tal otra en las grandes. La mayor o menor facilidad de la educación depende de mil circunstancias que sólo pueden determinarse por una aplicación particular del método a uno u otro país, en una u otra condición.

Pero estas aplicaciones particulares no son esenciales en mi tema y no entran en mi plan. Otros podrán ocuparse en ello, si gustan, y cada uno para el estado que tenga presente a su atención. Me basta con que pueda hacerse lo que yo propongo, donde quiera que nazcan hombres, y con que luego de hacer de ellos lo que yo propongo se haya logrado lo mejor para ellos mismos y para los demás. Si no satisfago esas condiciones, mal hago, sin duda; pero si las lleno, mal se haría con pedirme otra cosa, porque yo no prometo más que esto.


« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»

Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”

domingo, 11 de octubre de 2009

No permita que el miedo a la dificultad lo paralice

No permita que el miedo a la dificultad lo paralice.
Paulo Freire
“Cartas a quien pretende enseñar”

Segunda carta

Creo que el mejor punto de partida para este tema es considerar la cuestión de la dificultad, la cuestión de lo difícil, y el miedo que provoca. Se dice que alguna cosa es difícil cuando el hecho de enfrentarla u ocuparse de ella se convierte en algo penoso, es decir, cuando presenta algún obstáculo.

“Miedo”, según la definición del Diccionario Aurelico, es un “sentimiento de inquietud frente a la idea de un peligro real o imaginario”. Miedo de no poder franquear las dificultades para finalmente entender un texto. Siempre existe una relación entre el miedo y la dificultad, entre el miedo y lo difícil. Pero en esta relación evidentemente se encuentra también la figura del sujeto que tiene miedo de lo difícil o de la dificultad. El sujeto que le teme a la tempestad, que le teme a la soledad o teme no conseguir franquear las dificultades para entender finalmente el texto, o producir la inteligencia del texto.

En esta relación entre el sujeto que teme y la situación u objeto del miedo existe además otro elemento constitutivo que es el sentimiento de inseguridad del sujeto temeroso. Inseguridad para enfrentar el obstáculo. Falta de fuerza física, falta de equilibrio emocional, falta de competencia física, ya sea real o imaginaria del sujeto.

La cuestión que aquí se plantea no es negar el miedo, aun cuando el peligro que lo genera sea ficticio. El miedo en sí, sin embargo es concreto. La cuestión que se presenta es la de no permitir que el miedo nos paralice o nos persuada fácilmente de desistir de enfrentar la situación desafiante sin lucha y sin esfuerzo.

Frente al miedo, sea lo que fuera, es preciso que primeramente nos aseguremos con objetividad de la existencia de las razones que nos lo provocan. En una segunda instancia, que si éstas existen realmente, las comparemos con las posibilidades de que disponemos para enfrentarlas con probabilidades de éxito. Y por ultimo, que podemos hacer para, si éste es el caso, aplazando el enfrentamiento del obstáculo, volvernos más capaces de hacerlo mañana.

Con estas reflexiones quiero subrayar que lo difícil o la dificultad está siempre relacionada con la capacidad de respuesta del sujeto que, frente a lo difícil y a la evaluación de sí mismo en cuanto a la capacidad de respuesta, tendrá más o menos miedo o ningún miedo infundado o, reconociendo que el desafío sobrepasa los límites del miedo, se hunda en el pánico. El pánico es el estado de espíritu que paraliza al sujeto frente a un desafío que reconoce sin ninguna dificultad como absolutamente superior a cualquier intento de respuesta: Tengo miedo de la soledad y me siento en pánico en una ciudad asolada por la violencia de un terremoto.

Aquí me gustaría ocuparme solamente de las reflexiones en torno al miedo de no comprender un texto cuya inteligencia precisamos en el proceso de conocimiento en el que estamos insertos en nuestra capacitación. El miedo paralizante que nos vence aun antes de intentar, más enérgicamente, la comprensión del texto. Si tomo un texto cuya comprensión debo trabajar, necesito saber: a) Si mi capacidad de respuesta está a la altura del desafío, que es el texto que debe ser comprendido. b) Si mi capacidad de respuesta es menor o c) Si mi capacidad de respuesta es mayor.

Si mi capacidad de respuesta es menor, no puedo ni debo permitir que mi miedo de no entender me paralice y, considerando mi tarea como imposible de ser realizada, simplemente la abandone. Si mi capacidad de respuesta es menor que las dificultades de comprensión del texto debo tratar de superar por lo menos algunas de las limitaciones que me dificultan la tarea con la ayuda de alguien y no sólo con la ayuda del profesor o la profesora que me indicó la lectura. A veces la lectura de un texto exige alguna convivencia anterior con otro que nos prepara para un paso posterior.

Uno de los errores más terribles que podemos cometer mientras estudiamos, como alumnos o maestros, es retroceder frente al primer obstáculo con que no enfrentamos.

Es el de no asumir la responsabilidad que nos impone la tarea de estudiar, como se impone cualquier otra tarea a quien deba realizarla. Estudiar es un quehacer exigente en cuyo proceso se da una sucesión de dolor y placer, de sensación de victoria, de derrota, de dudas y alegría. Pero por lo mismo estudiar implica la formación de una disciplina rigurosa que forjamos en nosotros mismos, en nuestro cuerpo consciente.

Esta disciplina no puede sernos dada ni impuesta por nadie –sin que eso signifique desconocer la importancia del papel del educador en su creación. De cualquier manera, o somos sujetos de ella, o ella se vuelve una mera yuxtaposición a nuestro ser. O nos adherimos al estudio como un deleite y lo asumimos como una necesidad y un placer o el estudio es una pura carga, y como tal, la abandonamos en la primera esquina.

Cuanto más asumimos esta disciplina tanto más nos fortalecemos para superar algunas amenazas que la acechan y por lo tanto a la capacidad de estudiar eficazmente.

Una de esas amenazas, por ejemplo, es la concesión que nos hacemos a nosotros mismos de no consultar ningún instrumento auxiliar de trabajo como diccionarios, enciclopedias, etc. Deberíamos incorporar a nuestra disciplina intelectual el hábito de consultar estos instrumentos a tal punto que sin ellos nos resulte difícil estudiar.

Huir frente a la primera dificultad es permitir que el miedo de no llegar a un buen fin en el proceso de inteligencia del texto nos paralice. De ahí a acusar al autor o a la autora de incomprensible existe sólo un paso.

Otra amenaza al estudio serio, que se transforma en una de las formas más negativas de huir de la superación de las dificultades que enfrentamos y ya no del texto en sí mismo, es la de proclamar la ilusión de que estamos entendiendo, sin poner a prueba nuestra afirmación.

No tengo por qué avergonzarme por el hecho de no estar comprendiendo algo que estoy leyendo. Sin embargo, si el texto que no estoy comprendiendo forma parte de una relación bibliografiíta que es vista como fundamental, hasta que yo perciba y concuerde o no con que es realmente fundamental, debo superar las dificultades y entender el texto.

No es exagerado repetir que el leer, como estudio, no es pasear libremente por las frases, las oraciones y las palabras sin ninguna preocupación por saber hacia donde ellas nos pueden llevar.

Otra amenaza para el cumplimiento de la tarea difícil y placentera de estudiar que resulta de la falta de disciplina de la que ya he hablado es la tentación que nos acosa, mientras leemos, de dejar la pagina impresa y volar con la imaginación bien lejos. De pronto, estamos físicamente con el libro frente a nosotros y lo leemos apenas maquinalmente. Nuestro cuerpo está aquí pero nuestro gusto está en una playa tropical y distante. Así es realmente imposible estudiar.

Debemos estar prevenidos para el hecho de que raramente un texto se entrega fácilmente a la curiosidad del lector. Por otro lado, no es cualquier curiosidad la que penetra o se adentra en la intimidad del texto para desnudar sus verdades, sus misterios, sus inseguridades, sino la curiosidad epistemológica –la que al tomar distancia del objeto se “aproxima” a él con el ímpetu y el gusto de descubrirlo.
Pero esa curiosidad fundamental aun no es suficiente. Es preciso que al servirnos de ella, que nos “aproxima” al texto para su examen, también nos demos o nos entreguemos a él. Para esto, es igualmente necesario que evitemos otros miedos que el cientificismo nos ha inoculado. Por ejemplo, el miedo de nuestros sentimientos, de nuestras emociones, de nuestros deseos, el miedo de que nos echen a perder nuestra cientificidad. Lo que yo sé, lo sé con todo mi cuerpo: con mi mente crítica, pero también con mis sentimientos, con mis intuiciones, con mis emociones. Lo que no puedo es detenerme satisfecho en el nivel de los sentimientos, de las emociones, de las intuiciones. Debo someter a los objetos de mis intuiciones a un tratamiento serio, riguroso, pero jamás debo despreciarlos.

En última instancia, la lectura de un texto es una transacción entre el sujeto lector y el texto, como mediador del encuentro del lector con el autor del texto. Es una composición entre el lector y el autor en la que el lector, esforzándose con lealtad en el sentido de no traicionar el espíritu del autor, “reescribe” el texto. Y resulta imposible hacer esto sin la comprensión crítica del texto que por su lado exige la superación del miedo a la lectura y se va dando en el proceso de creación de aquella disciplina intelectual de la que he hablado antes. Insistamos en la disciplina referida. Ella tiene mucho que ver con la lectura, y por lo tanto con la escritura. No es posible leer sin escribir, ni escribir sin leer.

Otro aspecto importante, y que desafía aun mas al lector como “recreador” del texto que lee, es que la comprensión del texto no esta depositada, estática, inmovilizada en sus páginas a la espera de que el lector la desoculte. Si fuese así definitivamente, no podríamos decir que leer críticamente es “reescribir” lo leído.
Es por esto por lo que antes he hablado de la lectura como composición entre el lector y el autor, en la que el significado más profundo del texto también es creación del lector. Este punto nos lleva a la necesidad de la lectura también como experiencia dialogica, en la que la discusión del texto realizada por sujetos lectores aclara, ilumina y crea la comprensión grupal de lo leído. En el fondo, la lectura en grupo hace emerger diferentes puntos de vista que, exponiéndose los unos a los otros, enriquecen la producción de la inteligencia del texto.

Entre las mejores prácticas de lectura que he tenido dentro y fuera de Brasil yo citaría las que realicé coordinando grupos de lectura sobre un texto.Lo que he observado es que la timidez frente a la lectura o el propio miedo tienden a ser superados y se liberan los intentos de invención del sentido del texto y no sólo de su descubrimiento.

Obviamente que antes de la lectura en grupo y como preparación para ella, cada estudiante realiza su lectura individual. Consulta tal o cual instrumento auxiliar. Establece esta o aquella interpretación de uno u otro de los fragmentos de la lectura. El proceso de creación de la comprensión de lo que se va leyendo va siendo construido en el dialogo entre los diferentes puntos de vista en torno al desafió, que es el núcleo significativo del autor.Como autor, yo estaría más que satisfecho si llegara a saber que este texto provoca algún tipo de lectura comprometida, como aquellas en las que vengo insistiendo a lo largo de este libro, entre sus lectores y lectoras. En el fondo, ése debe ser el sueño legítimo de todo autor –ser leído, discutido, criticado, mejorado, reinventado por sus lectores.

Pero volvamos un poco a este aspecto de la lectura crítica según el cual el lector se hace o se va haciendo igualmente productor de la inteligencia del texto. El lector será tanto más productor de la compresión del texto cuando mas se haga realmente un aprehensor de la compresión del objeto. El produce la inteligencia del texto en la medida en que ella se vuelve conocimiento que el lector ha creado y no conocimiento que le fue yuxtapuesto por la lectura del libro.

Cuando yo aprehendo la compresión del objeto en ves de memorizar el perfil del concepto del objeto, yo conozco al objeto, yo produzco el conocimiento del objeto. Cuando el lector alcanza críticamente la inteligencia del objeto del que habla el autor, el lector conoce la inteligencia del texto y se transforma en coautor de esta inteligencia. No habla de ella como quien solo ha oído hablar de ella. El lector ha trabajado y retrabajado la inteligencia del texto porque esta no estaba allí inmovilizada esperándolo. En esto radica lo difícil y lo apasionante del acto de leer.

Desdichadamente, lo que se viene practicando en la mayoría de las escuelas es llevar a los alumnos a ser pasivos con el texto. Los ejercicios de interpretación de la lectura tienden a ser casi su copia oral. El niño percibe tempranamente que su imaginación no juega: es algo casi prohibido, una especie de pecado. Por lo tanto, su capacidad cognoscitiva es desafiada de manera distorsionada. El niño nunca es invitado, por un lado, a revivir imaginativamente la historia contada en el libro; y por el otro, a apropiarse poco a poco del significado del contexto del texto.
Ciertamente, seria a través de la experiencia de recontar la historia, dejando libres su imaginación, sus sentimientos, sus sueños y sus deseos para crear, como el niño acabaría arriesgándose a producir la inteligencia más compleja de los textos. No se hace nada o casi nada en el sentido de despertar y mantener encendida, viva, curiosa, la reflexión conscientemente, vale decir, la lectura capaz de desdoblarse en la reescritura del texto leído.

Esa curiosidad, que el maestro o la maestra necesitan estimular en el alumno, contribuye decisivamente a la producción del conocimiento del contenido del texto, el que a su vez se vuelve fundamental para la creación de su significado.

Es muy cierto que si el contenido de la lectura tiene que ver con un dato concreto de la realidad social y histórica o de la biología, por ejemplo, la interpretación de la lectura no puede traicionar el dato concreto. Pero no significa que el estudiante lector deba memorizar textualmente lo leído y repetir mecánicamente el discurso del autor. Esto seria una “lectura bancaria” en la que el lector “comería” el contenido del texto del autor con la ayuda del “maestro nutricionista”.

Insisto en la importancia indiscutible de la educadora en el aprendizaje de la lectura, indicotomizable de la escritura, a la que los educandos deben entregarse. La disciplina de mapear temáticamente el texto, que no debe ser realizada exclusivamente por la educadora sino también por los educandos, descubriendo interacciones entre unos temas y otros en la continuidad del discurso del autor, el llamado de la atención de los lectores hacia las citas hechas en el texto y el papel de las mismas, la necesidad de subrayar el momento estético del lenguaje del autor , de su dominio del lenguaje, del vocabulario, que implica superar la innecesaria repetición de una misma palabra tres o cuatro veces en una misma pagina del texto.

Un ejercicio de mucha riqueza del que he tenido noticia alguna vez, aunque no se realice en la escuela, es el de posibilitar que dos o tres escritores, de ficción o no hablen a los alumnos que los han leído sobre como produjeron sus libros, ni como trabajaron las temáticas o los desarrollos que envuelven sus temas, como trabajaron su lenguaje, como persiguieron la belleza en el decir, en el describir, en el dejar algo en suspenso para que el lector ejercite su imaginación. Como jugar con el pasaje de un tiempo al otro en sus historias. En fin, como los escritores se leen así mismo y como leen a otros escritores

Es preciso, ya finalizando, que los educandos, experimentándose cada vez mas críticamente en la tarea de leer y de escribir, perciban las tramas sociales en las que se constituye y se reconstituye el lenguaje, la comunicación y la producción del conocimiento.

Editorial Siglo XXI editores
Décima Edición en español, 2005, pag. 43 - 51

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Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”

viernes, 2 de octubre de 2009

LA NOSTALGIA PELEADORA DE TÚPAC AMARU

LA NOSTALGIA PELEADORA DE TÚPAC AMARU




Cuando los españoles irrumpieron en América, estaba en su apogeo el imperio teocrático de los incas, que extendía su poder sobre lo que hoy llamamos Perú, Bolivia y Ecuador, abarcaba parte de Colombia y de Chile y llegaba hasta el norte argentino y la selva brasileña; la confederación de los aztecas había conquistado un alto nivel de eficacia en el valle de México, y en Yucatán y Centroamérica la civilización espléndida de los mayas persistía en los pueblos herederos, organizados para el trabajo y la guerra.

Estas sociedades han dejado numerosos testimonios de su grandeza, a pesar de todo el largo tiempo de la devastación: monumentos religiosos levantados con mayor sabiduría que las pirámides egipcias, eficaces creaciones técnicas para la pelea contra la naturaleza, objetos de arte que delatan un invicto talento. En el museo de Lima pueden verse centenares de cráneos que fueron objeto de trepanaciones y curaciones con placas de oro y plata por parte de los cirujanos incas. Los mayas habían sido grandes astrónomos, habían medido el tiempo y el espacio con precisión asombrosa, y habían descubierto el valor de la cifra cero antes que ningún otro pueblo en la historia. Las acequias y las islas artificiales creadas por los aztecas deslumbraron a Hernán Cortés, aunque no eran de oro.

La conquista rompió las bases de aquellas civilizaciones. Peores consecuencias que la sangre y el fuego de la guerra tuvo la implantación de una economía minera. Las minas exigían grandes desplazamientos de población y desarticulaban las unidades agrícolas comunitarias; no sólo extinguían vidas innumerables a través del trabajo forzado, sino que además, indirectamente, abatían el sistema colectivo de cultivos. Los indios eran conducidos a los socavones, sometidos a la servidumbre de los encomenderos y obligados a entregar por nada las tierras que obligatoriamente dejaban o descuidaban.

En la costa del Pacífico los españoles destruyeron o dejaron extinguir los enormes cultivos de maíz, yuca, frijoles, pallares, maní, papa dulce; el desierto devoró rápidamente grandes extensiones de tierra que habían recibido vida de la red incaica de irrigación. Cuatro siglos y medio después de la conquista sólo quedan rocas y matorrales en el lugar de la mayoría de los caminos que unían el imperio.

Aunque las gigantescas obras públicas de los incas fueron, en su mayor parte, borradas por el tiempo o por la mano de los usurpadores, restan aún, dibujadas en la cordillera de los Andes, las interminables terrazas que permitían y todavía permiten cultivar las laderas de las montañas. Un técnico norteamericano estimaba, en 1936, que si en ese año se hubieran construido, con métodos modernos, esas terrazas, hubieran costado unos treinta mil dólares por acre. Las terrazas y los acueductos de irrigación fueron posibles, en aquel imperio que no conocía la rueda, el caballo ni el hierro, merced a la prodigiosa organización y a la perfección técnica lograda a través de una sabia división del trabajo, pero también gracias a la fuerza religiosa que regía la relación del hombre con la tierra que era sagrada y estaba, por lo tanto, siempre viva.

También habían sido asombrosas las respuestas aztecas al desafío de la naturaleza. En nuestros días, los turistas conocen por «jardines flotantes» las pocas islas sobrevivientes en el lago desecado donde ahora se levanta, sobre las ruinas indígenas, la capital de México.

Esas islas habían sido creadas por los aztecas para dar respuesta al problema de la falta de tierras en el lugar elegido para la creación de Tenochtitlán. Los indios habían trasladado grandes masas de barro desde las orillas y habían apresado las nuevas islas de limo entre delgadas paredes de cañas, hasta que las raíces de los árboles les dieron firmeza. Por entre los nuevos espacios de tierra se deslizaban los canales de agua.

Sobre estas islas inusitadamente fértiles creció la poderosa capital de los aztecas, con sus amplias avenidas, sus palacios de austera belleza y sus pirámides escalonadas: brotada mágicamente de la laguna, estaba condenada a desaparecer ante los embates de la conquista extranjera. Cuatro siglos demoraría México para alcanzar una población tan numerosa como la que existía en aquellos tiempos.

Los indígenas eran, como dice Darcy Ribeiro, el combustible del sistema productivo colonial. «Es casi seguro -escribe Sergio Bagú- que a las minas hispanas fueron arrojados centenares de indios escultores, arquitectos, ingenieros y astrónomos confundidos entre la multitud esclava, para realizar un burdo y agotador trabajo de extracción. Para la economía colonial, la habilidad técnica de esos individuos no interesaba. Sólo contaban ellos como trabajadores no calificados».

Pero no se perdieron todas las esquirlas de aquellas culturas rotas. La esperanza del renacimiento de la dignidad perdida alumbraría numerosas sublevaciones indígenas. En 1781 Túpac Amaru puso sitio al Cuzco.

Este cacique mestizo, directo descendiente de los emperadores incas, encabezó el movimiento mesiánico y revolucionario de mayor envergadura. La gran rebelión estalló en la provincia de Tinta. Montado en su caballo blanco, Túpac Amaru entró en la plaza de Tungasuca y al son de tambores y pututus anunció que había condenado a la horca al corregidor real Antonio Juan de Arriaga, y dispuso la prohibición de la mita de Potosí.

La provincia de Tinta estaba quedando despoblada a causa del servicio obligatorio en los socavones de plata del cerro rico. Pocos días después, Túpac Amaru expidió un nuevo bando por el que decretaba la libertad de los esclavos. Abolió todos los impuestos y el «repartimiento» de mano de obra indígena en todas sus formas. Los indígenas se sumaban, por millares y millares, a las fuerzas del «padre de todos los pobres y de todos los miserables y desvalidos».

Al frente de sus guerrilleros, el caudillo se lanzó sobre el Cuzco. Marchaba predicando arengas: todos los que murieran bajo sus órdenes en esta guerra resucitarían para disfrutar las felicidades y las riquezas de las que habían sido despojados por los invasores.

Se sucedieron victorias y derrotas; por fin, traicionado y capturado por uno de sus jefes, Túpac Amaru fue entregado, cargado de cadenas, a los realistas. En su calabozo entró el visitador Areche para exigirle, a cambio de promesas, los nombres de los cómplices de la rebelión. Túpac Amaru le contestó con desprecio: «Aquí no hay más cómplice que tú y yo; tú por opresor, y yo por libertador, merecemos la muerte».

Túpac fue sometido a suplicio, junto con su esposa, sus hijos y sus principales partidarios, en la plaza del Wacaypata, en el Cuzco. Le cortaron la lengua. Ataron sus brazos y sus piernas a cuatro caballos, para descuartizarlo, pero el cuerpo no se partió. Lo decapitaron al pie de la horca. Enviaron la cabeza a Tinta. Uno de sus brazos fue a Tungasuca y el otro a Carabaya. Mandaron una pierna a Santa Rosa y la otra a Livitaca. Le quemaron el torso y arrojaron las cenizas al río Watanay. Se recomendó que fuera extinguida toda su descendencia, hasta el cuarto grado.

En 1802 otro cacique descendiente de los incas, Astorpilco, recibió la visita de Humboldt. Fue en Cajamarca, en el exacto sitio donde su antepasado, Atahualpa, había visto por primera vez al conquistador Pizarro.

El hijo del cacique acompañó al sabio alemán a recorrer las ruinas del pueblo y los escombros del antiguo palacio incaico, y mientras caminaban le hablaba de los fabulosos tesoros escondidos bajo el polvo y las cenizas. «¿No sentís a veces el antojo de cavar en busca de los tesoros para satisfacer vuestras necesidades?», le preguntó Humboldt. Y el joven contestó: «Tal. antojo no nos viene. Mi padre dice que sería pecaminoso. Si tuviéramos las ramas doradas con todos los frutos de oro, los vecinos blancos nos odiarían y nos harían daño».

El cacique cultivaba un pequeño campo de trigo. Pero eso no bastaba para ponerse a salvo de la codicia ajena. Los usurpadores, ávidos de oro y plata y también de brazos esclavos para trabajar las minas, no demoraron en abalanzarse sobre las tierras cuando los cultivos ofrecieron ganancias tentadoras. El despojo continuó todo a lo largo del tiempo, y en 1969, cuando se anunció la reforma agraria en el Perú, todavía los diarios daban cuenta, frecuentemente, de que los indios de las comunidades rotas de la sierra invadían de tanto en tanto, desplegando sus banderas, las tierras que habían sido robadas a ellos o a sus antepasados, y eran repelidos a balazos por el ejército. Hubo que esperar casi dos siglos desde Túpac Amaru para que el general nacionalista Juan Velasco Alvarado recogiera y aplicara aquella frase del cacique, de resonancias inmortales: «¡Campesino! ¡El patrón ya no comerá más tu pobreza! ».
Otros héroes que el tiempo se ocupó de rescatar de la derrota fueron los mexicanos Hidalgo y Morelos. Miguel Hidalgo, que había sido hasta los cincuenta años un apacible cura rural, un buen día echó a vuelo las campanas de la iglesia de Dolores llamando a los indios a luchar por su liberación: «¿Queréis empeñaros en el esfuerzo de recuperar, de los odiados españoles, las tierras robadas a vuestros antepasados hace trescientos años?».

Levantó el estandarte de la virgen india de Guadalupe, y antes de seis semanas ochenta mil hombres lo seguían, armados con machetes, picas, hondas, arcos y flechas.

El cura revolucionario puso fin a los tributos y repartió las tierras de Guadalajara; decretó la libertad de los esclavos; abalanzó sus fuerzas sobre la ciudad de México. Pero fue finalmente ejecutado, al cabo de una derrota militar y, según dicen, dejó al morir un testimonio de apasionado arrepentimiento.

La revolución no demoró en encontrar un nuevo jefe, el sacerdote José María Morelos: «Deben tenerse como enemigos todos los ricos, nobles y empleados de primer orden... ».

Su movimiento -insurgencia indígena y revolución social- llegó a dominar una gran extensión del territorio de México hasta que Morelos fue también derrotado y fusilado.

La independencia de México, seis años después, «resultó ser un negocio perfectamente hispánico, entre europeos y gentes nacidas en América... una lucha política dentro de la misma clase reinante». El encomendado fue convertido en peón y el encomendero en hacendado.



Extractos del libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano


« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...»

Publicado por ROMULO PEREZ “por una conciencia Socialista”